Julio está sentado en el pupitre que da a una de las ventanas del salón de cuarto grado de la escuela Alem. Algunos discuten durante el recreo si la N de don Leandro corresponde a Nicasio o a Nicéforo. Julio tiene la mirada perdida en el afuera, en el gris del silencio matinal. El zumbido de un helicóptero lo despabila y lo obliga a mirar el cielo. El mosquito gigante tiene una bandera celeste y blanca tatuada en el lomo verde militar. Va a las Islas, piensa. Allá en el sur de la patria, donde su hermano Darío y miles de pendejos más están poniéndole el pecho a las balas, literalmente, con las manos y las caras congeladas, con un cagazo madre en los huesos y contra soldados entrenados y equipados para ir a la guerra. ¿Será verdad que la ropa y la comida que mandamos nunca les llega? ¿Será verdad que los ingleses tienen camperas con calefacción? ¿Será verdad que los propios milicos argentinos torturan y estaquean a los pibes? En todo eso piensa Julio mientras la seño Ana, que acaba de entrar, confiesa que no está segura si la N es de Nicasio o de Nicéforo.

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