Yo no sé, no. Hacía casi una semana que no salía el sol. Y cada día y medio aparecía una llovizna. Pero esa tarde apareció Graciela gritando: “Pasé por el patio de doña María y colgó la ropa. Miren cómo está el cielo, recontracargado, pero a ella nunca le falla. En cualquier momento va a salir el sol”. Esto lo dijo cerca del mediodía. Los que le creyeron salieron de vuelo, como Laura, que se fue hasta su casa y colgó el trapito que más le gustaba, que quería estrenar, pero estaba mojado: era una camisa con un bordado lleno de corazones.

José, que estaba cerca de la cancha del Cilindro, colgó en los ligustros dos remeras. “Las voy a dejar por las dudas si sale el sol, porque dentro de un rato me voy a pescar y, cuando vaya al Mangrullo, seguro que me mojo y voy a necesitar un par de remeras secas. Y si doña María tiene razón, en media hora de solcito, tengo las remeras secas”.

A Tiguín, esa semana, le habían llevado una bicicleta para arreglar. El canasto de reparto, un canasto grande, tenía una pequeña varilla al costado. “Esto es para la ropa. Si no sale el sol, vos colgala acá, que con el viento se te va a secar. Con un par de trapitos alcanza”, le dijo Tiguín al de la bici. “El viento seca también”.

Isabel, que estaba preparando unos tarros de luces para un bailongo que estábamos preparando cerca de la plaza del barrio Acindar, empezó a secar unos trapitos que eran unas tiritas blancas y azules. Les iba a poner ese detalle para colgarlas al lado de los tarros de luces el próximo sábado, si mejoraba el tiempo.

Carlos no dejaba de admirar a un arquero, creo que de Yapeyú, y lo estaba convenciendo para que atajara con nosotros. En principio colgaba los guantes. Pero después, agarraba la remera, por lo general de un color medio chillón, y la colgaba en la red o en alguno de los palos. La ataba ahí como un trapito y, cuando le preguntábamos por eso, decía: “Yo constantemente estoy mirando ese trapito. Me ubica. Sé dónde estoy parado cuando lo  miro”.

Manuel, aparte del fuego que hacía para cocinar, hizo otro con unas leñas que no tiraran tanto humo. Y le dijo a Juan Carlitos: “Vení y decile a Huguito que traiga los trapos y los secamos acá. Si le tiramos hojas de eucalipto, el olor no va a ser tan desagradable. De todos modos, prefiero tener la ropa con olor a humo antes que húmeda”.

Era la hora en que, por lo general, el sol se estaba yendo. Y el cielo seguía recargado, con nubes negras, con nubes oscuras de tormenta. Nosotros estábamos cerca de la plaza. De pronto la pequeña Susi venía gritando: “Miren el cielo. Miren, miren”. Cuando levantamos la vista, el cielo estaba despejado. Y el sol, que por lo general a esa hora tendría que estar besando el horizonte, estaba ahí, como esperando nuestros trapos.

Ahí apareció, o nos pareció ver, una camiseta, la camisa de corazones, un par de medias y una sábana. Una sábana que, en principio, estaba amarilla y, cuando le pegaron los últimos rayitos de sol, la veíamos blanca. Una sábana que nos invitaba, por lo menos en la imaginación nuestra, a que la hagamos bandera.

Eran casi las siete y media de la noche y nos pareció una sábana que deseaba ser bandera. Y a lo mejor lo fue. Cada uno, en nuestra mente, hizo su propia bandera, con un trapo que estaba esperando los rayos del sol.

Publicado en el semanario El Eslabón del 18/7/26

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