Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Fue una carnicería humana. Pocas veces la historia universal contempló una masacre como la llevada a cabo por las oligarquías de Argentina, Uruguay y el Brasil contra el pueblo Paraguayo. El 1 de marzo, se cumplieron 150 años del final de uno de los acontecimientos más ignominiosos de nuestra historia continental. Las potencias más importantes de Sudamérica, con el apoyo poco disimulado de Gran Bretaña, exterminaron a la población de un país que desde los tiempos de Gaspar Rodríguez de Francia tuvo un desarrollo autónomo con alta inclusión social como ha demostrado el académico norteamericano Richard Alan White en su magistral libro “La Primera Revolución Popular en América/ Paraguay (1810-1840)”. Fue una destrucción planificada, ominosa, de la que la hermana república aun no ha podido recuperarse. Dentro de esa nefasta historia, hubo hechos y personajes que deben destacarse por su valentía y observancia de la justicia, defendiendo al indómito Paraguay. Hablamos de uno de los más grandes santafesinos: Telmo López, hijo de nuestro prócer Estanislao y orgullo de los que amamos a nuestra provincia.

Felipe Varela, el gran caudillo norteño, se levantó contra el gobierno de Bartolomé Mitre lanzando un “Manifiesto” que denunciaba la carnicería que se estaba llevando a cabo contra nuestros hermanos paraguayos: «Es por estas incontestables razones que los argentinos, y sobre todo los que no somos hijos de la Capital, hemos estado siempre del lado del Paraguay en una guerra que por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, la ha llevado Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la nación entera, a excepción de la egoísta Buenos Aires”. Ese documento sigue teniendo toda su actualidad en esta época de integración continental. También José Hernández, desde un editorial de su periódico “El Río de la Plata “del 24 de agosto de 1869, critica la aventura mitrista: «En nombre de la democracia, habéis atentado contra ella, pretendiendo imponer a otro pueblo nuestros principios, aunque ellos hablasen en nombre de los beneficios de una civilización que se anuncia con la muerte y la destrucción. En nombre de la independencia habéis conspirado contra la independencia de un pueblo”. Pero Telmo López fue mucho más allá, y parafraseando a Carlos Marx, podemos afirmar, que pasó de “las armas de la crítica a la crítica de las armas”, alistándose en el ejercito guaraní para defender al más digno y justiciero de los contendientes en pugna.

Telmo, penúltimo hijo de nuestro gran caudillo, nació en la ciudad de Santa Fe en 1825, peleando desde muy joven contra el poder porteño, primero contra Juan Manuel de Rosas y luego contra el Mitrismo asesino y centralista. Tuvo a su cargo la defensa de la frontera norte de nuestra provincia contra los malones indígenas a los que enfrentó por medio de la negociación y las armas. Llegó a ser Coronel del Ejército Confederado en la batalla de Pavón, intentando proseguir la lucha confederada ante la defección de Justo José de Urquiza, aunque sin romper inmediatamente con él. Partidario del federalismo y la unidad continental, luchó junto a los Blancos uruguayos en Paysandú cuando esa heroica ciudad fue bombardeada por la marina brasileña que apoyaba al reaccionario “Colorado” Venancio Flores, con la aquiescencia de la oligarquía “argentina”. Esta experiencia oriental lo convencerá de que la lucha debía tener un carácter continental, porque no era un problema solo nacional, sino que debía lucharse contra las oligarquías sudamericanas que se coaligaban para estrangular a los pueblos.

Convencido de que la causa de los oprimidos se encontraba en el Paraguay contra el poder de aquellos que defendían el interés imperialista, se puso a disposición del presidente Francisco Solano López para luchar por sus principios. Su periplo está relatado en su diario de viaje, que detalla su trajín desde el 22 de agosto hasta el 1 de diciembre de 1865. Participó, bajo el pabellón de la hermana república, como comandante de caballería en Tuyutí y en Humaitá, e intentó organizar la resistencia en el interior de nuestro país a la participación en el genocidio paraguayo. Terminó siendo víctima de la paranoia de Francisco Solano López, abrumado por las derrotas de un enemigo muy superior en fuerzas a sus valerosas tropas. Lo que no le quita el mérito de ser un mártir de la causa latinoamericana por la que luchó toda su existencia. Fue un defensor de la Patria Grande contra los partidarios de la balcanización, dejando en claro que solo la unidad de los oprimidos del continente puede solucionar nuestra secular dependencia del imperialismo.

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