Yo no sé, no. Con Pedro nos acordamos por culpa de este frío y de los días de lluvia seguidos de aquellas tardes de fin de agosto, cuando nos picaba la ropa de lana porque íbamos con algún que otro pullover viejo, ya que el buzo rompeviento lo dejábamos para las clases de la escuela. Aquella picazón y la manera de rascarnos hizo que un pícaro de la Plaza Galicia nos ponga «el equipo Cascarita», y la verdad es también que no nos bañábamos seguido, y como dice el dicho: la cáscara guarda al palo.

Esas tardes a la vuelta de la plaza nos tomábamos unos tazones de leche con cascarilla de cacao, para nosotros era una chocolatada de aquellas. Y estuvimos cerca de armar un equipo que se llamara los Cascaritas, porque nos hicimos famosos.

Cuando nos descubrió el dueño de unos frutales que nosotros le habíamos robado porque a Manuel (uno de los nuestros) se le veían las cáscaras de naranjas que tenía en el bolsillo, cáscaras que eran para el mate del abuelo, ya en ese tiempo la gente le agregaba cáscaras de todo tipo al mate. Una noche volviendo del centro –recuerda Pedro– después de un día agitado porque era un invierno sin Perón, sentía como un temor hasta que vio un paredón medio descarado por falta de revoque, es que estaba ya en el barrio, y el temor se le iba y le picaba el lomo, y se acordaba de Manuel que siempre decía: «si el perro se rasca quedate tranquilo, no hay peligro». 

“Mirá –me dice Pedro–, ahora que le encuentran de todo a las cáscaras (que son nutritivas, que contienen todas o casi todas la vitaminas), yo pienso que hay cáscaras y cáscaras, por más que sean un subproducto como la cascarilla del cacao, del chocolate, para mí es infinitamente superior a la cáscara de soja por ejemplo. Además, en estos tiempos que vemos que algunos espacios políticos o propuestas quedaron sólo cascaras, me quedo con aquellos que debajo de esa piel, tienen una historia y otra historia y más historias como las cascaras de un árbol que siempre fue el mismo”.

“Y en una de esas se nos da –agrega Pedro– que nos juntemos TODOS, y TODOS seamos cáscara y palo”. Esto me lo dice refregándose las manos con las cáscaras de las últimas mandarinas criollas, de este invierno, y yo pensando en el hermoso sonido del crujir de las cáscaras de manises, que acompañarán el brindis de las victorias que se avecinan.

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