Yo no sé, no. Pedro se acordaba que para la última semana de noviembre la pregunta era siempre la misma: “¿Y?, ¿pasás?”. Y la respuesta: “No sé”. Él y dos más estaban en la picota con el promedio, los mantenía con esperanza la nota de gimnasia, no porque eran unos atletas, sino porque habían representado a la escuela en un torneo de fútbol y lo ganaron. Y para mejor, los últimos goles los hicieron entre ellos tres y pensaban que si eso era tenido en cuenta a la hora de las calificaciones, zafaban. Pasaban raspando, pero pasaban, como la pelota en el último gol, que la tocaron entre los tres y entró raspando, a un palo.

Mientras tanto, en el barrio, para esa altura del año en cada casa se hacían las cuentas para ver si con el aguinaldo se pasaban unas fiestas tranqui. Uno se daba cuenta –me dice Pedro– con la cara de los viejos. Si se mostraban sonrientes, uno sabía que era como ganar un campeonato. Tener para las fiestas y, si daba, para unos días de vacaciones.

Con el tiempo todo cambió, tirando para atrás. A muchos, ni con el aguinaldo se les va la preocupación, y menos los que llegan con changas, que cada vez son más. Unos peleando por un bono, otros esperando que en el último laburo le entreguen un bolsón navideño y unos pesos como reconocimiento.

Pero, ¿sabes qué?, me dice Pedro, a pesar de la angustia que tenemos muchos al pensar que no nos da para pasarla bien, que dependemos hasta el último minuto para poder levantar los brazos, cada vez más, por abajo, la angustia, la bronca, se canalizan en organización. Y quién te dice, en una de esas no sólo nos conformamos con pasar bien sino que la cosa empieza a cambiar para nuestro lado. Para que vuelva el aguinaldo para todos, como reconocimiento de lo laburado, entre otras cosas. Esto último me lo dice mirando para el sur, tratando de atravesar casas, tapiales y alambradas, para ver la Anastasio Escudero, la escuela que llegando a fin de año le hizo levantar los brazos por un par de goles, por el título y por pasar raspando.

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