
Yo no sé, no. Con Pedro nos acordábamos que ya en tercer grado, a mitad de año, teníamos la mitad de los útiles, la mitad de las pinturitas, la mitad del Faber número 2, la mitad de la goma, la mitad del cuaderno tapa dura de 100 hojas Listo, y la mitad del cuaderno de comunicaciones con notas diciendo “su hijo trae la mitad de las cosas que se les pide”, firmado por la maestra.
Por ese tiempo, al campito donde jugábamos le apareció un propietario. El tipo hizo un galpón y nos dejó la mitad para nosotros. Ñubel volvía y Central estaba en mitad de tabla. Con Pedro hacíamos mandados hasta la mitad de mes y nos pagaban con la mitad de 50 centavos, o sea con una de 25, que para nosotros era de un valor enorme. Era lo que valía el paquete de figu o cinco japo. La otra mitad de mes nos pagaban con la mitad de 10 centavos, así que chiroleábamos de 5 en 5. Un sábado, en la mitad de un cumple, entre la mitad de las pibas aparecieron dos sonrisas salvadoras para Pedro y para mí.
Y otro día, en un partido con unos de barrio Triángulo en el que nos estaban vacilando a mitad del segundo tiempo, se largó una tormenta (salvadora) y tuvimos que salir de raje, dando por terminado el encuentro. El empate como visitante era valioso, se ve que esa tarde la mitad de los dioses estaban de nuestro lado.
Diez años después, a mitad de año, se iba de viaje eterno la sonrisa tranquilizadora del General. Por ese entonces, se estaba muy cerca del mitad y mitad en la economía (50 para los trabajadores, 50 para los empresarios).
Ojalá sólo hubiésemos perdido la mitad de los campitos, la mitad de las pinturitas, la mitad de los mandados y ojalá estuviéramos en mitad de tabla, pero no, me dice Pedro: tenemos mucho menos de la mitad en casi todo. Por eso hay que ir por la mitad más uno en las próximas elecciones, para empezar a recuperar, me dice mientras miramos una pantalla que nos dice que con un sueldo mínimo se compra la mitad que hace 4 años. Y también pensando en aquellas sonrisas de esas pibas, apareciendo en la mitad de todo, y de la mitad de aquel cuaderno desafiante, como diciendo a ver cómo terminás.