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El pueblo quiere librarse de la Constitución pinochetista y del neoliberalismo. Las protestas de 2019 fueron el puntapié inicial y obligaron a Piñera a habilitar la redacción de una nueva Carta Magna.

Los derechos siempre se consiguen a través de la lucha colectiva. Y cuestan mucho. Mucha sangre. Y los muertos provienen siempre del mismo lado: del pueblo. Treinta muertos y miles de heridos fue el alto precio que se debió pagar en Chile para que este sábado 15 y el domingo 16 se desarrollen cuatro elecciones simultáneas. Se eligen intendentes, gobernadores, concejales y también los 155 Congresales Constituyentes que redactarán la nueva Constitución, que luego será sometida a un plebiscito previsto, en principio, a mediados de 2022.

Gran parte del pueblo chileno quiere sacarse de encima la Carta Magna actual, herencia del pinochetismo que permitió perpetuarlo y mantenerlo activo en muchos planos de la vida de ese país. Pero la derecha intentará impedirlo, o hacer un cambio gatopardista para que todo siga igual. La nueva Constitución es un terreno en disputa. Pero haber habilitado esa pulseada política ya es en sí mismo un triunfo del pueblo movilizado.

La lucha de las mujeres y los hombres de Chile comenzó en octubre de 2019. El aumento del precio del boleto del subte fue sólo un disparador para que un pueblo estalle, harto de décadas de neoliberalismo, y de una sociedad desigual y militarista que suele ser usada como ejemplo por la derecha regional.

El objetivo central del pueblo en la calle pasó a ser un cambio de política económica. Y la primera respuesta del presidente Sebastián Piñera fue la represión feroz. Carabineros escribió otro capítulo en su infame historia de asesinos del pueblo. Utilizaban balas de plomo o bien, con perdigones de goma, apuntaban a los rostros de los manifestantes. Miles de mujeres y hombres perdieron al menos uno de sus ojos.

Así, con sangre derramada y ojos destrozados, se le logró arrancar al gobierno de Piñera la idea de reformar la Constitución, cuyo texto viene siendo (aun después de varios gobiernos democráticos) el reaseguro del statu quo pinochetista.

Un triunfo de los feminismos: paridad de género

La gran victoria popular incluyó además un importante avance de los movimientos feministas (de gran participación en las protestas), que consiguieron la paridad de género en la Convención Constitucional. Chile sería el primer país en el mundo con una Constitución redactada por un número equilibrado de hombres y mujeres.

También estará garantizada la participación de los pueblos originarios, para los que se reservaron 17 de los 155 escaños del órgano. Chile, en donde existen decenas de pueblos originarios que representan el 12,8 por ciento de la población nacional, es uno de los pocos países de América Latina que no reconoce a los indígenas en su Constitución.

Además del militarismo y la represión, la Constitución pinochetista sirve como el mejor documento de uno de los primeros experimentos de neoliberalismo salvaje realizados en el mundo. Cuando esta ideología estaba en su apogeo, de la mano de sus papis, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, Chile fue el laboratorio. Y el matadero.

El texto de la Carta Magna del dictador contiene el dogma neoliberal completo: privatizó todo (incluso agua, luz y otros servicios), convirtió a las jubilaciones en negocios para los bancos y hambre para los jubilados, e hizo de la salud y la educación un privilegio para pocos.

Todo un ejemplo de un modelo elitista y excluyente. En Chile la jubilación, como indica el manual del FMI, es privada y constituye un saqueo, una estafa. Por eso ese país es el sueño y la Meca de toda la derecha regional.

Luego de las protestas callejeras, llegó el plebiscito de octubre de 2020, que aprobó con un porcentaje del 80 por ciento terminar con la maldición pinochetista y redactar una nueva ley fundamental. Además, el pueblo decidió que todos los constituyentes sean elegidos por el voto popular, rechazando, de esta forma, que la mitad de ese cuerpo quede integrado por legisladores ya en funciones.

En estas elecciones simultáneas participan más de 16 mil candidatos. Por un lado están las municipales y regionales, en las que se escogerá a los alcaldes, concejales y gobernadores, y se suma la de constituyentes, en las que se votará para elegir a los 155 candidatos que redactarán la futura nueva Constitución.

Los congresales constituyentes que resulten electos tendrán nueve meses para presentar un nuevo texto, un plazo que se puede prorrogar por tres meses más.

Y a mediados de 2022, Chile vivirá un nuevo plebiscito para aprobar o rechazar la nueva Constitución.

Al cierre de esta nota, no hay encuestas disponibles sobre la Constituyente. Acaso por su carácter inédito, la gran cantidad de candidatos y las dificultades para la toma de muestras.

El sitio de noticias chileno Biobio indicó que la abstención, en el marco de la pandemia, puede ser un factor clave. “La gran incógnita es la participación, que no ha superado más del 50 por ciento desde que el voto dejó de ser obligatorio en 2012, a excepción del plebiscito del pasado octubre (50,9 por ciento)”.

El medio chileno agrega que los expertos indican que la complejidad de los comicios y la amplia oferta electoral pueden jugar en contra y desincentivar el voto, aunque los electores no se demorarán más de cuatro minutos en sufragar, pese a la cantidad de papeletas. En el referéndum de octubre tardaron un minuto en promedio en votar.

La pandemia, señala Biobio, que ya dejó 1.300.000 infectados y aproximadamente 27 mil muertos, y mantiene aún a cerca del 90 por ciento del país en cuarentena los fines de semanas, “será el factor más determinante”.

Si en octubre muchos electores mayores, que son los más participativos, se quedaron en casa por miedo al contagio, se espera que acaso este fin de semana sí salgan a votar, porque ya están inmunizados.

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