Miryam Auyeros tiene 54 años y es la referente de las trabajadoras sexuales en Rosario. Comenzó a militar con Sandra Cabrera y continuó con su legado luego de su asesinato. Ahora, está reconstruyendo el gremio de las putas con el mismo reclamo: jubilación y obra social para todas. La historia de una mujer que decidió que la esquina sea su lugar de trabajo.

“¡Loco! ¿Qué querés acá? ¡Hoy las putas estamos en reunión!” El grito sale de algún bar y apunta a algún auto. Es una trabajadora sexual recordándole a su cliente que se tomó una hora para capacitarse en prevención de enfermedades de transmisión sexual. El bar está ubicado cerca de alguna zona roja de Rosario y las chicas comparten cerveza, gaseosa y pizza. Miryam Auyeros tiene la atención de todas. Sobre la mesa, un pene gigante, de madera, apunta al techo y ella les enseña cómo poner el preservativo. Las chicas escuchan y lloran de la risa.

Miryam no puede precisar de qué año es esa escena que recuerda. Sabe que a Sandra Cabrera ya la habían asesinado y el miedo había copado las esquinas. Por eso ella iba a los bares, le daba un incentivo a las chicas que dejaban su trabajo por una hora, y las capacitaba. En el medio, les contaba cuáles son sus derechos, las empoderaba, las escuchaba. “Lo bueno es que de esas mesas, alguna se sumaba siempre. Y ese es un logro terrible”, remarca, más de diez años después, desde su casa en barrio La República.

Miryam tiene 54 años y aprendió a militar con Sandra Cabrera, la dirigente sindical y trabajadora sexual asesinada en enero de 2004 tras denunciar sistemáticamente a la Policía. Cabrera pasaba por las esquinas en moto como Miryam se sentaba en los bares: hablaban del trabajo, de la salud sexual y reproductiva, de la violencia institucional, de que sólo organizadas iban a terminarse los abusos y se iban a conquistar derechos. “Una va y viene y todavía no nos reconocieron como trabajadoras, todavía no nos valoran, todavía existen los mismos tabúes y prejuicios”, dice Miryam al grabador, como dice cada vez que puede, siempre que tiene lugar para hacer uso de su voz. 

Hija de puta

Parece la llama del cuento de Eduardo Galeano: un fuego contagioso, una chispa que enciende todo a su alrededor. En Rosario hace frío y el sol no puede hacer nada para cambiar los estados de ánimos. Miryam Auyeros sí. La mujer recibe a Femimasa en su casa, vestida con unas calzas animal print, un buzo de peluchito celeste y unas ojotas que le permiten deslizarse por su casa como si fuesen patines. Va y viene y desde que abre la puerta no para de hablar. No frena, pero tampoco agota. Miryam parece revitalizada. Y lo está.

Mientras la dirigente de Ammar cuenta y rescata su historia, su marido da vueltas por la casa. Se llama Humberto, le lleva unos cuantos años y es un policía retirado. Miryam lo cuenta y se ríe a carcajadas. “A veces me río sola porque yo soy una vieja trabajadora sexual y él es un policía jubilado. Así que cuando nos peleamos es para filmar”, explica, y vuelve a interrumpirse con su risa estruendosa.

Foto: Carla Scolari

También se escucha la tos de la mamá de Miryam, que a pocos metros de la entrevista está acostada, curándose de una bronquitis. La mujer se llama Catalina, tiene 90 años y también fue trabajadora sexual. Miryam lo supo de grande. Su hermana, dice, tiene algunos recuerdos de lo hermosa que era su mamá y cómo se pintaba los labios antes de salir. Catalina hace un esfuerzo y desde la otra pieza logra contar que para que la policía no se la lleve, enganchaba uno de sus pies a la rueda del tranvía. Del relato se desprende una misma lucha, generación tras generación. También un mismo enemigo.

Catalina tuvo una hermana que también fue prostituta. “Se casó con un embarcado que la cuidó muy bien. Pero a ella le gustaba mucho la noche, la noche de antes, de trabajar en los cabarets con soirée y glamour. De grande, y a pesar de estar muy cómoda, extrañaba todavía esas noches”, relata Miryam.

Todas las historias que cuenta salieron a luz de grandes. La de su tía, de su mamá y la de ella misma con sus hijos. “Eran todos temas tabú en la familia, ¿viste?”, remarca. “Una de las cosas que me permitió la militancia fue hablar y tener otra relación con mis hijos. Mi hija entendió mi trabajo cuando empecé a organizarme. Ella me acompañaba a los talleres de violencia que daba. También empezaron a ir mis hijos con sus amigos y sus novias, y estaban re contentos. Me hacían propaganda, me pedían que les cuente y enseñe. Cosas así te da la militancia, ¿entendés?”.  

El apoyo de sus hijos no mermó con su vuelta al sindicalismo. Miryam dice que les sigue encantando. También cuenta con orgullo que su hijo mayor es delegado en el sindicato de Empleados de Comercio. Y que Catalina estuvo en 1973 en Ezeiza, esperando a Juan Domingo Perón.

El bichito de lo pendiente

El 3 de diciembre de 2018, el diputado provincial Carlos Del Frade presentó un proyecto que beneficia a trabajadoras sexuales, personas travestis y trans que hayan sido víctimas de los edictos policiales hasta abril de 2010. Se trata de una suerte de reparación histórica que incluía entre sus destinatarias a Miryam Auyeros. La mujer fue convocada para contar su experiencia y en la presentación del proyecto rompió en llanto y describió con precisión la violencia de la Policía y el olor de las cárceles, “un olor que no te olvidás más”. “Ese día me agarró ese bichito de cuando te queda algo pendiente en la vida, ¿viste?”, dice meses más tarde.

Foto: Carla Scolari

Ese día también conoció a Georgina Orellano, la actual secretaria general de Ammar a nivel nacional. “Georgina me dijo que tengo que volver, que soy parte de la historia del sindicato, y me invitó a un plenario en la ciudad de La Plata. Yo le dije que iba a ir pero sin condiciones”, cuenta Auyeros. Ella había pensado en dos cosas: que tiene que cuidar a Humberto y a Catalina, también que la propuesta tiene que ver con su historia. “Es que cuando yo no estoy en Iapos estoy en Pami, y así. Yo no quería compromisos, porque eso es hacerte cargo de una organización, pero también es algo que a mí me hacía ruido y es mi historia. Y bueno”, dice, suspira, y sonríe.

Miryam dice que los tres días de plenario le comieron la cabeza. Es que la nueva ola le pasó por encima. Una y otra vez, la dirigente marca la diferencia entre una y otra época. Y sostiene: a Sandra Cabrera esta época le vendría ideal. Los cambios que remarca entre la conducción de Orellano y la de Elena Reynaga (la secretaria general de Ammar cuando ella trabajaba y Cabrera vivía) son claros: “Ahora son todas chicas nuevas y jóvenes. En el plenario estaban sentadas en canastita en una silla, con el pelo verde, con piercings por todos lados. También estaban las compañeras lesbianas, ¡con sus parejas! Antes, por el trabajo mismo, no se hacían conocer para no quedar mal. Pero ahora las chicas se muestran como son y cómo se quieren, no tienen problema de nada. Ni de empoderarse, ni de decir lo que son, o de hablar del trabajo sexual, de su intimidad, de su pareja, de qué les gusta y qué no. Y todo eso fue lo que me gustó a mí”. El último día del plenario le preguntaron a Miryam cuál era su decisión. Ella anunció su vuelta al gremio. Y la recibieron a los gritos y aplausos. 

La prohibida

Miryam Auyeros volvió a Rosario a los 20, con sus padres y dos hijos. De chica, ella y su familia se habían mudado a Quilmes, provincia de Buenos Aires. Sus hermanos decidieron quedarse allá, ella quiso volver con su papá. Después de boyar por varios lugares, la familia se asentó en la zona de Matienzo y Tucumán. Miryam tenía 24 y ahí conoció a Humberto, que tenía 40. “Me enamoré de su uniforme, de cómo caminaba tan rígido. ¡Para mí, era el amor de mi vida! En ese momento sólo fuimos novios. Él tenía una mujer e hijos, y era medio atorrante”, recuerda. La pareja se reencontró hace 5 años y decidieron casarse. Ella todavía guardaba en una caja las cartas y papeles de chocolate que él le había dado. 

Durante esos 24, Miryam fue empleada doméstica hasta que encontró un aviso en el diario: pedían una chica para bar nocturno. Su mamá, sin ahondar en detalles, le advirtió que no agarre ese trabajo. Ella le dijo que “nada que ver”. Ahora sabe: “Era un engaña-pichanga”. “Llamé y el tipo me citó en un bar. Apenas entré, sentí que había un lobo relamiéndose. Él era el típico viejo rufián: pelirrojo, vestido de negro, con cadenas. Apenas me vio me dijo «¡Qué bien vas a trabajar vos, Miryam!»”, explica. Ella asegura que el tipo se dio cuenta que ella era muy “ingenua y vulnerable”. También que le aseguró un buen sueldo. No pudo decir que no.

Era mediados de 1984 cuando Miryam fue a trabajar por primera vez en la barra de un boliche. Se encontró con El Rufián en un bar de Córdoba y Provincias Unidas, a las 21. Y él la subió a ella y a otras chicas (“rubias platinadas, con rimel y pañuelo en el cuello”) a un auto: el bar donde iban a trabajar quedaba en San Jerónimo Sur. “Cuando llegamos, las chicas se empezaron a vestir con mallas cavadas, medias de red. Vos imaginate, ¡a mí me daba vergüenza ponerme la malla para ir a La Florida! Yo veía como ellas estaban medio en bolas, entraban los gauchos y las chicas ¡upa, arriba!”, recuerda e interrumpe con una risa. “Yo salí disparando”. 

Foto: Carla Scolari

Las noches pasaron y Miryam se mantuvo detrás de la barra. “Los tipos, los parroquianos, venían a tomar ginebra, whisky y se ponían en la barra. Es que si vos tenés a una persona prohibida, querés a esa persona”, sostiene Miryam. La prohibida era ella, que sostenía que si iba a estar con alguien, sería con alguien que le guste. La prostitución no era una opción. Mientras, el dueño del bar pasaba cada tanto y le remarcaba cuánto más cobraban las chicas que estaban al frente. Cada tanto también la tocaba, le acariciaba el pelo, la buscaba. Un día el tipo no aguantó más. “Me dijo que bueno, hasta acá llegamos. Me pidió que no vaya al bar, sino que vayamos a cenar juntos y después a un hotel. Mis compañeras me aconsejaron. Me dijeron que no le dé el gusto, que él me iba a entregar al que mejor pague. Entonces me fui a San Jerónimo con ellas. Y él me encontró ahí”. 

La primera vez que Miryam Auyeros ejerció la prostitución fue para bajar la bronca. El dueño del boliche le dijo: o adelante, con las trabajadoras sexuales, o te quedás sin trabajo. Ella se encerró en el vestuario, recargada de odio e impotencia. Sus compañeras la ayudaron: le dieron un short, una malla, unos tacos, y mucho consuelo. “Andá para adelante”, le aconsejaron las chicas. Todas sabían que para una mamá soltera no hay tantas opciones. Miryam todavía celebra: “¡Cómo trabajé esa noche! ¡Y la cara del tipo!” También aclara: “Yo no entré por decisión. Me engañaron de entrada. Él me atendía, me daba caramelos, bombones, flores, regalos para mis hijos. Me quería comprar y hacía diferencia conmigo y con las otras compañeras. Con el tiempo aprendí que él le hacía la cabeza a todas cuando entraban”. 

Desde esa vez, Miryam comenzó un recorrido por varios boliches, siempre buscando mejor paga. De San Jerónimo a Cruz Alta, de Cruz Alta a Zavalla, de Zavalla al casamiento. “Me retiré y me casé con un cliente. El fue el padre de mis otros tres hijos. Estuvimos unos 6 años juntos. Pero después él se fundió, se deprimió y todo se me vino abajo”, relata. Hasta ese momento, el trabajo en boliches y bares había salido bien para Miryam. Le gustaba, se divertía y ganaba bien. “Yo pensé en mis hijos y entonces decidí dejar. Pero después no pude seguir. No podía estar con él mientras mis hijos pedían para comer. Un día me volví a Rosario. ¿Y qué sabía hacer yo? Entonces arranqué”. Esa fue la primera vez que Miryam Auyeros se paró en una esquina.

Gastando los tacos

“Yo ya estaba decidida. Me costó volver. Ya era más grande y tenía cinco hijos. Pero eso también me ayudó a empoderarme con mi trabajo y a elegir que no quería que sigan sacándome el 50 por ciento de mi ganancia”, cuenta Miryam. Y agrega que la primera y única advertencia que recibió por su decisión fue de sus compañeras: tenía que tener cuidado con Moralidad Pública, la división de la Policía que debía combatir la prostitución.

Hasta ese momento, Miryam nunca había caído presa. Siempre había trabajado en boliches, de donde veía salir a comisarios y funcionarios con los bolsillos llenos de plata a cambio de “no molestar a las chicas”. Sus amigas le advirtieron que el curro era el mismo: había que o arreglar con la policía o con el abogado que después las iba a sacar del calabozo. Las chicas se habían armado algunos artilugios para simular qué hacían en la calle. O caminaban, sin parar, o también llevaban los libritos vendiendo Amodil, Tissue, Avón. Todo para justificar que lo que hacían no era vagancia. Moralidad Pública nunca las dejaba tranquilas. Estar detenidas significaba perder entre 15 y 30 días de trabajo, con sus hijos, estudiando, viviendo.

Foto: Carla Scolari

“En esa época había que caminar. Y yo caminaba. Iba por Santa Fe, de Provincias Unidas hasta Avellaneda. Y gastaba los tacos altos”, cuenta Miryam y extiende las “o”, dando a entender que eran tacos realmente largos. “Un día me paré. Me quedé hablando con las chicas y cayó Moralidad Pública, y nos hizo subir a todas. Yo fui, como un cordero”. El lugar de detención para las trabajadoras sexuales era en el subsuelo de la ex Jefatura (ahora sede de Gobernación), “un lugar turbio, horrible, húmedo”. Auyeros recuerda el maltrato, la violencia y la sensación permanente de injusticia. También el compañerismo. Apenas llegabas al calabozo, las compañeras detenidas le daban un té y una frazada. “Lo que más estuve detenida fue una semana. Pero cuando salía, parecía que se había terminado una condena de 20 años”, dice Miryam. Después de la primera vez, sus amigas le anunciaron: ahora que ya estaba fichada, se la iban a llevar de todos lados. Ella salió, se buscó una esquina y empezó a cuidarse. Y a trabajar.

Venga, doña

Los fines de semana, Myriam Auyeros trabaja en la feria popular del Parque Oeste. Ya hace 10 años que no ejerce la prostitución. Dice que en la feria como en Ammar se ve la crisis. “A mí siempre me gustó un poco el asistencialismo, a pesar de que me enseñaron que no, que las compañeras tenían que acercarse por la militancia y no por el bolsón. Eso podía ser hace 10 años, pero ahora la compañera necesita el bolsón, y también una tarjeta social. Hay muchas compañeras en situación de calle, ni una habitación pueden pagar. Y lo mismo se ve en la feria”.

No hay momento de la entrevista en que el relato no derive en el sindicato. Y casi siempre, termina también en Sandra Cabrera. Miryam habla de ella como una amiga y una compañera, y eso le da un toque de cotidianidad al relato sobre Cabrera que circula entre militantes. Ella cuenta que las dos tenían la misma onda: del megáfono y la cerveza escondida en el termo. “Sandra fue la que me incitó a organizarme. Y me gustó. Yo tenía ganas de hablar y por ella me dieron un micrófono, y empecé”.

Myriam se acercó al sindicato gracias a Cabrera y pasaba el tiempo entre la militancia y el trabajo sexual. Continuó así luego del asesinato de su dirigente, salvo que a eso le sumó salir a la calle, pedir justicia, encabezar movilizaciones. “Dejé de trabajar cuando empecé a ocuparme más de la organización. Además, me junté con otro muchacho, al que tampoco le gustaba que yo trabaje. Él me mantenía y yo militaba, viajaba, me capacitaba, daba talleres, iba a talleres”. La militancia de Myriam se cortó –hasta ahora– cuando tuvo que hacerse cargo de su mamá. Y ahora también de Humberto.

“Él es más grande y necesita que tomemos mates, que lo escuche, que le cuente historias. Se nota la diferencia, porque yo vivo acelerada, me encanta estar con las chicas, ir a reuniones o a un patio cervecero, y vengo con otra onda”. Miryam admite que siempre extraña su trabajo. Que el cuerpo ya no le da, pero a veces piensa que puede. Porque hay otras como ella que también lo hacen. También está segura que “con la mentalidad de ahora, si volviera a ser joven y trabajar, me haría rica”.

“Cuando voy a llevar los preservativos a la zona y las veo a las chicas, me quedo charlando con ellas y no tengo ganas de irme”, cuenta, tomando un mate dulce, infinito. “Ellas me piden perdón por estar tomando cerveza o fumando. Yo les digo que soy como ellas, y que en cualquier momento me voy para allá. Las chicas se ponen contenta y me invitan: «¡Venga doña, venga cuando quiera!»”.

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