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26 de abril de 1870, cuando la mentira arma su cueva

Era una casona colonial, esas de grandes patios internos sobre los que se abren salones, dormitorios y el escritorio del señor. Se ubicaba en la actual y porteña calle San Martín al 336, a media cuadra de Corrientes y a cuatro del edificio donde hoy se levanta el diario La Nación.

En esa casona “cedida” a Bartolomé Mitre, el 26 de abril de 1870, trasladan los talleres y oficinas de lo que fue el célebre diario. La fecha y el inmueble no son datos menores cuando se repasa la historia que la rodea y que se trató de ocultar el principal quehacer de don Bartolo.

La Nación, refundada el 4 de enero de 1870, surgió sobre la base de La Nación Argentina, que un secretario de Mitre, José María Gutiérrez, abrió en septiembre de 1862 para impulsar la guerra al Paraguay (1865-1870).

La casona había sido donada en enero de 1869 por un grupo de empresarios que deseaban compensar de alguna manera los favores recibidos por Mitre, quien hacía sólo tres meses había dejado el gobierno. Los donantes afirmaban que ese era un premio a quien había posibilitado “a los hombres industriosos dar impulso a sus trabajos y vuelo a sus operaciones”. Sin mucho problemas éticos, Mitre aceptó la ofrenda.

El 16 de marzo de 1870 se formó una sociedad, anónima pero de conocidos apellidos: Ambrosio Lezica, Juan Agustín García, Cándido Galván, Rufino y Francisco de Elizalde, Delfín Huergo, Adriano Rossi, José María Gutiérrez y Anarcasis Lanús.

El sucesor de Mitre en la presidencia, Domingo Faustino Sangriento Sarmiento, en carta a su corresponsal en Chile, Mariano de Sarratea, decía: “Su casa fue negociada por agentes y obtenida la suscripción de los proveedores que mediante despilfarro de la rentas han ganado millones, como Lezica, Lanús, Galván, que al fin costearon casi en su totalidad”. Y agregaba: “Mitre sabe que con un poco de insistencia con amaños conocidos, con muchos hombres que le deben o la impunidad o la fortuna mal adquirida todo se puede conseguir”.

La historia oficial que cuenta hoy el diario habla de las penurias del general: “Tuvo que vender sus muebles, parte de sus libros y algunos objetos suntuosos para pagar la cuota societaria que le correspondía”.

Sin embargo, los negociados que Sangriento menciona también son detallados por el diario La Época: “Durante la guerra del Paraguay nuestros soldados morían de hambre en las esteros, mientras afortunados proveedores, gentes de altas influencias amasaban millones. Aquellos abusos llegaron a tan escandaloso grado, que un enérgico movimiento de opinión exigió se investigaran las turbias proveedurías. Pero un providencial incendio consumió los archivos de cuentas de la guerra del Paraguay. Las llamas cancelaron toda deuda y borraron los restos de todo delito. El incendio salvó muchos nombres y muchas reputaciones, purificando muchas biografías”.

Otro beneficiario del negocio de la muerte, según el historiador José María Rosa, es Justo Cleto Urquiza, quien aprovechó para vender a Brasil “la caballada de su propio ejército, treinta mil caballos a buen precio: 390.000 patacones”.

Por otra parte, en Historia Argentina, de Vicente Gesualdo, Ediciones Océano, BsAs, 1984, se advierte: “Numerosos prestamistas particulares y proveedores del ejército acumularon fortunas. Entre ellos figuran: Otto Pedro Bemberg (1827-1895), Ambrosio Plácido Lezica (1815-1881) y Anacarsis Lanús.(1818-1888). Estos fuertes capitalistas porteños abastecían a los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay de víveres, armas, vestuarios, tabaco, yerba, alcohol y otros artículos. Compraban en Europa y en Estados Unidos grandes partidas de armas y vestuarios, sobrantes de la campaña de Crimea y de la Guerra Civil y luego los vendían a los gobiernos aliados. El gobierno de Buenos Aires adquirió en abril de 1865, cuando los paraguayos invadieron Corrientes, 14 mil fusiles, 7 mil carabinas, 11 mil sables y 9 cañones. Estas armas eran sobrantes adquiridos apresuradamente en Europa”.

En tanto, Francisco Seeber, oficial argentino en campaña, explicaba que “los fusiles que nos han dado son de muy mala calidad. Son de fulminante, factura alemana para la exportación, y en muchos no revienta el fulminante al primer golpe de martillo. Cuando llueve se mojan los cartuchos que llevan nuestros soldados en sus defectuosas cananas. Nuestra artillería tiene defectos en su material y las espoletas no revientan».

Era así, los proveedores instalaban vivanderos con locales en los campamentos aliados de Concordia y Paso de la Patria donde estaban concentrados 50 mil hombres. Había allí almacenes, tiendas, teatro, billares, cafés, burdeles, consultorios médicos, dentistas, embalsamadores.

Estos señores que la historia no juzgó, promocionaron la guerra que costó la vida de 1,3 millones de guaraníes, 26 mil argentinos, 3 mil uruguayos y 168 mil brasileños. Los traficantes que lograron poner sus apellidos entre los nobles de la región, forjaron sus fortunas sobre los 9 millones de libras esterlinas que puso Argentina (500 millones de pesos), los 65 millones de Brasil y las 248 mil de Uruguay.

Homero Nicolás Manzione Prestera, don Homero Manzi (1907-1951), decía algo que define a uno de los mayores responsables de esa masacre y la de tantos gauchos, para imponer y justificar en la historia, a la política liberal porteña: “Mitre se dejó un diario de guardaespaldas” para custodiar su memoria y su obra.

Así surgió el diario La Nación, en una casa levantada con la corrupción de traficantes, con dádivas al general que los protegió. Pero ese diario nunca respondió por sus responsabilidades y apologías a la violencia y al terrorismo de Estado. Es más, el 28 de marzo de 1982, llegó a justificar la represión de la dictadura tildándola de hecho patriótico: “De ninguna manera está en juego la revisión de la guerra contra la subversión (…) por la misma causa que tampoco lo está el de nuestras guerras de la Independencia, ya que sus victorias –ayer como hoy– son la causa de que la Nación viva”.

(Publicada en el eslabón nº140)

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