Julio Cúrtolo es uno de los 30 mil desaparecidos que se cobró la última y sangrienta dictadura cívico militar. Más de 40 años después, sus hijas y una de sus nietas, empiezan a reconstruir su historia.

Julio Cúrtolo fue un estudiante de Letras desaparecido en 1976, por obra y gracia de la dictadura genocida instaurada ese fatídico año. Como cualquier persona fue un ser singular, aunque atravesado por todos los rasgos que dibujaban el horizonte propio de aquella época histórica.

A Julio lo conocimos en 1973, año ciertamente emblemático, dado que en marzo se produjo el triunfo electoral de Héctor J. Cámpora. Ese triunfo fue la culminación de un proceso popular de lucha contra la dictadura establecida en 1966, que terminaría con el retorno del general Perón al país después de 18 años de exilio y proscripciones, y el logro de un gobierno que, con sus más y sus menos, sus matices y sus claroscuros, representaba a los sectores populares movilizados.

Se abrió, de tal modo, un intenso período de transformaciones políticas, sociales, institucionales y culturales, en un contexto económico que nunca pudo orientarse hacia la resolución de la problemática siempre impuesta por el poder oligárquico en la Argentina.

Fueron, por tanto, años intensos pero inestables, donde la lucha que impulsó la derrota de la dictadura de Onganía y Lanusse no pudo afianzarse. Por el contrario, con el devenir de los hechos, los enfrentamientos con los poderes oligárquicos de afuera y de adentro del peronismo se fueron agudizando, sobre todo en el marco de la presidencia de Isabel Martínez. El final de esa historia es harto conocido, y tiene una fecha: 24 de marzo de 1976.

Podría decirse que ese trienio de transformaciones radicales de la escena política nacional fue, por lo tanto, de mayor a menor, por lo que 1973 se presentó como un año augural. En él parecían caber todos los sueños de transformación revolucionaria de la realidad.

Como no podía ser de otra manera, ello tuvo enormes repercusiones en la vida universitaria. El movimiento estudiantil, hegemonizado por la juventud peronista, produjo un enorme relevo de las prácticas y la cultura académica impuestas por la dictadura, sustituyéndolas por otras donde el eje, la perspectiva y el sentido se orientaban al encuentro de la vida universitaria con las formas siempre segregadas de la cultura popular.

Nosotros tuvimos el privilegio histórico de ser partícipes de esa tendencia, desde nuestro modesto lugar de profesor auxiliar en la carrera de Letras, de la Facultad de Filosofía de Rosario.

Fue entonces, y allí, cuando y donde conocimos a Julio Cúrtolo, el Negro Julio. Ese año se inscribió en la carrera de Letras acompañado por su pareja de entonces, María Teresa Latino. 

El Negro era una persona de izquierdas, con militancia en el Partido Comunista Argentino, pero ello no fue obstáculo para que, de inmediato, una enorme empatía, un lazo afectivo riquísimo, se estableciera entre nosotros. Porque, en aquellos años, la diferencia de posiciones políticas no impedía la coincidencia y el encuentro en un campo de valores, sensibilidades y concepciones ideológicas comunes, por encima de las pertenencias partidarias.

Así, con el Negro compartimos tantas veces reuniones y diálogos donde hablábamos de obras y autores que nos interesaban a ambos, todos ellos verdaderos emblemas de la cultura popular argentina. Tango, folklore, guitarreadas, lecturas, asados y brindis, fueron la sustancia donde se anudó nuestro vínculo fraterno. 

Sin embargo, esas cosas no duraron demasiado tiempo. Comenzaron a complicarse hacia 1974, a empeorar hacia 1975, hasta terminar trágicamente en 1976.

En ese devenir, el Negro Julio, lejos de evitar los riesgos de la lucha, los fue asumiendo cada vez con más convicción y valentía. Pasó entonces de las filas del Partido Comunista a las del Partido Revolucionario de los Trabajadores, para militar en su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo.

Por ello, y acaso de una manera signada por la fatalidad, fue desaparecido junto con María Teresa Latino en el trágico invierno de ese año siniestro.

Supe al poco tiempo de su desaparición, por lo que de él solamente me quedó el recuerdo de un querido compañero irremisiblemente perdido, ya que nunca supe que Julio hubiera tenido descendencia. 

Hasta que cuarenta y seis años después se produjo un hecho tan sorprendente como conmovedor, dado que, pocos días atrás, recibí una llamada telefónica en la que una voz femenina me dijo: soy la hija de Julio Cúrtolo. Esa voz me llevó a un encuentro, y en ese encuentro me hallé no con una sino con dos hijas del Negro Julio, en compañía de una nieta.

La sorpresa y el desconcierto inicial que me provocó ese impensado descubrimiento se fue disipando en la medida en que pude recomponer las tramas de una durísima historia familiar.

Cuando tenían seis y cuatro años aproximadamente, la madre de esas niñas llamadas Verónica y Valentina, decidió terminar cualquier vínculo posible de ellas con el padre. Por eso, las envió a un último encuentro con él, en el que la mayor debió decirle que no quería verlo más en la vida.

Posteriormente, la madre de las hijas de Julio volvió a formar una pareja con otro hombre, que adoptó a las niñas, dándole su apellido. Por esa razón, dejaron de llamarse Cúrtolo, para pasar a llamarse Márquez, apellido que aún portan.

Se criaron, en consecuencia, sabiendo que su padre biológico se había llamado Cúrtolo, sin tener otra noticia de él. Quizás el peso de los mandatos maternos funcionó como un lastre, que evitó cualquier deseo de búsqueda y conocimiento del padre biológico.

Hasta que una nieta de Julio, Lía, hija de Valentina, movida por una evidente intuición, se puso a buscar. Buscó la genealogía familiar, buscó información pública, buscó testimonios, hasta descubrir que Julio Cúrtolo era uno de los treinta mil desaparecidos. En esa búsqueda dio con mi nombre, porque en la Facultad de Humanidades y Artes, dos años atrás, se había realizado un acto de restitución de legajos de estudiantes desaparecidos, a familiares y amigos, en el cual recibí el legajo de Julio. 

Esta historia se cierra, entonces, de esta manera increíble y maravillosa. Después de creer, durante cuarenta y seis años, que de la sangre del Negro Julio nada quedaba, me encuentro con estas mujeres hermosas, que ahora sí, están dispuestas a reconstruir sin límites la historia de un padre y abuelo al que no conocían.

Qué decir de ello. Qué decir, si no, que esta es una nueva prueba de la inagotable fuerza de la memoria. Que siempre insiste, aunque sea soterradamente, porque la memoria es la sustancia anímica en la que la vida misma, inevitablemente, perdura.

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