Después, qué importa ya el después, toda tu vida del ayer ya se ha quedado en el pasado.

Ahora es tu eterna juventud que ha dejado acobardados a los holandeses, a la naranja desteñida, color queso cheddar, una caricatura patética de la vieja y temida Holanda. Bajos, eso fueron. Sucios. Te provocaban. No les diste bola, porque encontraste la energía que te faltaba: la bronca. Y así los humillaste. 

Porque si algo te faltaba para ser completo, era la bronca. Esa bronca resentida y milonguera tan argenta que tal vez, por haberte ido de chico, no llegaste a vivenciar. Qué bueno que encontraste tu bronca. Porque el fútbol sin bronca no es fútbol. Al abrirte sin tapujos a la bronca y al mezclarla con la madurez a punto de jubilarte, creaste una energía poderosa que contagió a toda la pista de baile. 

Porque primero hay que saber sufrir. Después jugar, después partir para encontrar un sentimiento. Un sentimiento. Es un sentimiento, no puedo parar.

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