
Yo no sé no , Pedro se acordaba cuando en un partido desafío a los de Biedma pasando Oroño —que todavía no era bulevar, ni tenía salida a Buenos Aires— y nos faltaban un par de zapatillas talle 44 para uno de nuestros centrales. Sólo conseguimos unas 42 y nuestro seis, aún no sabemos cómo, recogió los dedos y se las calzó.
Eran años donde los finde semana con los pibes, casi siempre teníamos el mismo problema, conseguir los cables para el patio donde hacíamos el bailongo, cables para la luz y para el winco; pedazos y pedazos de cables añadidos como podíamos eran la solución, todavía no conocíamos la zapatilla multi enchufes. Años en que las blanca Flechas quedaban relegadas para gimnasia o para el campito y otras zapas mucho más caras que llegaron para competir con los mocasines, nos acompañaban en las marchas tanto como las Pampero, estas últimas sí tenían que ser del número justo por lo menos.
Las zapas marchando es como una síntesis de alpargatas y libros, me dice Pedro. Pensar que con estas medidas de ajuste, estos que nos gobiernan hacen que sobren zapatillas, las que quedarán en las vidrieras de los negocios por un precio inalcanzable y las de los multienchufes, ya sea porque la luz está cara o porque más de uno tuvo que vender el equipo de música para parar la olla
Y ahí está una de las soluciones, me dice Pedro apuntando con el dedo a sus número 42 —en los sueños la zapatilla es el número 42, misma cantidad de años en que ocurrió La noche los lápices—, “que sean protagonistas de nuevo las zapatillas para caminar las marchas y aún aquellas que no son tan baratas para las patas de los sectores populares y mañana vendrán las otras, para que vuelva la luz al patio donde también vuelva el asado, la música y la alegría para todos y todas. «Sabés todavía no sé cómo hizo el flaco aquel que jugó de seis para cortar tantos centros con una zapas dos números menos.