Yo no sé, no. Manuel durante toda una semana nos decía que tenía el presentimiento de que la suerte por fin iba a estar de su lado. Una señora le había regalado un número para el sorteo que harían en una zapatería por unos botines de fútbol, esos con tapones de goma que eran fantásticos. Se la pasaba con un optimismo casi desbordante, al punto que cuando iba a la carnicería por puchero y huesos dejaba una o dos monedas de cinco centavos en manos del carnicero, en devolución por la buena voluntad y el aguante que le tenía a la hora del fiado. En un penal que le tocaba patear en la cancha que estaba por Iriondo y en el arco más cercano a lo de Faringola, desistió y se lo dejó en los pies a Froilán. A las figus, José le ganó casi todas, “casi” porque Manuel se guardó unas veinte sabiendo que la suerte para él llegaría el viernes con el sorteo de los botines. El jueves, Tiguín y Carlos le dieron la mala noticia al abuelo de Manuel: “¡Don Tosca, Manuel se cayó por correr en el recreo de la escuela –cosa que además estaba prohibida– y se astilló el brazo izquierdo!”. La verdad es que estaba corriendo con la mano en el bolsillo en el que tenía el número del sorteo de los Sacachispas. El viernes estuvo encerrado en su casa, y el abuelo no lo dejó moverse por tres días. Raúl le pidió el papelito del sorteo para ir a buscarlo a Biedma y Lagos. Manuel dudó un toque, besó una estampita de la virgen y al número, y no se persignó porque siempre lo hacía al revés y no fuera cosa que la virgencita se enojara. 

A las siete y media de la tarde de ese viernes, la suerte empezó a estar de nuestro lado, pero había un inconveniente: no sabíamos qué número calzaba Manuel. Juanchila dijo que el suyo era el mismo tamaño de las patas que Manu. Pedro, cuando pasamos por una cancha en la que estaban por jugar dos que la rompían, vio que uno estaba cambiando las plantillas de sus botines. Recogió las que quedaron descartadas y las puso en la caja de los botines. Se acercó a otro que también las rompía y le propuso comprarle las plantillas de las Flechas que tenía en el bolso. Para eso de las 12 de la noche, Manuel se dormía abrazado a sus botines. No los usaría hasta que le sacaran el yeso del brazo izquierdo y hasta que al abuelo se le fuera la bronca, algo que ocurrió el miércoles siguiente. Mientras tanto, desde ese fin de semana la suerte empezó a estar en el grupo. El sábado lloviznó lo suficiente para encarar al Sol de Mayo. Todos teníamos la entrada y el chofer del 52, que nos junaba, no nos cobró el boleto. El domingo habían ganado Central, Ñul, San Lorenzo y Boca. La mayoría de los pibes de la barra era de esos equipos y en la tarde de ese domingo, doña Luisa, la madre de José y Tiguín, nos hizo tortas fritas con mate cocido y unas chirolas porque le sacamos los yuyos de la zanja y le acomodamos el puentecito que estaba en la puerta. Cuando llegó el miércoles, a eso de las dos de la tarde, Manuel estaba en el campito poniéndose los botines, que al principio le quedaban grandes pero que cuando le puso las dos plantillas le quedaron a medida. Manuel, a decir verdad, era un atolondrado para jugar. Esa tarde, en lo del Cilindro, ya sin su yeso en el brazo izquierdo, estaba más templado. Cuando la recuperaba, levantaba la cabeza, se animaba a pasarla y hasta parecía un poco más alto a la hora de cabecear. El viernes a la noche estábamos en una kermés que la Santa Isabel de Hungría hacía para recaudar fondos y agrandar la escuela, y teníamos un par de billetes para divertirnos porque nuestros padres habían cobrado el medio aguinaldo hacía poco y nos habían habilitado algo de dinero.

En un momento, cuando la rueda de la fortuna estaba rodando, Pedro vio a Graciela, a la que por lo menos quería arrancarle una sonrisa y, antes que se detuviera la rueda en la que había jugado, miró de nuevo para donde estaba Graciela. Ella lo miró y le sonrió. Pedro, en ese momento, estaba pisando un pie de Manuel. Y Manuel, por supuesto, tenía los botines puestos.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 30/09/23

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