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90 minutos de metáforas

El relator intenta adornar la situación un tanto bochornosa proponiendo apodos para ídolos que no dan la talla: a “Juguete” Pisano le falta una pierna. A “Harry Potter” Montenegro –no es muy creativo con los sobrenombres el relator– el fantasma de una tal vez mala decisión lo agrede cada vez que osa patear al arco. Al “Pulpo Negro” Vidal se le terminó la adrenalina de tener que ganarse el puesto y ahora lo consume el terror a poder perderlo cada vez que se le ocurre un pase. Y al “Dromedario” Mancuello, pobre, el palo le saca ese gol de triunfo que se merece más que nadie por la digna vergüenza que ostenta cuando todo se derrumba y se cae la moral.

Tanto dentro como fuera de la cancha, la moral cae cuando cae el orden. Y en estos tiempos hay órdenes vetustos que cada vez cuesta más mantener. Entonces un día un hincha metaforiza la situación colgando mafiosamente dos perros muertos junto a la cancha donde entrenan los jugadores. Un día la hinchada deja de ser el plus de aliento y hasta se revierte el axioma de la localía, ni más ni menos. Mientras el jugador se pierde entre los gritos de los propios, la presión y el asedio de ajenos, sus contradicciones entre profesionalismo y deportividad.

Un orden que ya no parece regir, al punto que los equipos tradicionalmente denominados “grandes” exhiben cada vez más seguido el siguiente síntoma: en un momento determinado algo sale mal –puede ser cualquier jugada de cualquier minuto del partido– y el culo se llena de preguntas que nadie puede responder.

La moral, el orden, está en juego acá, en esta cancha de fútbol. La moral que alguna vez reinó y se empecina en seguir haciéndolo. La de los grandes y los chicos. La del siglo pasado, la que en el fondo se mantiene bien arraigada entre todos a pesar de que lo que ocurre adentro de las canchas demuestra que algo está cambiando.

¿Grande?

Seguir a Independiente en el Nacional B por la tele es una experiencia alucinante, al menos en uno de sus tantos sentidos. Una aventura por lo desconocido que te puede hacer topar contra un equipo fundado hace 20 años por una empresa de colectivos en Misiones. Y perder. Y comerse un paseo, no precisamente en bondi. Y que un ignoto jugador contrario que te empató en la cara se termine riendo en la cara de 50 mil hinchas como uno.

Pero eso no logra obstaculizar, sin embargo, el vínculo con lo más importante, lo esencial: el juego. El partido, el que se juega en la cancha. Ahí se gana y se pierde pero siempre hay revancha. Y cada semana se renueva la esperanza. Y también los deseos. Incluso hay partidos entretenidos, con desafíos interesantes, no son fáciles los jujeños en su cancha, te apunás. Y bueno, somos horribles pero ya va a cambiar esta mala leche. Y Parra un día la mete de taco y el asado a la noche estuvo mucho más bueno. Y ¡dale Fredes, vamos así la puta que te parió! Y Fredes… ¡la puta que te parió!

Por suerte –para bien y para mal– el partido termina y se puede volver a la realidad. Es cuando el hincha se pregunta, como pidiendo permiso, por el ruido que le causa la felicidad de haberle ganado en el último minuto a Patronato de Paraná.

Si bien esa pregunta tiene una respuesta lógica: porque ganamos, cómo no estar feliz; también tiene otra respuesta que no tiene nada que ver con el fútbol ¿o sí? Es que para un hincha de Independiente hoy, en cierto sentido, ganar o perder no exime de un sentimiento de vergüenza y resignación, una síntesis de la nostalgia por lo que tal vez nunca más vuelva a ocurrir. Un soberano cachetazo de realidad.

En la cancha

Gran metáfora posible de la vida–en sus interminables y múltiples sentidos–, en el fútbol argentino se vive hoy plenamente la tensión entre el viejo orden futbolístico y las nuevas condiciones en que se desarrolla. Una tensión que, a diferencia de ese deporte similar y con el mismo nombre que se juega en Europa, se observa claramente en América a través de la debacle –en líneas generales pero bastante coincidentes– de los aún llamados clubes grandes de todos los países y el fortalecimiento deportivo de instituciones más chicas o menos populares.

Desde hace un tiempo, y contra todos los pronósticos, el fútbol argentino se dirime en las canchas, entre los jugadores. Es así, aunque algunos cuestionen la calidad ¿estética? del juego o del espectáculo. Las razones, obviamente, pueden verse en el campo: la táctica y la preparación física logró emparejar el juego y la organización institucional de los clubes hace el resto.

Como si se hubiera disipado la nube de humo neoliberal que emanaba en los partidos que organizaba el Carlos. Cuando era indiscutible la prevalencia de los clubes taquilleros/populares, clásicos/codificados, poderosos/pitolargos. Cuando era indiscutible – so pena de enojar a los mercados– que los equipos grandes, preferidos de la tele, tenían un legítimo acceso a mayores ingresos por la televisación, terreno donde se pretendía –y se lograba cómodamente– monopolizar la pelota.

Pero hoy ya no se gana acumulando nombres en una cancha (idea que todavía se vende desde juegos como El Gran DT) sino armando equipos que sepan jugar adentro de la cancha cuando la pelota empieza a rodar. Ya no es tiempo de divas, vidrieras, poderosos managers y los técnicos como Bianchi ya no ganan por penales la posibilidad de protagonizar el comercial de un banco.

Más allá de poderíos simbólicos y económicos, los equipos pueden perfilarse como grandes en el fútbol argentino de hoy son los que tienen un buen colchón de puntos acumulados en la cancha durante varios años seguidos. La categoría ya no es un privilegio vitalicio sino algo que se debe mantener ganando partidos.

Así de resultadista resultó todo.

¿Quién es Douglas?

Mirando algún triste empate del rojo en la B Nacional, un hincha le dice, casi bramando, a su pareja: “Ahora entiendo por qué la gente que no tiene otra cosa que el fútbol en su vida los quiere matar a estos hijos de mil puta”. Tirada en el sillón de al lado, ella lo mira en silencio. “Son unos hijos de puta –silabea él, que no saca la vista de la pantalla– mirá lo que hacen, mirá. ¿No jugás a la pelota durante la semana, hijo de mil puta pendejo de mierda del orto”. Pasan menos de dos minutos, el pobre Zapata le vuelve a pegar mordida. “¿Te das cuenta? Cómo no les van a colgar dos perros muertos al lado de la cancha donde se están entrenando?”, lanza en busca de complicidad. –¿Cómo que le colgaron dos perros muertos? –se espanta ella. –Sí –justifica con un poco de vergüenza él, sin apartar la vista de la pantalla. –Pero eso es horrible, es mafioso, es un espanto –sentencia ella, casi obligando a la retractación. –Sí, es un espanto, pero ahora estoy mirando el partido, ¿qué querés? ¿Mirá lo que hizo ese hijo de mil puuuu taaaaa.

Ese hijo de puta que pierde la marca en ese segundo y así permite el empate de Almirante Brown en su única llegada es un pibito que, si por él fuera, nunca habría estado en la zaga que ocuparan viejos campeones de antaño. Un pibe sin pena ni gloria que nunca habría llegado a jugar de 2 en Independiente de no ser por la cadena de desmanejos institucionales –algunos rayanos en la delincuencia común– que construyeron el camino hacia el descenso.

El Rolfi mete un gol de tiro libre después de tres fechas de sequía y el equipo lo celebra como si fuera un campeonato. Pero no será más que un empate transitorio y efímero. La brecha entre la historia y el presente se agiganta con jugadores aplastados por una camiseta cuyo peso quedó todo en el pasado.

¿Contra quién juega el rojo? ¿Quién es Douglas Haig? Por momentos pareciera que el rival fuera una maldición, una fuerza oculta dispuesta a humillarlo ante la primera distracción. Se puede perder un partido, pero el fútbol no perdona perder contra “nadie”. Pero ellos no son “nadie”, por más que aparezcan como un rejunte de gordos con camisetas llenas de esponsors de barrio. Son un equipo que entró a la misma hora a la misma cancha y con la intención de comerse al debilitado gigante con el culo lleno de preguntas que la historia le puso enfrente. Y se lo come, previo paseo.

Recién al terminar el partido, cuando la presión logre bajar, el hincha comprenderá lo inapelable; el equipo perdió contra el rival más jodido: la realidad.

Elite

Más allá del arraigo real que tienen en la cultura futbolera argentina, los equipos grandes no dejan de ser un invento de la prensa ávida de vender más revistas, camisetas, transmisiones codificadas, aquello que marque la pauta del negocio mediático deportivo. Una legitimación de la élite que pretende regirlo todo.

Porque clubes grandes, con activa vida social e importantes economías, historia y gran popularidad en las tribunas hay muchos. Sin embargo, los “clubes grandes” siempre fueron cinco, con opción a seis para completar triangulares en los torneos de verano. Y durante años se escuchó a muchos hinchas de clubes “chicos” pero importantes vanagloriarse de ser “el sexto grande”, como si pertenecer a esa élite fuera algo real.

Hoy ya no es así. La grandeza, de existir, se tiene que revalidar en las canchas. Ya no es cuestión de linaje. Es lo que no entiende el hincha del equipo “grande” durante los 90 minutos en los que da por seguro que no podrá perder de ninguna manera con Brown de Adrogué.

En el minuto 90, la realidad vuelve a emitir su veredicto.

No parece casual que esta metáfora posible del fútbol argentino diga tanto sobre las actuales tensiones sociales. En la cancha, de pronto, el juego permite ver cómo es posible que un equipo pueda organizarse e imponerse contra todos los pronósticos y tradiciones que pretenden imponer los grupos de poder. Con partidos que no se ganan detrás de un escritorio sino en la cancha, donde el poder no siempre puede torcer las reglas. Donde puede verse caer el viejo orden…

Es lo lindo del fútbol, una metáfora de la vida en la que incluso se puede perder porque de última… es un juego. Y da revancha la semana que viene.

La realidad suele ser más complicada. La tensión entre los grupos que prefieren monopolizar no sólo la pelota sino la existencia y aquellos que proponen condiciones más democráticas no está resuelta. Las ideas neoliberales, concentradoras y monopólicas son más duras de roer que la trayectoria del Pocho Insua.

Así, cuestionando si es económicamente viable que 40 hinchas de All Boys tengan las mismas posibilidades de ver a su equipo por la tele que 40.000 hinchas de San Lorenzo, reaparecen quienes intentan restablecer el esquema de un negocio en manos privadas que gire en torno a una minoría de equipos con más rating. Una idea que –de paso– abomina de la participación del Estado en defensa de condiciones igualitarias y democráticas para la vida cotidiana.

Si fuera por esos intereses –a veces disfrazados de pasiones– nunca habría existido el Maracanazo. Pero en la cancha los de afuera son de palo.

 

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