Yo no sé no. La seño de lengua, a media mañana de ese jueves ventoso de junio, le dijo a todo el curso de Pedro –uno de los tres séptimos de la Anastasio–: “Saquen el cuaderno de apuntes que dentro de cinco minutos salimos”. Lo que se venía era un recorrido por los alrededores de la escuela y tomar nota de lo que nos pareciera que merecía ser publicado en un periódico: un lugar, una o unas personas, una historia. Pedro miró hacia el patio mientras se sacaba el capuchón de la bic negra de la boca y lo secaba. Un viento arremolinado parecía jugar con las hojas secas y con todo el contenido de un gran tacho destinado a envoltorios de alfajores, sobres vacíos de figuritas, notitas con alguna que otra declaración no envíada o rechazada, un Bazooka luchando con un Yum Yum por una historia de Joe. Pedro pensó que en ese remolino estaban dando vueltas las pequeñas historias como qué jugador habrá venido en esos sobres y cuál de esos más grandes en los que venían las brillantes figuritas de las pibas habría estado en las manos de la Mónica. O de qué kiosco vendría ese paquete del Tatín blanco, o si estaría todavía ese papel con una pretenciosa poesía que él había escrito y firmado con un seudónimo. De dónde vendrían esas hojas de paraíso o dónde estará la construcción de esa pareja de horneros que se lleva pedacitos de álamos en el pico.

Antes de las 11 de la mañana, ya estaban de regreso. El sol pareció haber echado al viento, a las nubes y al frío. Las imágenes recientes, las del recorrido por el barrio, ya estaban instaladas en la cabeza y en el cuaderno. Las de los patios con sábanas que aparte de atrapar todo el calor posible parecían desprenderse de historias, sueños y pasiones de la última noche para quedar a la espera de unas nuevas. Las de los cajones de la verdulería que estaba por Francia, del olor a querosén que salía de un taller que estaba por Cafferata y de la curva del sendero y bicisenda que unían tres barrios: Acindar, Alvear y Vía Honda.

Esa tarde, ya en su casa, Pedro sacó el cuaderno con apuntes y se puso a la tarea de escribir esa página de periódico que faltaba. Y mientras miraba cómo una pareja de horneros se hacían de un poco de barro (¿serán los mismos que aparecieron en el patio de la escuela?). En la primera hoja del Gloria tapa dura de 48 hojas, Pedro escribió: “La Gaceta de Barrio Alvear. 7 de junio de 1968. Se informa a la población que las buenas historias y las no tanto que hoy están dando vueltas por todos los patios, que entran y salen por todas las ventanas, como los colores de los cajones de fruta, el aroma a bizcochos de las panaderías, el ruido de las cadenas de la bici, las poesías y propuestas, aun aquellas que no fueron enviadas, así como el constante contruir del vuelo de los horneros, serán la columna que nutrirá el editorial de esta Gaceta. La Gaceta de los nuevos y buenos vientos”.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 10/06/23

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