Otra jornada cargada de emociones se vivió el pasado lunes en los tribunales federales rosarinos en la segunda audiencia de testimoniales en el marco de la megacausa Guerrieri IV. El implacable paso del tiempo y recuerdos necesarios pero dolorosos.

El juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar, conocido como Guerrieri IV, continuó el pasado lunes con los testimonios brindados por familiares y allegados a las víctimas Segismundo Martínez, Héctor José Cian, Isabel Soto e Irma Parra. 

La primera en tomar la palabra fue Olga Viglieca, sobrina de Segismundo Martínez y cuyo relato se sumó al brindado la semana anterior por Segismundo Martínez hijo. “Mi tío Mundo fue como un abuelo para mí. Me cantaba canciones de la Guerra Civil española y lo extraño todavía”, dijo Olga visiblemente emocionada, y agregó: “Era tío de mi papá pero por edad era más como un hermano. De familia de ideología de clase trabajadora, Mundo fue delegado del frigorífico Swift”. Viglieca recordó vía Zoom que “antes de la navidad del 76, su hermana nos avisó que se lo habían llevado de la casa de expendio de café y según ella fue por albergar a dos jóvenes marxistas”. Y concluyó con dos frases que quedaron rebotando en la sala: “Las desapariciones nunca son pasado, siempre son presente” y “Es muy importante para mí poder estar acá y muy reparatorio”.

Abuelas madres

Uno de los momentos más conmovedores se vivió cuando Daniel Cian relató de manera presencial el derrotero de sus padres Héctor José Cian e Isabel Lila Soto. Daniel narró que su padre era de Reconquista y su madre de Corrientes y que “se conocieron en un acompañamiento a curas tercermundistas que habían sido excomulgados en Corrientes”. Contó de la militancia de ambos en la organización Las Ligas Agrarias, educando y alfabetizando a campesinos y que su papá llegó a ser el referente de las Ligas en el sur correntino. Que luego vienen a vivir a Rosario (allí habrían pasado a Montoneros) en Dorrego al 4000, con él de 2 años y su mamá embarazada, y que en diciembre del 76 irrumpen fuerzas de seguridad en su casa y asesinan a su madre. A su padre herido lo llevan a una dependencia policial donde lo torturan y que a él lo dejan en la iglesia San Patricio, donde estaba el cura Santidrián, y que después una familia de apellido Correa se lo apropia durante 8 meses.

A partir de una carta anónima que llega a la casa de sus abuelos paternos, con información de su paradero, “mi abuela y mi tía consiguen visitarme en la iglesia, no en casa de los Correa, y me cuentan después que yo no podía separarme de mi abuela”. Luego, su abuela hizo los trámites y con 3 años volvió a Corrientes. Capricho del destino, Daniel se escapaba mucho a la villa, frecuentaba la parroquia y los comedores en los que su padre justamente había hecho trabajo social. Cuando fallece su abuela, a la que hasta el último día le dijo “mamá”, el joven empieza a cuestionarse su identidad y a descreer de la historia del accidente en el que supuestamente fallecieron sus padres. Se acerca a una charla de Abuelas y su vida da un vuelco: “Se pusieron tan contentas y me contuvieron tanto que formé familia con ellas”. Otra vez abuelas haciendo de mamás.

Mucho tiempo después, encuentran los restos de su madre en el cementerio La Piedad, pero nada del embarazo. Sospecha, por la fecha en que se registra el entierro, un mes después de su supuesto asesinato y justo cuando se cumplían los 9 meses de gestación, que quizás no había muerto en aquel momento y esperaron a que diera a luz. Hoy, Daniel es un ferviente militante de los derechos humanos.

Luego de ese emotivo testimonio, la que se conecta de manera virtual desde Corrientes es Rosa Soto, hermana de Isabel. Rosa, al igual que la inmensa mayoría de los testigos en este y otros juicios de lesa humanidad, remarca que el paso del tiempo atenta contra los recuerdos. Confirma el embarazo por cartas que su hermana enviaba contando “que en diciembre iba a parir” y que junto con su madre viajaron a Rosario a buscar a Daniel: “Mi madre tenía un sólo objetivo y no se iba a volver a Corrientes sin su nieto”.

Rosa señala que “el cura Santidrián primero niega pero después admite que estaba con una familia de apellido Correa”. Pactan un encuentro en la iglesia y cuando Daniel ve a su abuela “fue como si la conociera o supiera todo, se tiró a sus brazos y no se podía soltar”.

También vía zoom y desde Corrientes, Alberto Gómez relató que conoció a Héctor en esa ciudad: “Militamos juntos en la JP, en el 74, compartíamos el fútbol y la ideología”. Recuerda que se reencontraron en el 75 en Rosario y que la última vez que lo vio fue en una pizzería en noviembre. “A mí me secuestran en enero del 78 y no supe más nada de él hasta que en la cárcel me entero que estaba desaparecido”, rememora, y concluye: “Ojalá se pueda conocer la verdad de tantos compañeros y que se pueda hacer justicia para ir llenando esos vacíos de nuestra historia y nuestra patria”.

Por último, se conecta Juana Soto, quien remarcó “la fortaleza inmensa de mi madre en la búsqueda de su nieto”.

Mamá, papá y mis viejos

Otro testimonio muy sentido fue el de Fernando Martínez, vía Zoom desde San Juan.

“La espera ha sido muy larga pero estamos pudiendo hacer justicia”, dijo, y relató que

Irma Perla Parra y Jorge Martínez eran sus padres y que ambos fueron desaparecidos cuando él tenía cinco años. “Ella en Rosario y él, unos meses después, en La Plata”. Un tiempo antes, a Fernando lo enviaron a San Juan a casa de su madrina, hermana de su madre. Cuando se refiere a su madrina, Alcira Beba Parra, y a su esposo Lisandro, lo hace con “mi vieja” y “mi viejo”, en cambio a sus padres biológicos les dice mamá y papá. “Me cuesta decirles mis viejos porque no llegaron a serlo”.

Fernando contó visiblemente conmovido y con mucha valentía que “me decían que habían muerto en un accidente”, que “en el colegio me costaba mucho relacionarme con mis compañeros y muchos años después varios me confesaron que sus padres les tenían prohibido juntarse con «el hijo de guerrilleros, montoneros»”, y que “me hacía pis en la cama hasta los 12 años” y que “una invitación a una reunión de Hijos me cambió la vida. Ahí empecé a conocer a mi mamá y a mi papá, porque realmente no los conocía”.

Tras narrar que a través de compañeros de militancia de sus padres supo que “a mi papá le decían Julio o El Obispo”, que “militaba en Acción Católica”, que “iba a ayudar a las villas” y que “siempre se preocupaba por el otro”. Y confesó: “Un click muy grande fue cuando mi hijo cumplió cinco años, la edad que tenía yo cuando los mataron. Ahí empiezo a militar más fuerte que nunca porque pensaba en que si me pasaba algo mi hijo no iba a tener recuerdos de su padre”. Luego de contar que pudo recuperar los restos de su madre pero que “primero se los habían entregado equivocadamente a otra familia”, concluyó: “Hicimos mucho por la memoria y la verdad pero necesitamos justicia, para que esto no ocurra nunca más y para que quienes cometieron esas atrocidades y le hicieron tanto daño a la Argentina, la paguen”.

Por último, Nélida Parra contó de manera virtual que “Irma era mi hermana, dos años mayor que yo. Militaba en Acción Católica, iba a los barrios a predicar, era docente y visitadora social y estaba en tercer año de Psicopedagogía”, y resaltó: “Era la mejor de nosotras”.

Nélida recordó que “Perla estuvo detenida en Devoto y salió con la amnistía de Cámpora, en el 73. Después vino Isabelita, la Triple A y toda esa porquería. Ahí empezó el principio del fin”. De ahí en más, tal cual lo vaticinó Nélida, la vida de Irma, o Perla como le decían en la familia, pasó a ser en la clandestinidad: “Es el dolor más profundo que puede tener una familia ver cómo tu hermana, en su propio país, es perseguida. Cuando llegaba una cartita de ella respirábamos porque seguía viva”. Nélida confesó en un momento que “estoy reviviendo cosas muy tristes y dolorosas sin dejar jamás de admirarla y amarla”. También que al momento de los hechos “ni sabíamos que estaba en Rosario”, y detalló: “Llamaron y dijeron «Perla cayó». Nos dijeron que rodearon la casa, que había otra pareja y que Jorge se había ido a dormir a otro lado porque no había espacio y por eso se salvó. Tengo mucha pena de no haber podido ayudar a Jorge a ver a su hijo, yo se lo hubiera llevado personalmente pero a los meses lo mataron también”.

Rememoró que en un momento “fui a un acto a Casa Rosada y le dije a Néstor Kirchner que a mi hermana la habían matado y se le transformó la mirada y me aseguró que iba a averiguar lo que pasó”, y que “al tiempo nos entregaron los restos, un par de huesos en realidad, parte de su esqueleto”. Y también que cuando pasó todo, “a mi padre en Rosario le dijeron «váyase a su casa tranquilo y cuide a sus otros hijos que están vivos». Después de eso se le terminó la vida”.

Y concluyó: “En mis sueños yo la protegía y la escondía. Hay miles de familias que han sufrido tanto y ni siquiera tienen sus restos. ¡Que nunca más suceda esto!”.

Las audiencias continuarán el próximo lunes 5 de septiembre, a las 10.30, con las testimoniales vinculadas a los casos de Isabel Soto y Héctor Cian, Carlos Schreiber y Daniel Tripodi.

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