Los jugadores se preparan, en la boca del túnel. Se saludan con los rivales unos segundos antes de saltar al campo de juego. Mastican chicle. O eso imaginan arriba, en la cabina, relator y comentarista. Porque eso hacen todos los jugadores el instante previo a pisar el verde césped.

Se reparten las formaciones para leerlas un rato antes del pitido inicial del árbitro. No tienen apuro, porque el partido arranca cuando ellos lo dispongan. Por eso no andan a las corridas y dejan que el agua de la pava se caliente en tiempo y forma.

No existió en el historial un partido relatado por esa dupla que haya terminado 0 a 0. Si un jugador importante se lesiona en la semana, lo mandan a la cancha igual, recuperándolo en tiempo récord. En sus transmisiones abundan las jugadas maradonianas y los goles agónicos, de esos que se gritan hasta las lágrimas.

“Te dije que lo tenían que poner a este pedazo de goleador, que le das un respiro y te la manda a guardar”, suele jactarse, eufórico, el relator ante un acierto. “Como lo adelanté en el comentario anterior, estimados oyentes, era cuestión de minutos el grito del triunfo”, aporta su compinche de al lado, para no ser menos.

Pero como todos los partidos se juegan a cancha llena, tampoco quieren abusar de la paciencia del hincha, y apuran el inicio.

Así que ya está todo listo. Abajo, el arquero se escupe los guantes y da unas palmotadas. Levanta el pulgar en señal al hombre de negro, quien le devuelve el gesto. Arriba, planilla en una mano, micrófono improvisado en la otra. Y bien cómodos en el patio de una casa, al solcito y en la calma de la siesta del pueblo –sólo perturbada por el sonido ensordecedor de las chicharras que baja de los árboles como el griterío de una hinchada exultante– clavan el dedo en el rec del viejo y querido radiograbador, y arrrranca el partido…

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