La vida del santiagueño Juan Carlos Villalba no tiene desperdicio. Su militancia, el exilio y su paso por México, Perú, Bolivia y Nicaragua configuran una historia apasionante, de esas que todo nieto querría escuchar de su abuelo.

Juan Carlos Villalba, apodado cariñosamente don Juanca’s por el uso excesivo de “las-eses-santiagueñas” –que aquí en Rosario escasean–, nació en La Banda, Santiago del Estero, en 1949. Fue abanderado de la escuela primaria y se recibió de Perito Mercantil de la secundaria. Su idea siempre fue estudiar matemáticas. También le fascinaba la aviación. Envió una solicitud de ingreso a la escuela militar de Córdoba pero su padre, militante socialista, no estaba de acuerdo. 

“Llegaron los papeles y le pregunté a mi padre, y me dice: «Si vos estás seguro, yo te lo firmo». Después recordé a un tío militar y su papel en la vida y su figura no me gustaban. Entonces tiré los papeles y seguí con la secundaria”, dice.

“Después vinieron los problemas políticos que hicieron que tuviera que exiliarme, pero cuando volví a Argentina retomé los estudios en Rosario, en la UTN. Me homologaron materias pero trabajaba en una fábrica desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. De ahí iba directo a la Facultad y terminaba a las once de la noche. Llegaba a casa, dormía un rato y a las cuatro de la mañana de vuelta al trabajo. Y suspendí la carrera. Después intenté estudiar estadística. En clase tomaba nota de todos los teoremas: era deducir y deducir y taca, taca, taca… y dije: No, voy a empezar Contador Público. Hacía dos materias por cuatrimestre y una anual. El primer año me fue bien pero, ¡qué aburrida Dios mío! Saqué cuentas y concluí que me recibiría a los 70 años. Ahí empecé la Licenciatura en Economía, pero en el ínterin apareció un cáncer. Cada vez que estaba por rendir, tenía alguna recaída y me sonaba el examen y se me caía la estantería. Eso me tronchó un montón de sueños. Míreme —muestra su cuerpo— mire lo que es esto. Bajé diez kilos, y ahora me estoy tratando de recuperar”.

Don Juanca’s viajó a Comodoro Rivadavia para probar suerte trabajando, aunque sin poder asistir a la facultad. De regreso a Santiago, consiguió empleo y se inscribió en Ingeniería Electromecánica, en la Universidad Católica. Más tarde se trasladó a Tucumán, donde iniciaría su militancia.

“Trabajaba nada más que para gatillarle a la Universidad. Pero se me terminó el trabajo porque la empresa se fue para otro lado y fui a Tucumán. Con la indemnización aguanté los primeros meses. Me inscribí en Ingeniería Electrónica y viví prácticamente una vida universitaria, incluso en la pensión de la facultad. Me hice delegado del comedor del Centro de Estudiantes y trabajaba con esténciles. Tenía pocos errores de tipeo y le daba y le daba a los esténciles de todas las materias; eso me permitía pagar el comedor y juntar para la pensión. En 1973, ya en tercer año, participábamos activamente en la campaña electoral que llevó al triunfo a Cámpora. Habíamos armado la Juventud Universitaria Peronista, la de los barrios, en la secundaria, los movimientos villeros, los trabajadores. Hacíamos columnas enormes en todo el país, y en Tucumán no era la excepción”. 

“Cuando se asume el gobierno, la juventud reclama lugares en distintas municipalidades. Yo estaba preparado para la cuestión administrativa por Perito Mercantil y por saber escribir a máquina. Sugieren mi nombre, el Concejo acepta y asumo como Prosecretario del Honorable Concejo Deliberante. Empecé a dedicarle cada vez más tiempo a la preparación de las sesiones y a las propias sesiones, que a veces eran hasta muy tarde, y fui dejando de asistir a las cátedras. Esto fue hasta octubre de 1974. Y se vino la maroma”. 

“Después de la muerte de Perón, vienen de los sectores fascistas del peronismo, toman la facultad y empezamos a movernos en las calles. Nos agarra una patota y fuimos el primer grupo que Isabel metió en cana. Allanaron los lugares en donde vivíamos, así que tuve que dejar todo. Nos hicieron un juicio y decretaron la falta de mérito. Leen el listado: todo el mundo afuera, y yo no. Mi abogado me dio la noticia de que estaba a disposición del Poder Ejecutivo y me banqué navidad, año nuevo, reyes, Semana Santa. Fui a parar primero a la cárcel de Villa Urquiza, después a Devoto, y el 9 de julio de 1975 me otorgaron la salida del país”. 

—¿Cómo manejó esa situación? 

—Me tenía triste. No pensábamos en que iba a pasar todo lo que pasó después. Yo fui un gran defensor de la patria: las marchas, fechas patrias, la escarapela, la bandera… siempre las tuve presentes. Que a mí me echaran de mi patria fue terrible. Me alejaba miles de kilómetros y yo, como toda gente de provincia, era muy devoto de mi familia”.

“En Lima me junté con otros compañeros que habían ido a ese mismo destino, pero a los pocos días que estábamos se anunció el golpe de Estado contra Velasco Alvarado, el presidente de Perú, y fuimos a parar a México, en donde tuvimos una vida un poco más tranquila. Ahí nos reunimos con gente que fue amable y receptiva, sobre todo cuando se enteraban de que no éramos porteños. No voy a negar que la vivencia de Buenos Aires hace que la gente esté más espabilada: reaccionan con una velocidad tremenda ante todo, siempre desconfiando y dando un paso más que los demás. Porque los pueblos de los países de América Latina son más tranquilos, menos nerviosos. Eso sí, hay una inventiva general: se rompió tal cosa, lo atamos con alambre y seguimos”. 

***

Mientras tanto don Juanca’s trabajaba en lo que pudiera hasta que ingresó en el diario El Sol de México. La máquina de escribir volvió a salvarle la economía.

“Me salvó mi experiencia y por eso fui a parar a los talleres gráficos, frente a unas máquinas enormes. Trabajaba de diez de la noche a seis de la mañana; era un horario medio perturbador. Ya habíamos empezado a vivir con Teresita, mi mujer. Ella tenía un horario normal, en un comercio, de nueve a seis de la tarde. Entonces llegaba a la casa, estábamos un rato y yo me tenía que ir a trabajar. Era bastante jodida la cosa como para cultivar el amor. Sin embargo ahora vamos a cumplir 50 años de esta joda: vamos a tirar la casa por la ventana”. 

—¿Y cómo conoció a Teresita?

—Nos conocimos en 1976. Ella llega a México desde Rosario, también por militante. Fue capturada con su grupo. Iban en auto y, justamente, quien les pasó el auto se olvidó de poner los papeles. Los detienen, piden la documentación y uno de los canas nota que la chapa no coincide con los números del parabrisas: a ver, a ver, a ver, pin, pin, adentro. Fue en la época en que yo estaba saliendo de Devoto, en los primeros días de julio, justo cuando ella ingresaba. Nos cruzamos, pero no nos conocíamos. 

—Y volvieron a Perú.

—Sí. La organización nos manda a Lima para acompañar a unos compañeros y después quedamos a cargo de esa base, con cierta influencia en Bolivia y Ecuador. Tuvimos los dos primeros hijos y tomamos contacto con organizaciones sociales, partidos políticos y sindicatos, centrándonos principalmente en el trabajo con las mujeres. En Lima había dos patas de Montoneros: nosotros en la Secretaría de Relaciones Exteriores, y la otra era una pata militar que se preparaba para los ingresos a la Argentina. Hicimos un buen trabajo. Fueron muy valiosos los documentos que firmaron todas las organizaciones para enviarlas a la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y a los medios internacionales denunciando la situación del país. Cuando sucede el secuestro de la compañera Noemí Molfino, organizamos junto con la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Secretaría Militar una conferencia de prensa en la cual dieron la cara los partidos políticos y periodistas de Lima. Fueron años de relaciones aceitadas con compañeros peruanos que acompañaban. No así con la vida de algunos compañeros, que perdimos definitivamente. 

“Después de cumplir 5 años en Lima, y como parte de la tarea en Relaciones Exteriores, nos trasladaron a Bolivia en un contexto de redemocratización. Ahí todo era más incipiente, pero teníamos vínculos con el sector de Hernán Siles Zuazo. Desarrollamos apoyo logístico para las elecciones y resultó ganador un muchacho que después se tiró a la derecha. Nos quedamos un año y, a fines de 1982, nos asignaron ir a Brasil. Allí nos comunican que debíamos ingresar a la Argentina. Entré en enero del ’83 como clandestino: todavía regía el estado de sitio. Me designan para ir a Tucumán y pregunto por qué, ahí conocían mi militancia. Finalmente acepto pero los compañeros se molestaron: esperaban a alguien con libertad de acción, no a un clandestino al que debían sostener con la poca infraestructura que tenían. Al principio fui a vivir al Ingenio San Pablo y, un mes después, cuando llegó Tere con los chicos, alquilamos una casa. Ella empezó a trabajar con la rama femenina y yo traté de reenganchar a otros compañeros de la Juventud Peronista. Trabajamos en clandestinidad, pero ya corría 1983. Cuando Bignone anunció el llamado a elecciones para octubre, yo pego un salto de contento y grité: «Esto es un levantamiento del estado de sitio». Teresita tenía su DNI, pero yo no. Entonces me fui a la comisaría. Entré pateando la puerta y digo: «A ver si me dan una constancia que he perdido la libreta de enrolamiento». Me dieron un papelito y desde ahí pude pasar por delante de las comisarías sin ningún temor. Y empezamos a trabajar en la campaña electoral. A fines del ‘83 nos vinimos para Rosario. Pasamos por Santiago, nos casamos por tercera vez –ya lo habíamos hecho en Perú y en Bolivia– y hubo una celebración en mi casa”.

Don Juanca’s muestra una foto en la que se lo ve junto a un grupo castrense, vestido con uniforme militar de fajina y cuenta la historia.

“Cuando estábamos en México teníamos relaciones con nicaragüenses, puertorriqueños, guatemaltecos, salvadoreños; con Yasser Arafat, con los vietnamitas. En ese momento los nicaragüenses estaban a tiro, a cuchillazo, a lo que hubiera. Entonces me convocan y viajo primero a Panamá y de ahí a Costa Rica donde un baqueano nos lleva por la selva, por pasos clandestinos hasta Nicaragua. Era una zona bastante brava: terreno de cascabeles que salen de noche. Cada tanto pasaba un patrullero y el baqueano: «Agáchese, ahí viene la ley». Así le decían, la ley. Llegamos a Managua el día 20 y el 19 ya habían tomado la ciudad. Era un revoltijo, un lío: estaba todo el frente sandinista y en algunos lugares todavía se seguía combatiendo. De ahí fuimos a la Brigada San Martín e hicimos un curso con instructores cubanos y chilenos que llevaban muchos años allí. Y de ahí se viene esa foto.

Máximas Juanca’s

  • Teníamos armas, pero no llegamos a usarlas. La experiencia más fuerte fue en Lima. Me dieron una 9 milímetros para transportar una Composer de IBM y folletos en un portafolio de doble caja en donde estaba la pistola. Me dan un auto, cargo todo y voy al destino. En una autopista miro para atrás: la ley. Dos policías jóvenes ven la documentación y me piden que los siga hasta una comisaría cercana. Pensaba en que si me descubrían, los tenía que matar. Dios mío, que no me tenga que defender, haceme zafar de esto. ¿Qué historias tendrían? Entonces me dicen: “Tenemos la orden de captura de este auto”. “Yo lo alquilé”, contesto. Me piden que saque mis cosas y tome un taxi. Agarro la máquina, el portafolio… ni se fijaron qué llevaba.  
  • Nunca quisimos la toma del poder y las milicias rojas, por decirlo así. Eso no lo van a entender nunca. Ellos quieren la explotación. Es lo que están haciendo ahora. Convencieron a todas las miradas de una forma. Como si faltaba poco, se muere Perón, se muere Kirchner y el Papa Francisco que mandaba las encíclicas en las que nos basábamos: en la humanización de las sociedades. No desconozco los gravísimos errores cometidos, pero nunca voy a renegar de lo que seguimos soñando. Hay toda una historia que nos da un espaldarazo tremendo. Pero nunca van a poder decir que hayamos hecho un pacto con ellos.
  • En Tucumán había compañeros muy golpeados. Habían perdido a sus familias, o los habían golpeado mucho. No tenían ninguna esperanza. Yo tenía prohibido ir a ver a mi familia. Salvo una vez que ya estaba muy mal. No me acuerdo muy bien cómo fue que me disfracé y fui a la casa de mi hermana mayor. Ella abrió los ojos grandotes. Al día siguiente tuve una reunión con toda mi familia en el parque Aguirre. Ahí estuvimos un rato y me fui muy triste. Después me enteré de que un amigo le dijo a mi cuñado que yo estaba en Tucumán. Ya estaban al tanto de mi situación. 
  • Al final todavía sigo inscripto en la licenciatura en Economía. La verdad es que no pasé de primer año en casi ninguna carrera, salvo la de Ingeniería Eléctrica y Electrónica.
  • Para la primera presidencia del riojano, lo votamos. Cuando vimos cómo iba la mano, entendimos que nos había engañado. Cuando sube Kirchner, escuché el discurso inaugural y dije: “Al fin algo vamos a poder hacer”. Cuando empiezan los juicios, se empieza a revolver todo: comenzó a levantarse la basura. Vemos que fulano de tal vivía a dos cuadras, que nos saludábamos, y que seguían, de alguna manera, organizados. Nos llevó a tener mucho cuidado aún en plena democracia. Y ahora, de vuelta, ahora de vuelta…

*Bigliardi montó una biblioteca en su peluquería desde donde fomenta la lectura sugiriendo escritores tanto emergentes como conocidos a cuya obra también las reseña en redes sociales, diarios y revistas culturales.

 

Publicado en el semanario El Eslabón del 28/3/26

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