Lo primero que sentí con ellas dos, Evita y Cristina, fue complicidad. Las miraba y sentía que nos guiñábamos el ojo, nos sonreíamos, nos decíamos algo como nosotras sabemos. A veces, cuando alguien pelaba (o pela) pelaje y decía algo de los peronistas, o de los asados, o de las formas de luchar, de militar, de vestirse, de celebrar, yo las miraba. Me alcanzaba con mirar adentro mío, sin siquiera cerrar los ojos, pispeaba un poco en lo que tengo adentro, veía sus caras, y decía que claro, nosotras sabemos.

De bebé no hubo en mi casa una foto de Evita en la cocina. No sé cuándo la vi por primera vez: ella es una de mis desde siempre. Eva, Evita, Eva Perón, cualquiera de las formas de nombrarla me transporta a mi abuela Agustina, la mujer rebelde, afiliada al peronismo cuando no correspondía que lo hiciera, feminista sin saberlo, empoderada en cada fibra de su cuerpo. Mi abuela enseñándonos la marcha peronista, ya de bebé. Mi abuela volando en sus recuerdos peronchos, ya de bebé. Mi abuela marcando el camino con pragmatismo de la calle, ya de bebé. Mi abuela hablando de ellas. ¿Cómo se (d)escribe eso que sabemos apenas nos vemos hablando de ellas? 

Nunca me rodeé de muchas personas que tengan esa complicidad con Evita. Menos con Cristina. Fueron apareciendo de grande, de a poco. Nos fuimos encontrando y eligiendo. Yo las fui encontrando y eligiendo. Tal vez mi mayor decisión política fue empezar a decidir desde el amor y después desde lo político. Buscar refugios donde ellas fueran una base. No se discute: son lindas, son grandes, son nuestras, son pueblo. Y ver cómo los rumbos se entrelazaban.

Entendí el viva el cáncer siendo contemporánea de Cristina. Crecí leyendo y escuchando lo que pintaron sin tomar dimensión del odio. ¿Se heredará, como el amor? A veces, alguien que está cerca mío empieza a odiar, a despotricar, a mirar con soberbia, con desprecio, a tirar data gorila y explicar cómo son las cosas. Yo miro para adentro. Pienso en mi abuela, en Juane, en los cuatro abuelos de mi hijo, en que mi bebé sí tiene una foto de Evita en la cocina, en que por algo me enamoré de Marcos, en El Eslabón, en esos refugios donde el amor es categoría política. Las miro a ellas, nos guiñamos el ojo, nos decimos nosotras sabemos.

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