Milei no nació de un repollo, es el exponente de la ideología que posibilitó la implementación de políticas neoliberales en nuestro país. Este pensamiento nace mucho antes de instalarse hegemónicamente en el sistema mundial y de ir transformando el escenario. Los diferentes Estados lo fueron aceptando gradualmente, provocando la reconfiguración de la geopolítica. La globalización es consecuencia de este proceso.
El liberalismo clásico estalla por los aires luego de la crisis de los años 30. John Meynard Keynes comprende el momento y plantea que el “laissez faire” del liberalismo clásico no sirve para enfrentar las crisis. La intención es salvar al capitalismo evitando que la sociedad caiga en manos del comunismo o del fascismo.
El sistema económico planteado por Keynes tiene varias características particulares que implican un quiebre con la concepción liberal. En 1936, escribe: Teoría del empleo, el interés y el dinero, allí plantea la demanda agregada como motor. La tesis plantea que el nivel de empleo no está determinado por el precio de los salarios sino por el nivel de la demanda efectiva de la sociedad. Para que esto suceda plantea el crecimiento del gasto público cuando el sector privado no invierte por miedo o por especulación, y para eso propone el déficit deliberado. A su vez, prioriza una política monetaria expansiva bajando el tipo de interés para abaratar el crédito y fomentar la inversión, y no a la baja salarial ya que de la demanda depende la producción. Se institucionalizó que el Estado debía amortiguar los ciclos económicos.
El estado de bienestar keynesiano, junto con el sistema de producción fordista, generó un empleo de calidad: los trabajadores y trabajadoras comenzaron a disfrutar de cada vez más derechos constitucionales en las diferentes latitudes. El pleno empleo significó salarios dignos porque los empleadores necesitaban retener a la mano de obra calificada y el ritmo de trabajo debía ser garantizado por la capacitación de los trabajadores, esto implicaba pagar salarios razonables. Muchas familias trabajadoras pudieron comprarse una casa, con o sin ayuda del Estado o de créditos bancarios. La cobertura en salud se universalizó, por el desarrollo de las obras sociales, y significó un alivio para el sistema de salud pública. La clase trabajadora pudo enviar a la Universidad a sus hijos.
El sentido común narra la existencia del neoliberalismo desde los años 70. Lo cierto es que sus antecedentes se remiten al año 1938 en el que el periodista Alexander Rustow publicó por primera vez el término con motivo de un congreso del que participaron Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, en el cual sentaron un posicionamiento que rechazaba tanto al colectivismo y socialismo como al laissez faire del liberalismo clásico. Antes del fin de la guerra, Hayek publica su libro más importante, Camino de servidumbre, en el que argumenta que la planificación estatal de la economía desemboca inevitablemente en el totalitarismo más allá de cuáles fueran sus intenciones.
Esta corriente se cristalizó cuando en 1947 se congregó a una treintena de intelectuales entre los que se encontraban los mencionados anteriormente, además de Karl Popper y Milton Friedman. Allí tomó consistencia un movimiento de acción política cuyo objetivo fue instalar en el imaginario social las ideas que iban desarrollando.
La crisis del petróleo y la política de shock
La crisis del petróleo de 1973 y la imposibilidad de hacer frente a la estanflación generaron un trampolín a las ideas neoliberales. Sin embargo, no fue en el seno de los países centrales donde se llevó adelante el ensayo más radical y temprano del paquete completo de reformas de shock. Fue en la Chile dictatorial de Pinochet, luego del derrocamiento de Salvador Allende, cuando desembarcaron Milton Friedmann y los Chicago Boys con un recetario de reformas públicas que incluían privatizaciones de empresas estatales, desregulación y apertura de la economía. El resultado fue la concentración de la economía en menos manos. Trabajadores más pobres, pauperización de la clase media y empresarios acumulando riquezas y poder, con la consiguiente posibilidad de planificación y direccionamiento de la economía hacia sus propios intereses. El neoliberalismo nace en dictadura y recién se afianza en los países centrales casi una década más tarde.
Sin embargo, antes del golpe militar de 1976, Argentina ya había tenido su propio ensayo de ajuste de shock. El 4 de junio de 1975, el ministro de Economía del gobierno de Isabel Perón, Celestino Rodrigo, aplicó una devaluación brutal y un tarifazo sin precedentes que pasó a la historia como el Rodrigazo. Para muchos analistas, esta medida, que quebró el modelo industrialista y de pleno empleo, fue el anticipo del proyecto neoliberal que Martínez de Hoz implementaría durante la dictadura demostrando que el cambio de rumbo ya estaba en marcha antes de la intervención militar.

Con la llegada al poder de Margareth Tatcher en Inglaterra (1979) y de Ronald Reagan en EEUU (1981), se comenzaron a implementar las mismas recetas: reducción del Estado en sus funciones de asistencia a la sociedad civil (educación, salud, vivienda), privatizaciones, desregulación y control de la inflación. En los 90, le tocó el turno a la versión democrática en los países latinoamericanos. En Argentina, el menemismo se encargó de descentralizar la salud y la educación transfiriéndolas a las provincias, y reducir el Estado Nacional a su mínima expresión.
Hoy, ese mismo libreto se reedita con vestimenta nueva. La motosierra de Milei no es una ocurrencia: es la continuación del mismo proyecto que comenzó con el Rodrigazo, se profundizó con Martínez de Hoz, se consolidó con Menem y ahora vuelve con más virulencia. Desguace del Estado, transferencia de recursos a los sectores concentrados y una cultura del mérito que culpa al trabajador por su propia precarización. Frente a eso, el cooperativismo no es una nostalgia: es una herramienta de resistencia y de construcción de futuro.
Nunca está de más aclarar que estas políticas desembocaron en estallidos sociales, producto por un lado del abandono gubernamental de las responsabilidades constitucionales, y por el otro de no haber desmantelado a las fuerzas represivas de las dictaduras y los modos típicos de control social que la caracterizaron. Otras de las cuestiones a tener en cuenta son la historia de lucha del movimiento obrero, cuyos genes seguían latiendo en el corazón de los trabajadores. Además, en cada crisis, las cooperativas, las empresas recuperadas, las organizaciones dirigidas por los propios laburantes empoderados, recuperando el sentido de comunidad para organizar la producción, se hacían cargo del manejo de esas empresas demostrando que lo único irremplazable era el trabajador y el conocimiento que posee del proceso productivo o de servicio. Como ocurrió con infinidad de empresas convertidas en cooperativas de trabajo, como La Cabaña, Cooperar 7 de septiembre, Herramientas Unión, Zanón, entre otras.
Cooperativas e imaginación colectiva
El funcionamiento de las cooperativas con procesos reales de participación de sus asociados y de sus trabajadores tienen una solidez y una capacidad de adaptación muy grande. Luego de los procesos de crisis atravesados han demostrado poder brindar mejores servicios amparados en la concepción comunitaria de bien común.
A lo largo del neoliberalismo, las cooperativas han sabido afrontar las caídas y se han reinventado en su gran mayoría, e incluso han sabido mantener sus ingresos. No es una frase hecha. En la Argentina de hoy, las cooperativas y mutuales agrupan a más de 9 millones de personas asociadas y generan más de cuatrocientos mil de puestos de trabajo dignos. Son la prueba viviente de que otra economía es posible. El secreto radica en que la imaginación colectiva permite muchas veces que las dificultades no recaigan sobre el hombro de los trabajadores. Es cierto que hay cooperativas que se han reconvertido en empresas gerenciadas. Es un desafío inmenso recuperar el sentido con el que fueron creadas.

El neoliberalismo ha sido en los últimos 50 años una máquina de explotar a las personas y a la naturaleza, con una crueldad y un cinismo nunca visto antes. No porque no haya habido intereses y poderes en otros momentos de la historia, sino porque el crecimiento de producto bruto mundial posibilitaría, de existir la voluntad política, que la humanidad no pase hambre ni enfermedades. La concentración de la riqueza al nivel que existe hoy ha puesto de manifiesto que la única manera de sostener al capitalismo es a costa de transformar en indigna la vida de la mayoría de las personas. Y el modo de garantizar que la riqueza se siga acumulando es a través de la instalación de una cultura basada en la meritocracia que culpabiliza, individualiza y pone a competir a quienes debería unir, responsabilizar y poner a cooperar y, en última instancia, a construir comunidad.
De ahí la importancia de las cooperativas, mutuales y todo tipo de asociaciones que nos permiten sentir que existe una construcción colectiva, un espacio público, bienes sociales compartidos y un destino común con las personas que nos rodean. La única manera en que nos sigan gobernando los poderosos del mundo es que sigamos aislados, solos y atravesados por su sistema de valores que nada tienen que ver con el trabajo y la colaboración. El cooperativismo nos demuestra que es posible vivir dignamente, desintoxicándonos a diario de la sociedad de consumo que nos hizo olvidar de lo más importante que tenemos: los afectos y los valores.
Publicado en el semanario El Eslabón del 25/7/26
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