Yo no sé, no. Cuando Pedro vio el vaso del poroto germinando pensó que capaz había que pedirle un deseo. Cuando preguntó cómo se llamaba el que siembra y le respondieron “agricultor”, se dijo para sí: “Eso quiero ser”. Era unos de los primeros deseos, con el que, además, le traería a la verdulería de al lado las mejores acelgas, como ramos verdes, para el asombro de Gracielita.

Josecito, su amigo, quería ser bombero, ese era su sueño. El de enfrente decía que quería ser médico. Gracielita, abogada, y la Tolita, como su madre, quería ser maestra. Los pibes de esa calle Zeballos tenían deseos tan intensos como cambiantes; uno pasaba de querer ser médico a ser motorman del tranvía, otro de ser cartero a ser el 5 de Central o de Ñuls.

Al cumplir los 10 años, Pedro tenía la acelga cerca y a Gracielita lejos. Su deseo por un tiempo era ser bombero pero el bombero que busca, perfora y coloca los caños y bombas para el agua. Y a la hora de tener la redonda en sus pies, deseaba tener la velocidad de Gennoni y pegarle como Bielli a la hora de los penales. También deseaba tener en la universidad materia gris al servicio de la patria, pero ese deseo se veía truncado por los bastones de la dictadura de Onganía. Y, en economía, estaba el deseo de unos pocos que querían (y aún quieren) que se ponga en marcha el plan de Krieger Vasena. 

Algunos de los pibes querían cantar como Leo Dan, otros como Favio, otros como Serrat y algunos como el de los Pasteles Verdes. Pero a casi todos sólo nos daba la gola para un chamamé picaresco de Coco Díaz, que a decir verdad, no alcanzaba como para emocionar a ninguna de las pibas que nos gustaban. Al tiempo pasamos de soñar con tener la nobleza del Ancho Peucelle a desear tener una novia como la de Rolando (Rivas). Al sueño de cantar como Serrat se sumaba el de cantar como Zitarrosa y hacer canciones como las que hacía Charly. Mientras tanto, en el barrio, los primeros trabajos en pequeños talleres para los pibes eran una realidad y el sueño de tener la plata de la primera quincena en el bolsillo, también.

En algún momento los continuadores de aquellos bastonazos volvían, ahora mucho más crueles, para instalar las mismas políticas del coloniaje.

El otro día, a poco de terminar las vacaciones de invierno, mirando unas pibas y pibes que jugaban en la placita Santa Isabel de Hungría, Pedro dijo que los pibes de hoy deben soñar con cosas parecidas a las nuestras, actualizadas. Y los jóvenes, adolescentes, igual o muy parecido. Mientras que los tilingos del coloniaje repiten los sueños que a los dueños de la gran torta de esta economía concentrada, y en gran parte extranjerizada, les conviene.

Nosotros, los más grandes, tenemos la oportunidad de meterle pila a esta cuestión de crear las condiciones para aquellos deseos soñados, como los de estas parejitas de la plaza y de aquellos que vendrán. Y, como diría don Arturo: dame un punto en común entre esos sueños y haremos realidad el sueño de tener una Gran Patria.

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