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Martín Fierro, la piedra basal de nuestra literatura tal como lo ha establecido el canon dominante a pesar de los reclamos de Borges, tiene una escena antológica que con los años se ha vuelto mítica. En el Canto 9 de “La Ida”, Martín Fierro es asaltado por una partida que lo persigue, en medio de la noche. Ante el peligro cercano, decide vender cara su vida, y se enfrenta denodadamente con sus perseguidores.

La escena tiene todos los componentes propios de un relato épico: el héroe, en absoluta soledad, se lanza al combate contra muchos. Tiene solamente su facón, que utiliza con destreza para ir abatiendo a sus enemigos. Sin embargo, los integrantes de la partida, que lo superan ampliamente en número, terminan por cercarlo, alcanzándolo con sus armas –“sentí que por las costillas / un sable me hacía cosquillas”– recordará Fierro al narrar el combate.

Y es en ese momento crucial, en el que la vida de Martín Fierro corre ciertamente peligro, que ocurre algo, un hecho que representa el típico giro que tuerce el desarrollo de la inminente tragedia (una peripecia en el sentido clásico del término). Pero mejor, digámoslo con sus propias palabras:

“Tal vez en el corazón

Lo tocó un santo bendito

A un gaucho que pegó un grito

Y dijo: “¡Cruz no consiente

Que se cometa el delito

De matar ansí a un valiente!”

Lo que sigue es conocido. Aliándose con el Sargento Cruz, combatiendo junto a él, Martín Fierro derrota a los milicos, que terminan retirándose. Mejor dicho: Fierro y Cruz los derrotan, porque la acción y el mérito son compartidos.

Nace de tal modo una alianza que se proyectaría en el tiempo, dado que ambos parten a una expatriación en territorio de los indios, de la que Fierro regresará pasados los años, tal como lo cuenta “La Vuelta”.

La alianza, así, deviene mítica. En tanto que tal, los sentidos y las alegorías que produce proliferan históricamente, para recrearse en múltiples instancias del suceder nacional a lo largo del tiempo. Esas instancias podrán ser políticas, culturales y literarias. A veces la literatura tiene la propiedad de incidir en el mundo de la cultura y la política, si no de manera directa, al menos de manera indirecta o mediada, pero no por ello menos eficaz.

Jorge Luis Borges, que no veía con buenos ojos al Martín Fierro, que sostenía que no era un poema épico tal como lo había sancionado Lugones, sino un mero relato policial, reescribió de todos modos ese episodio. Lo hizo en un cuento célebre llamado “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, que pertenece al libro El Aleph, una de sus grandes colecciones de cuentos junto con Ficciones y El informe de Brodie.

Allí Borges dice que a Cruz lo esperaba una noche en la que descubriría quién era, en la que por fin vería su cara y oiría su nombre. Esa noche es la del encuentro con Fierro, en quien Cruz se reconoce, no por hallar su doble o su otro en los libros –tal como hicieran grandes hombres de la Historia, desde Alejandro Magno hasta Carlos XII de Suecia–, sino porque pudo verse a sí mismo en un entrevero y un hombre.

Cruz se ve en Fierro, dice Borges, y Cruz se hace Fierro, se transmuta en él. Siguiendo esa línea de pensamiento puede decirse que allí nace un sentido mítico que los hermana infinitamente, trascendiendo el tiempo acotado de sus pobres vidas, y proyectándose en un futuro perpetuo de modo incesante.

La potencia mítica del relato se sostiene, como se dijo, en un conjunto de sentidos que quisiéramos recordar. En primer término, el pasaje de Cruz, su conversión, puesto que siendo un hombre enrolado en la milicia, no vacila en desertar de ella para plegarse al que la combatía. Esa conversión es, claramente, política, puesto que representa el acto insurgente e insumiso de alzarse contra el Poder, habiendo sido parte de sus fuerzas y sus mecanismos. Hay, así, un sentido acrático en el suceso que protagoniza Cruz, que se corresponde plenamente con el sentido acrático del derrotero de Fierro.

Ese sentido se reproduce y potencia con la decisión de irse a vivir entre los indios, ya que ese hecho representa lo inaceptable que supone, para ellos, vivir en el mundo civilizado. Fierro y Cruz optan, de tal modo, por el afuera, por el exterior de la civilización, aunque sin mimetizarse con los salvajes. La vida entre ellos se les presentará, asimismo, como algo que no puede ser asimilado, hasta que ocurra la muerte de Cruz, y el regreso de Fierro al mundo de los hombres blancos.

Si “La Vuelta” puede entenderse como el momento de la capitulación del héroe ante aquello que hasta entonces había combatido, “La Ida” mantiene incólume su sentido libertario y heroico. Y es ése el sentido de la obra de José Hernández que habría de perdurar, para hacerse mito en la memoria colectiva del pueblo.

¿Por qué se hace mito?…acaso alguien podría preguntarse. Una respuesta posible consistiría en afirmar que Cruz y Fierro –o Fierro y Cruz, el orden es indistinto– simbolizan, claramente, la unión fraternal de los subalternos en su pelea constante contra el Poder. Son como dos Espartacos de estas pampas, que perduran en esa alegoría que dibuja la potencia que logran los de abajo, los sometidos, cuando se unen.

La memoria popular, además de amplia, es sabia. Atesora los símbolos que pueden orientar la vida del pueblo en diversas circunstancias. Por ello, la unión de Martín Fierro con el Sargento Cruz representa un valor imperecedero, o eterno, siempre presente incluso en días como los que estamos viviendo. Porque las formas de esa lucha pueden cambiar, pero su sentido –mítico– es siempre el mismo.

Digámoslo, para concluir, también con palabras del poema:

“Los hermanos sean unidos

Porque esa es la ley primera;

Tengan unión verdadera

En cualquier tiempo que sea,

Porque si entre ellos pelean

Los devoran los de ajuera”.

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Un comentario

  1. Avatar

    Julio Bustos

    31/08/2020 en 0:04

    Hermosa la nota, dicho esto desde una perspectiva un tanto más lejana. Paso por alto lo de Borges pues de él siempre trasciende su incomprensión, ese hecho inevitable de no ser parte y padecer por ello. Relegar al Martín Fierro a una crónica policial es lisa y llanamente negar su valor literario, ya que no encuadra en la saga nórdica de la que, sin pertenecer ni por asomo, Borges experimentó la peor de las nostalgias. Pero sin ánimo de desmerecer al maestro Borges, me tomo la libertad de «corregir» una apreciación de la nota, la vuelta, en mi opinión, no es la vuelta al mundo de los blancos, es la vuelta al mundo criollo, a ese mundo gris de valores extraños e incomprensibles a los cronistas acostumbrados a medir los hechos desde paradigmas que poco o nada tienen que ver con la argentinidad naciente que Hernández intuye y postula crípticamente. Mundo al que él tampoco pertenece, pero que retrata ante las evidencias y se vale de un recurso extraordinario y este es el de la universalidad que implica, en todo caso, que el devenir de Fierro le depara un amigo con el que se cruza en una encrucijada y que paradójicamente se apellida Cruz, como la que arrastra en su destino criollo. Tan sencillo aporte me hace pensar que Don José miraba mucho más lejos de lo que, a la vuelta de los años, nosotros somos incapaces de percibir.
    Muy agradecido, vaya mi abrazo desde el Tucumán, donde Fierro y Cruz caminan por las calles todos los días, dispuestos al entrevero más grande cuando se trate de defender a ultranza esos valores que rezan, por sobre todas las cosas que; «Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera»…

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