Yo no sé, no. Apenas estaba arrancando septiembre y esa mañana fresca, Pedro, antes de salir para la Anastasio, vio un brasero que estaba ahí porque a la abuela le gustaba. Parecía que estaba a punto de prenderlo, capaz que a modo de despedida. Esa semana tenía una clase de dibujo y pensó que estaría bueno ver el chisperío y después poder dibujarlo. Llegando a la vía, sintió el olorcito de alguna panadería y pensó qué bueno sería pintar los olores. Después sintió el sonido de los hornos de Acindar, que estaban funcionando a todo trapo.

A la tarde, en la canchita más chica del barrio, pintó un partido. “Pincelito, Pincelito, dibujala por acá”, le gritó un flaco que vivía cerca de la Vía Honda a Manuel. No lo junaba pero lo vio tirar un par de pinceladas y pensó que era un gran jugador. Manuel se agrandó, haciendo pata ancha con un par de pinceladas que le salieron de querusa, y al otro día se había conseguido una paleta, esas para dibujar con las acuarelas, y tres pinceles. José le dijo: “¿Por qué no te comprás otro más y hacés una línea de cuatro, de cuatro pinceles”. Esa nochecita, cuando volvía de comprar el último pincel, Manuel le preguntó a Carlos, señalando un taller, por qué estaban pintando todas las paredes color borra de vino. Carlos le explicó: “Cuando vos empezás en un taller, primero te hacen barrer, después lijar y después pintar con antióxido para protegerlo de la humedad”. 

“Al final, esta línea de cuatro, si uno no tiene el talento, no va a servir”, se decía Pedro mirando los cuatro pinceles. Mientras preparaba la acuarela, pensó en un gran mantel en el que estuvieran por lo menos los ojos de Laura, la sonrisa de Mónica. Estaría bueno dibujar también los olores, los perfumes, el perfume a milanesa en un picnic no tiene igual. 

Al otro año, mientras volvíamos por la vía pegadita a Acindar, agarramos unas hojas de eucalipto y nos refregamos las manos. Eran costumbres que teníamos desde chiquitos para que se nos fuera el olor a pucho, aunque ya no nos decían nada, más que preguntarnos de dónde sacábamos la plata para comprarlos. “¿Ustedes creen que agarro un pincel y pinto la plata?”, decía el papá de Raúl cuando le pescaba algún que otro atado.

Ya por ese tiempo, Raúl trabajaba en una carnicería. El cuchillo lo manejaba como un gran artista. Carlos le daba a las aberturas y cada vez que agarraba la máquina de soldar parecía un artista, por las pinceladas que se mandaba. José le daba a la cuchara de albañil y parecía un gran artista, aunque llegaba el jueves y ya estaba pensando en irse a pescar. Tiguín le daba al asunto de los motores de motos con una paciencia que daba envidia cómo usaba algunos pinceles para limpiarlos. Carlitos, que también era fierrero, a veces arrancaba arreglando bicicletas y luego aquellas motos.

El otro día, en la parada del ciento treinta y chirola, lo que era el 153 de antes, Pedro me dice: “Pensar que me quedé con las ganas de pintar un brasero con su chisperío. Y que esas chispas se convirtieran en pequeños pinceles y dibujaran en los viejos y hermosos techos de Acindar pinceladas de perfume de milanesa. Y que las chispas vuelvan a hacernos sentir el ruido de esos hornos que en el 77 se apagaron. Igual, a veces pienso, antes de dormir, que ese sueño empieza a hacerse realidad en algún septiembre cualquiera. Un braserito, y que varios pinceles empiecen a hacer lo suyo”. Mirando desde arriba del ciento treinta y pico, llegando a Lagos, vemos una bicicletas y el pedalear de algunos trabajadores. Capaz que se conviertan, junto con el andar de los pibes que van a la escuela, de los docentes que van a enseñar, de aquellos que van a hacer pan, torta frita, torta asada y que van a prender su fueguito, en aquellas pinceladas de talento donde estábamos todos, donde un pincel nos dibujó la tierra, el pasto, el cielo. Y ahí nosotros. Ahí las sonrisas. Ahí las miradas. Ahí los hornos. Ahí el chisperío.

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