
Yo no sé, no. Pedro se acordaba de aquel septiembre que los agarró en un gasto extra, el de las camisetas para el equipo del barrio. Además, se acercaba el 21 septiembre y sería un picnic distinto con los de la secundaria a Funes o a Zavalla, no tan barato como los de atrás de la Fábrica de Armas.
Con las camisetas llegaron justo, en realidad faltó para el arquero, no alcanzó con lo recaudado por la rifas, el buzo de arquero tenía un precio inalcanzable.
Bueno, cuando llegó el partido en el cual teníamos por fin camiseta, nos comían los nervios, no podíamos defraudar ese trapo azul, sí, porque era azul; algunos decían azul francia, otros el azul italia, pero para Pedro era azul cielo, no celeste, sino ese cielo de azul profundo cuando en el barrio cae la tarde.
El partido desafío fue una semana antes del picnic de 21 de setiembre y fue un honroso empate contra “Primera Junta”. De los nuestros sólo cuatro tenían botines de cuero, el resto zapatillas. Dos de los que tenían botines estaban encargados de “raspar” si era necesario. Nuestras edades iban de los 11 a los 14 y los contrarios, cómodos con 15. Fue durísimo para los huesos, pero no nos dejamos llevar por delante. Eso sí, nos agarró la primavera rengueando.
Era el año 69, se había zapateado de lo lindo y algunas cosas no volverían para atrás. Nosotros aprendimos a defender la camiseta contra cualquiera, a no achicarnos y en la patria parecía que ocurría lo mismo. De ahí en más, los septiembres serían cada vez mejores. Pedro me está por contar sobre el picnic, pero no, mejor otro día, me dice. Me quiero acordar de todos los que no se achicaron y defendieron camisetas de causas nobles, me dice mirando el cielo como buscando ese azul profundo.