Yo no sé, no. Pedro se acuerda que cuando el barrio fue ganándole al descampado, comenzaron a aparecer las tonadas. Tanto que cuando volvíamos por la parte sur, caminando por una nueva callecita en plena oscuridad, con sólo escuchar el hablar sabíamos que estábamos entrando por donde vivían los tucumanos. Y más al oeste, los

santiagueños que –entre paréntesis– tenían un cuadrazo pa’l fútbol. Y por el medio del barrio, los cordobeses mezclados con correntinos y entrerrianos. Muchos de ellos tuvieron hijos, cuyo primer trabajo fue en los talleres que empezaban a aparecer, dejando atrás el oficio de sus viejos y hasta sus preferencias. Y también el amor por una camiseta futbolística. Tanto River, como Boca, Racing, San Lorenzo e Independiente perdían adeptos en manos de Ñuls y Central. Lo que sí persistía era la tonada de los viejos y el morfi. El aroma a puchero cargadito copaba la parada los mediodías de lunes a viernes, y ya los findes el olor al parrillaje competía mano a mano con el tuco de los tallarines.

En un torneo de 7 apareció uno discutiendo y gritando: “Culeao, ¿qué querés culeao? Lo que lo deschavaba como cordobés. El asunto era que estaba jugando para los santiagueños y éstos lo miraban con desconfianza pensando en que en algún momento iría pa’trás, cosa que por suerte no ocurrió.

Lo que sí ocurrió ahora, reflexiona Pedro, es que las tonadas se escuchan cada vez menos y que los talleres corren peligro, como en los 90. Que una fritanga fea se impone en los mediodías, y que las camisetas porteñas se impondrán en un fútbol que para colmo no podremos ver.

Pero, me dice Pedro mirando una cortada donde antes la mayoría eran correntinos, a lo mejor aparece uno que nos convoque, cualquiera sea su tonada, para pelearle a este lenguaje neutro, a estos talleres vacíos, a esta ausencia de sabores, y que revivan las tonadas llenas de patria.

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