Después de pasar el día embolado, sin saber qué hacer ni dónde meterse (ahora, en vez de ver lucecitas moviéndose frente a sus ojos, escucha voces, voces conocidas pero remotas, que dicen “por qué no le das unos pesos para que vaya al cine el sábado”, “ni en pedo, con lo que cuesta ganar el mango”, “pero no te das cuenta cómo se está criando, es una criatura que siempre anda triste”, “cuando yo tenía su edad ya iba a trabajar y me pagaba los vicios”, “siempre decís lo mismo, no parecés el padre”, “soy el padre pero no boludo”, “no sé qué te vi cuando me casé con vos”), y andar deambulando por el barrio, a la noche se sube a la moto, que tiene las ruedas arregladas, y se va al trabajo.

Cuando llega, el boliviano le pregunta:

¿Qué hacés por acá?…

Lo mira sorprendido, diciéndole:

¡Vine a laburar!… ¿Qué voy a estar haciendo?…

Cortante, el patrón le dice:

¡Acá no laburás más!…

¿Qué te pasa, bolita?…, reacciona. Entonces, el boliviano le dice que se cansó. Que se la pasa haciendo lo que quiere, faltando, dejando de entregar pedidos como el otro día, y que así no va. No va más.

Por un momento piensa qué le conviene hacer. Podría putearlo de arriba a abajo, diciéndole que es un garca, un explotador; que, a pesar de venir de Bolivia, es peor que todos los oligarcas nacionales juntos.

Aunque después piensa que hacer eso podría significar ganarse otro bolonqui al pedo. Ya tiene demasiado con la mujer, con la amante y ahora con la banda del Mencho. En su vida todo es un despelote, como para sumar otro.

¡Ma’ sí!…, le responde. ¡Vos te creés que esto es un gran laburo pero en realidad es una mierda!… ¡Con lo que saco acá no me alcanza para un carajo!…

¡Lo que pasa es que la vivís a tu mujer!…, retruca el boliviano. Va a darse vuelta para contestarle, sin hacerlo. Sigue su camino, limitándose a patear una pila de envases de cartón para pizzas que están al lado del mostrador. ¡Andá a cagar!…, le grita al otro cuando sale.

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