Rosana Sartor

 

Rosana Sartor es la directora de la Escuela N°1091 Martín Miguel de Güemes, del Paraje Siete Provincias, ubicado a unos 40 kilómetros al norte de Reconquista y que recorre todos los días para llegar a su trabajo. Tiene además dos Centros Educativos Rurales (CER) a su cargo: uno en Las Taperitas, otro en Los Lapachos. Se reparte a diario entre el trabajo pedagógico, el papelerío de la gestión directiva, hacer malabares con el dinero que le llega para el comedor y oficiar de nexo para que la comunidad sea vacunada contra el Covid. Todo lo toma con infinito compromiso, porque sabe que la escuela pública en la ruralidad es la garantía que tienen las infancias de una mejor vida.

La charla con Rosana se da a poco de celebrarse –9 de noviembre– el Día Nacional de las Maestras y de los Maestros Rurales. La fecha recuerda el nacimiento de Angela Peralta Pino, más conocida como La Maestra Caracol, porque se trasladaba en una casa rodante convertida en escuela para enseñar a las niñas y niños más pobres del norte santafesino (entre 1940 y 1962). La educadora nació en Providencia el 9 de noviembre de 1901, justo este es el 120 aniversario de su natalicio. Falleció en 1991.

La directora admira de Angelita –como también le decían– “ese compromiso social que tenía con la educación y las infancias, sobre todo con los más vulnerables, ese trabajo que hizo para transformar sus vidas”.

Por ese camino de la educación santafesina se inscribe el trabajo de Rosana. Asumió como directora de la escuela de Siete Provincias en 2018, pero lleva 20 años dedicada a la docencia, en particular en la ruralidad, de la cual también fue alumna en su infancia, cuando vivía en Los Lapachos.

A su escuela Martín Miguel de Güemes llegan todos los días 27 niñas y niños que se reparten en el nivel inicial y el primario. La mayoría –cuenta la directora– son del Paraje, de sus alrededores; otro grupo vive a unos kilómetros, sobre un terreno público donde sus familias “han levantado casas de lona, que ni siquiera son ranchos; sin luz y con agua de pozo”, describe.

“Quienes viven en la zona no tienen campo. La mayoría de las familias vive de la Asignación Universal por Hijo (AUH), corta leña en el monte, hace alguna changa en algún campo por temporada; algunos trabajan en una pollería, o como peones o cuidadores. También hay muchas madres solteras”, dice acerca de una realidad que impacta en el aula.

La escuela –expresa Rosana– es así el centro donde está toda la vida social: “También están la capilla y el dispensario, pero la escuela es la que abre todos los días, somos el nexo con el centro asistencial, con la comuna y llevamos y traemos encargos que nos hacen” con los centros urbanos. “Desde la escuela –continúa– impulsamos la campaña de vacunación, los inscribimos, ponemos nuestros teléfonos, nuestros correos”, además de hacer de vínculo para que la comuna traslade a las familias a los centros de vacunación que están en Reconquista o Avellaneda, los centros urbanos más cercanos.

Rosana destaca al grupo de docentes comprometidos con quienes trabaja. La 1.091 cuenta con una maestra para nivel inicial y dos más que se reparten los grados de 1° a 7°, en lo que se conoce como plurigrados. Además de las docentes de especialidades (educación física, plástica, música, inglés) que son itinerantes.

Sin burbujas

Rosana Sartor
A la vuelta del aislamiento, la escuela 1.091 volvió a las clases plenas.

En la provincia de Santa Fe -según datos del Ministerio de Educación de la provincia- “entre todos los niveles y modalidades hay un total de 1.315 instituciones educativas en el ámbito rural, de las cuales 1.262 son oficiales y 53 privadas”. Y la matrícula es “de aproximadamente 66 mil alumnas y alumnos”.

Tras el tiempo de aislamiento dado por la pandemia, las escuelas rurales de la provincia fueron las primeras en retomar la presencialidad en 2020 y también este año. Por la cantidad de niñas y niños que reúne, no han trabajado en burbujas a la hora de dar clases.

“Al principio no permitían la copa de leche pero siempre algo garantizamos, ya sea con alguna torta que aportaba alguna mamá o alguna maestra, porque realmente los chicos no aguantan” sin comer toda la jornada, explica Rosana sobre otro frente a atender.

El lunes 1° de noviembre comenzaron a entregar también un complemento alimentario, que en lo concreto es un refuerzo de un sándwich de milanesa o de jamón y queso, por ejemplo, más una fruta. Se suma al bolsón de alimentos y copa de leche. “Igual se hace difícil, porque para darles un sándwich y una fruta nos están dando 45,56 pesos por niño, por día. No nos alcanza. De todas maneras, una va haciendo rendir ese dinero”, relata de lo que en la práctica es un verdadero malabarismo para que la plata asignada por la Provincia alcance.

En ese repaso del trabajo diario recuerda que en el tiempo de aislamiento estricto por la pandemia armaban cuadernillos con las tareas que repartían entre los alumnos. A veces coincidía con la entrega de los alimentos, a veces los acercaban las propias maestras. Las clases por zoom o de cualquier tipo de virtualidad no se dieron en esta realidad.

“En el barrio que llaman Don Pedro, el más humilde, donde no hay luz, había un teléfono que, cuando lo podían cargar, llamábamos y dábamos la información para todos”, rememora de cómo se las ingeniaban para estar presentes. La escuela tampoco cuenta con conectividad para trabajar en clases. Si bien no están incomunicados, saben que cuando algo falla, para encontrar buena señal el mejor lugar es pararse cerca del mástil.

El Boleto Educativo Gratuito cambia poco a poco el panorama de oportunidades. La escuela 1.091 encontró, tras un relevamiento propio en la zona, 16 adolescentes entre 12 y 18 años que no iban a la escuela. Este año, gracias al boleto, asisten a la secundaria de Lanteri que es la más cercana. “Desde la primaria logramos que los busquen y lleven todos los días. Eran estudiantes que empezaban y dejaban. Son 20 kilómetros de ripio”, reconoce la directora.

El boleto educativo también alcanza al personal docente, con quienes en agosto pasado el gobierno de la provincia se puso al día con lo adeudado.

ESI, alfabetización y ambiente

La Educación Sexual Integral (ESI) y la alfabetización son los ejes en los que esta escuela rural pone el acento en lo pedagógico. “El trabajo con la ESI por las situaciones de violencia. Es una comunidad muy cerrada, machista, como muchas comunidades rurales, muy conservadora. Esto lleva a muchas cuestiones de discriminación en la escuela. Las situaciones de violencia que se viven son muchas. Tenemos casos todos los días que nos interpelan y nos atraviesan”, explica Rosana sobre por qué darle prioridad a los contenidos que apuntan a una mejor convivencia.

Y respecto de la alfabetización, lo dice tanto por la inicial, como la avanzada e integral “que garantice los derechos de las niñas y los niños”. No quedan fuera de estas prioridades contenidos relacionados con la ESI como son el cuidado de la salud y del ambiente; aquí señala puntualmente la preocupación creciente por el cuidado del ambiente rural, ante las fumigaciones. Además de otros ejes de trabajo como es el de la identidad.

Rosana Sartor
En la escuela que dirige Rosana Sartor, también hay espacio para la memoria y la identidad.

¿Por qué elegiste ser maestra rural? “La docencia me fascina. Más poder transformar desde la escuela la realidad de las personas, que las personas vean en la escuela oportunidades de darles un futuro a sus hijos, para muchas como lo único que les pueden brindar”, responde la educadora sobre el compromiso político que tiene el oficio de educar.

Y sobre el trabajo en la ruralidad agrega: “La verdad es que me quiero quedar aquí. Son espacios donde una logra la pertenencia, a veces siento que es mucho más importante la labor que tenemos en estas realidades, es la forma en que llega el Estado. Y nosotras como agentes del Estado podemos cambiar mucho, ampliar la cultura, el horizonte y la mirada”.

Rosana cita a Pablo Pineau para hablar de la educación pública como garantía de derechos, del “derecho que da derechos”, al decir del educador. Y sobre todo por cómo esto se vive en la ruralidad “donde hay campesinos sin campo, que les hacen sentir que no tienen derecho a nada”.

La profesora es además la secretaria de Nivel Primario de la delegación de Amsafé General Obligado. Afirma que desde ese lugar también debaten sobre la preocupación por proponer alternativas para el desarrollo de estas zonas, de generar fuentes de trabajo. “Es mucho todo esto para la escuela, pero una lo intenta desde todos los lugares”, confía.

Y une a esta preocupación la de la pérdida de matrícula de las escuelas rurales. En especial porque las familias se trasladan a los centros urbanos apenas consiguen un trabajo. Lo cual no es siempre sinónimo de mejor calidad de vida.

Para Rosana, la educación rural tiene que ser mirada de manera integral desde el Estado, para generar trabajo –como la producción de alimentos–, que las familias puedan permanecer en condiciones dignas y las escuelas rurales garantizar derechos.

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