Yo no sé, no. Cuando se llegaba a las vías de Acindar, que parecían interrumpir el verde del barrio, uno se encontraba con esas chatarras marrón óxido, dispuestas a ser transformadas por lo general en un gris alambre. Por el otro lado, camino a la Vía Honda, los frutos verdes eran el objetivo principal de Manuel. Muchos de ellos estaban verdes por inmaduros, lo que hacía que el regreso sea a retorcijones puros. El verde de las acelgas, era la gran tentación llegando a Uriburu, pues esas hojas y tallos serían convertidas por algunas de nuestras viejas, en torrejas. A los costados de las vías siempre estaba el salvaje verde hinojo, que nos servía como para camuflar y tapar el olor de los primeros cigarrillos. Una tarde, un flaco se apareció con una camiseta que parecía profesional, con el número 5 de color verde. El flaco nos decía que venía de probarse y que había quedado en las inferiores de Central Córdoba. A lo mejor era cierto y la camiseta era una alternativa.
Diez años más tarde, la verde del Ferro de Griguol hacía historia en el fútbol nacional. En lo mejor de los 70, nos parecía que la revolución maduraba a la vuelta de la esquina, y quizás, por demasiados verdes (y no por ecológico justamente), perdimos algunas batallas en manos de aquellos que tomaron lo que parecía madurar en el país, y lo pudrieron todo. Por ahí conocimos a Patxi Andión, con su tema Verde que te quiero verde. Por suerte hoy hay un reverdecer en los pibes involucrándose en proyectos colectivos, dejando los individuales.
“Extraño el sabor de los particulares verdes (30), mezclados con los verdes de las mateadas, aquellas que un día escuchamos a Perón, precisamente hablando de ecología”, me dice Pedro, prendiéndose un rubio. Muchos de nosotros pensamos que el viejo estaba metiendo una cuestión solo de los verdes (los ecologistas europeos). “Y ahora el Papa –me tira Pedro–, toma el tema y lo pone en los documentos fundamentales”. “Está bien, mientras que el tema no pase a ser un freno en el desarrollo de los países que están afuera de todo”. “En esa cuestión –agrega Pedro–, despacio y armoniosamente. Quizás en la combinación de los verdes que alimentan, con los grises del acero o el cobre electrónico, pase el futuro; al fin y al cabo, los que contaminan grosso son los mismos”. Y sigue Pedro: “No solo con su industria basura sino con su ideología pro mercado”.
“Apostamos –me dice–, a que tenga todo valor agregado; todo lo que se puede transformar, no sólo el trigo o la soja, porque sino nos hacen el chamuyo y se puede hacer realidad la rima que uno puede hacer con el hinojo”.