Caminé hacia el portón de ingreso por calle Rueda. El guardia, al verme, abrió la puerta pequeña. No sabía mi nombre, nunca me había saludado, pero me conocía. «Me toca cubrir el turno tarde», dije. Él no respondió nada, sólo asintió con la cabeza.
Mientras atravesaba el patio central, me quedé mirando el banco de cemento sin respaldar y pensé en nosotros (él y yo), sentados, de cara al sol, los ojos cerrados. Permanecíamos callados, en un silencio distinto a los otros silencios, cuando las palabras se perdían sin ser pronunciadas para no hablar de lo que estaba pasando. Él tomó mi mano y nos fuimos escapando poco a poco, hasta que nada más parecía existir. Sólo nosotros, el banco y las hojas secas que buscaban en nuestros pies refugio ante la brisa de otoño.
Cuánto había cambiado todo desde entonces. El banco ardía solitario bajo el verano, en un patio sin verdes, sin fuentes de agua, sin canteros ni flores. En aquel tiempo el hospital de emergencias era una herradura de hormigón con ángulos rectos; una arquitectura tallada por la rusticidad de lo urgente, donde lo sutil, sin embargo, se abría paso como el pasto entre las baldosas.
Ingresé al pabellón oeste. Mi hermano me esperaba junto a la puerta de la habitación. Intercambiamos unas palabras y se fue, pero se detuvo tras unos pasos, dio media vuelta y me dijo con tono de hermano mayor que a las cuatro no me olvidara de pedirle la morfina a la enfermera. «Ya sé», le respondí casi sin mirarlo y entré. Mi viejo dormía. La cama de al lado estaba vacía, un lujo extraño. Los días previos había estado ocupada por un muchacho que sufrió la fractura expuesta del brazo derecho al caer del techo de una casa. Tenía colocado un tutor; una barra de acero dispuesta en forma paralela a la extremidad lesionada con fierros perpendiculares que se insertaban en el húmero y en el radio. En el otro brazo tenía colocada la vía, y por el tobillo, un juego de esposas lo sujetaban al barral de la cama. Los policías que lo custodiaban se relevaban cada seis horas.
Los compañeros de habitación cambiaban constantemente, como huéspedes de una pensión. Me senté en la silla junto a su cama. Encendí la radio portátil y me coloqué los auriculares para no molestar. Comencé a buscar en el dial, pero había mucha interferencia. Me acerqué más a la ventana, desplegué la antena al máximo y seguí buscando hasta que reconocí el teclado de la intro de Carrie. La canción no era de mi época pero me gustaba, y aunque no entendía la letra, me daba cierta tranquilidad.
Can’t you see it in my eyes,
this might be our last goodbye.
Traté de no moverme demasiado para mantener la señal. Me recosté sobre la silla con los dedos entrecruzados detrás de la nuca y cerré los ojos.
Carrie, Carrie,
things they change my friend.
Carrie, Carrie,
Maybe we’ll meet again
somewhere.
Estuve escuchando música hasta que mi viejo se despertó. Me acerqué para saludarlo y me llamó la atención su mirada. No recordaba habérsela visto antes: los ojos tan abiertos, como si un súbito entusiasmo emanara de las pupilas.
—¿Me comprás un yogurt con durazno? —dijo, mientras yo me quitaba los auriculares. La sorpresa me sacó una sonrisa.
—Pero no de durazno, el que viene con la fruta —me aclaró.
—Sí, más tarde voy y lo compro —respondí para salir del paso.
—Sos malo, ¿por qué no me lo querés comprar? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas.
Era la primera vez que lo veía llorar. Sólo me salió decirle que ya iba a buscarlo. Caminé atolondrado por el pasillo. Por suerte tenía algo de plata. Crucé el patio, le avisé al guardia que iba y venía y corrí hasta el almacén que estaba a una cuadra.
—Hola, ¿tenés ese yogurt que viene con el tarrito de durazno arriba?
—No, pibe, vale casi el doble que los comunes y acá no lo lleva nadie. Probá si tenés suerte en el kiosco de a la vuelta.
Ahí tampoco lo tenían. Yo quería encontrarle el yogurt como fuera, pero a la vez me preocupaba haberlo dejado solo. El dilema se sentía como de vida o muerte en la boca del estómago. Volví rápido sobre mis pasos, entré de nuevo al almacén y me llevé uno de los comunes, sabor a vainilla.
En la habitación todo parecía normal. Él dormía, pero no tardó en despertarse. Le mostré el pote, agarré una cucharita y me senté en la cama para ayudarlo a comer.
—Yo no quiero éste —me dijo con una frase que se alargaba por el llanto.
Dejé el yogurt sobre la mesa y lo abracé. Permanecimos así, juntos, entre lágrimas, hasta que nos sorprendió una enfermera.
Cuando se calmó, cayó dormido en un sueño que duró horas. Más tarde, al despertar, se había olvidado por completo del asunto del yogurt, como si nunca hubiese sucedido. Yo, en cambio, casi treinta años después, lo escribo para no tener que intentar olvidarlo cada vez que lo recuerdo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 18/4/26
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