Cole Allen Tomas, será formalmente acusado este lunes por el ataque a tiros de este sábado que aparentemente tenía como objetivo matar a Trump y a altos funcionarios.
El sospechoso de haber irrumpido en una cena para los corresponsales de la Casa Blanca en un hotel de Washington, Cole Allen Tomas, será formalmente acusado este lunes por el ataque a tiros que tenía como objetivo, según los primeros indicios, asesinar a Trump y los funcionarios que lo acompañaban.
Allen, el hombre que abrió fuego, envió un manifiesto a su familia minutos antes. Allí se define como un “asesino federal amistoso”, y explica sus objetivos: “Ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes”, dice el primero de los párrafos del documento, difundido por New York Post.
“No soy un niño de escuela víctima de una explosión, ni un niño que muere de hambre, ni una adolescente abusada por los muchos criminales de esta administración. Poner la otra mejilla cuando una persona es oprimida no es un comportamiento cristiano; es complicidad en los crímenes“, afirma.
El docente de 31 años oriundo de Torrance, California, se burló también del operativo de seguridad: “Se centra en los manifestantes y los asistentes que llegaban pero jamás pusieron atención a alguien como yo, que había hecho el check-in el día anterior”. “Este nivel de incompetencia es increíble, y espero sinceramente que se corrija para cuando este país vuelva a tener un liderazgo competente”, dijo el agresor.
Con este nuevo intento de magnicidio, Donald Trump se convirtió en el mandatario con más intentos de homicidio en la historia de Estados Unidos, ya ha sobrevivido a tres ataques.
No es una rareza, uno de cada cuatro presidentes de EEUU ha sido objetivo de intentos de asesinato desde 1865 y cuatro mandatarios fueron asesinados: Abraham Lincoln en 1865, James A. Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y John F. Kennedy en 1963.
Jeanine Pirro, fiscal federal de Washington, declaró que el sospechoso enfrenta ahora dos cargos: uso por un arma de fuego durante un delito de violencia y agresión a un oficial federal con un arma peligrosa.
Una gala del caos
En pocos minutos, después de que este sábado la sala de gala de corresponsales de la Casa Blanca se transformara en un caos, los agentes del Servicio Secreto tomaron a Donald Trump, al vicepresidente JD Vance y casi a todo el gobierno estadounidense y los llevaron a un lugar seguro, mientras más de 2600 periodistas buscaban refugio bajo las mesas o detrás de las columnas. Al final el saldo fue solo un agente herido.
La cena de los periodistas, el evento primaveral más importante en la capital estadounidense, que este año, por primera vez, contaba con la presencia de Trump como presidente, apenas había comenzado cuando se escuchó una fuerte explosión.
“Ya se habían servido los aperitivos”, relató el veterano de CNN Wolf Blitzer, que se encontraba a pocos metros del agresor y fue salvado por un agente que lo tiró al suelo.
Cuatro o seis disparos salieron de las armas —un rifle, una pistola adquiridos legalmente y varios cuchillos— del joven de 31 años Cole Tomas Allen, que se hospedaba en el Hilton precisamente para evadir controles estrictos.
El Servicio Secreto saltó al escenario de honor para sacar al presidente y su vicepresidente en direcciones opuestas, según el protocolo, mientras a los reporteros confundidos y aterrorizados se les gritaba que “se mantuvieran agachados”.
El agresor, que corrió intentando evadir el detector de metales, fue detenido por los agentes.
El evento contó con la presencia casi completa del gobierno estadounidense: no solo los números uno y dos, sino también el secretario de Defensa, Pete Hegseth, el del Tesoro, Scott Bessent, el jefe del FBI, Kash Patel, y el fiscal general, Todd Blanche.
Tras expresar su deseo de quedarse y continuar la velada, Trump fue llevado a la Casa Blanca, donde ofreció una conferencia de prensa con un tono sorprendentemente calmado y conciliador.
“No es la primera vez en los últimos dos años que los republicanos son atacados o asesinados. A la luz de esta noche, pido a los estadounidenses que resuelvan sus diferencias pacíficamente. Esto vale para republicanos, demócratas, independientes y progresistas”, dijo el presidente, aún con esmoquin, prometiendo reprogramar el evento en un plazo de 30 días y recordando el atentado fallido contra él en Pensilvania durante la campaña electoral.
“Ser presidente es un trabajo peligroso”, añadió, casi restando importancia al riesgo corrido.


