

“Abajo la 20.771”. Escrito chiquito, al costado de las consignas principales, el reclamo se colaba en varias pintadas de la Juventud Peronista rosarina de aquellos ’80, cuando a la democracia todavía se le mojaban los pañales bastante seguido ante los reflujos de las amenazas autoritarias que condicionaron tantas décadas anteriores de historia argentina. “La 20.771” era la ley que por entonces penalizaba el consumo de drogas, y claro que ya había entre aquellos pibes que militaban en “la Gloriosa” –y en otras expresiones políticas, culturales y sociales– varios que reivindicaban el derecho a fumarse un porro tranquilos, sin por ello ser pasibles de deglución por parte del sistema penal. Casi treinta años y un montón de porros después, los ex jóvenes peronistas y demás asisten plácidamente azorados al debate en el Congreso nacional próximo a alumbrar una nueva ley de drogas, ya no basada en la represión al acto privado del consumo.
Claro que no sólo años y porros pasaron desde aquellas pinceladas apuradas y casi marginales en los paredones rosarinos. Fueron muchos los que cayeron presos por la continuidad de la represión al mero consumo y también fueron muchos los que murieron por la desmesura de los consumos. No es joda esto de las drogas: el cóctel de “curte” con ilegalidad se cargó muchos pibes que ahora hubieran brillado como el que más.
Con todo, más allá de la profundidad del tema y de lo que resulte del debate, qué más que celebrar puede hacerse ante el hecho normativo próximo a alumbrarse, que se anota en una lista ya importante de leyes que reparan faltas de libertades y que confirman la trascendencia y la ligazón con tantas grandes y pequeñas luchas populares de la transformación nacional de estos últimos años pos estallido del 2001.
Y qué seductor y convocante que estas libertades vitales se legitimen y amparen al mismo tiempo que se avanza en establecer condicionamientos a la supuesta libertad de acumular riquezas sin sentido ni freno, que sí es una práctica que le jode seriamente la vida al resto de la humanidad. Porque como decía mi abuelo, hombre que nunca se fumó un porro: “Nadie amasa una fortuna sin usar de harina a los demás”.