
La restauración de la “Argentina normal” que emprende –con ahínco y sin pausa- el gobierno de Mauricio Macri es, en algún sentido y sólo en ese sentido, un reconocimiento por oposición a la conocida sentencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche acerca de que “no hay hechos, hay interpretaciones”. De ese modo, sostenía el germano, la verdad pierde su carácter absoluto, único, para multiplicarse en tantas verdades –siempre relativas- como interpretaciones existan acerca de esa construcción inacabada que convenimos en llamar lo verdadero.
Pero ocurre que en la fogosa danza de todas esas verdades posibles una se impone en el campo de batalla del sentido, en cada momento histórico, como la verdad, aquella irrevocable y suprema que hegemoniza a las otras para transformarse en Única.
Otro filósofo discípulo de Nietzsche –y acá la terminamos con los filósofos-, el francés Michel Foucault, completó el razonamiento al sostener que es el Poder quien crea la verdad, por su capacidad de imponer su verdad relativa como la verdad de todos, indiscutible y monolítica.
El intento por dominar la voluntad y las conciencias en beneficio propio –a través de técnicas de marketing político y comunicación ídem, y del generoso uso de los medios hegemónicos de comunicación- es el camino emprendido por el Poder real, a través de ese instrumento que es el CEO de la Nación, para la restauración de la “Argentina normal”.
Los criterios de normalidad, también, están determinados por el Poder y su verdad que, como se dijo, es la verdad, la de todos, la que establece la férrea línea divisoria entre lo normal y lo anormal.
Esa expresión, la “Argentina normal”, que tiene múltiples propaladores y ha sido empleada en diferentes épocas, posee ahora un significado único: el regreso a un país conservador, neoliberal, en el que el excluido acepte su condición de tal así como el rico disfruta la suya, sin chistar y sin límites a la adquisición de divisa extranjera. Porque, vaya si lo sabemos, lo normal en Argentina es poseer moneda de otro país.
El economista ultraliberal José Luis Espert empleó la frase de un modo inequívoco el 19 de diciembre pasado, cuando Mauricio Macri ya se había convertido en presidente, al afirmar que para ser “normales” debe nacer una Argentina en la que “haya despidos sin que existan paros o marchas”, según recogió La Mañana de Córdoba.
Inigualable Espert: lo normal es quedarse sin empleo, ser expulsado del sistema laboral, del seguro social y previsional, del consumo y, como Dios manda (agregamos nosotros), bancársela sin protestar.
Menos optimista que el economista luce la ministra de Seguridad nacional, Patricia Bullrich, quien entiende que las políticas del gobierno que integra generarán exclusión pero, a diferencia de Espert, sabe por su experiencia política que los anormales no tienen cura fácil y se quejarán por su condición de parias.
Para ellos, esta semana dispuso un margen de tolerancia de cinco minutos para que acepten la nueva verdad del Poder. De lo contrario, el Estado dispondrá para ellos de políticas públicas basadas en gases lacrimógenos, palos, balas de goma y –si cupiera– de plomo.
Seis días antes que Espert, en una columna de opinión para el liberal sitio web Infobae, el ex presidente uruguayo –también, uf, liberal– Julio María Sanguinetti, escribió que “a la era de la crispación y la epopeya refundacional sucederá un tiempo de normalización de un país que tiene todo para salir adelante y convertirse en la nación moderna y próspera que todos esperamos”.
La columna se tituló, para no andar con rodeos, “El retorno a la Argentina normal”. Sanguinetti señaló allí: “Insistimos en ese concepto de normalidad, porque es lo que hoy más necesita la Argentina”. Sin vueltas: durante doce años –los correspondientes a un proceso político nacional, popular y democrático– el país vivió en la anormalidad, se alejó peligrosamente de aquellos preceptos fundacionales del liberalismo normalizador como lo hizo entre mediados de las décadas del 40 y el 50 del siglo pasado.
Para el dos veces presidente de Uruguay por el conservador partido Colorado, Argentina “es un enorme país, con riquezas naturales copiosas y gente brillante en todos los sectores de la actividad. El solo cumplimiento de la ley, el solo respeto a los tratados y contratos atraerá inversiones y generará trabajo, pero requerirá un tiempo prudencial”.
Inmejorable Sanguinetti: lo “normal”, aquello intrínsecamente verdadero, no es la distribución del ingreso, el crecimiento económico con justicia social, la soberanía política de una Nación. No. La fórmula es de orden mágico, no político: el solo respeto de los contratos y de la ley traerá inversiones y trabajo (¿?). Una boludez XXL, hija de la Teoría del Derrame de los años 90 que el menemismo convirtió entonces en verdad inmodificable, trascendente, hasta que se pinchó como un globo al toparse con un rosal. Pero ahora vuelve, otra vez, para buscar su centralidad.
El objetivo de Cambiemos es, entonces, restaurar esa “Argentina normal”, esa verdad relativa que proponen los liberales desde hace 200 años –con absoluta legitimidad– pero que a través del procedimiento de transformar en interés colectivo, en “normal”, lo que en rigor representa a una parcialidad, a un sector que es, justamente, el que habitualmente detenta el Poder y, muchas veces en la historia nacional, también el gobierno.
Sobre los cimientos de esa construcción –algo derruida por doce años de populismo– el macrismo reconstruye la Argentina neoliberal, excluyente, racista, empobrecedora, satisfactoria para pocos, cuyo discurso presenta como lo normal, lo verdadero.
Para cumplir esa meta cuenta con el apoyo –siempre precario, por cierto– del Poder real: las grandes corporaciones, fundamentalmente las mediáticas, cuyo principal objetivo es construir sentido común, producir verdad.
¿Cómo? Presentando, por ejemplo, una devaluación del 40 por ciento que redujo notablemente el poder adquisitivo de los salarios y de quienes poseen ingresos fijos, como “la liberación del cepo al dólar”.
Quién no desea liberarse, zafarse de un cepo sujetador, agobiante. No importa –por ahora– que la mayoría no pueda adquirir dólares, menos si cuestan 15 pesos cada uno y la devaluación licuó sus salarios. Seamos libres (de comprar dólares) que lo demás no importa nada, sería la consigna, por lo demás positiva.
Si el incremento del 600 por ciento de las tarifas de un servicio público esencial como la energía eléctrica se titula en los medios más masivos “Los nuevos valores de la luz” en vez de “Tarifazo K”, como cuando lo intentó el anterior gobierno, también se produce verdad, en un sentido y con un objetivo.
El discurso macrista, como señala Pablo Bilsky en la nota siguiente de esta edición, tiene la obligación de ocular, de no decir, de negar sus verdaderos objetivos. No es bueno decirle a las mayorías que el gobierno las viene a joder. Para eso, lo explica Alejandro Rozitchner, el equipo comunicacional de Cambiemos apela al manual de negar la política como confrontación de intereses, desechar la existencia de ideologías y enarbolar, en cambio, un discurso ahistórico, administrativista, gerencial, vacuo. La política, en suma, sería una cuestión de técnicos. Los mejores formados estarían, entonces, en condiciones de obtener los más altos réditos para los ciudadanos, puesto que la saben lunga, como se dice. Quiénes mejor, así, que los CEO de las principales empresas nacionales e internacionales para ocupar los ministerios de la Revolución de la Alegría.
Algunas de las verdades que viene a restaurar el macrismo son, por cierto, verdades muy arraigadas en la historia nacional, tatuadas en el inconsciente colectivo como la verdad, lo inmodificable porque, en suma, “siempre fue así”.
Los logros obtenidos por los sectores populares en los últimos años son el principal escollo que enfrenta la estrategia oficial de retorno a la “Argentina normal”, que se agrietó hasta hacer trepar el porcentaje de anormales a casi la mitad del electorado.
Fuente: El Eslabón