Yasky pateó el tablero sindical en el Congreso de la CTA al plantear la unificación con la CGT. La estrategia obrera frente a la crisis neoliberal. Obvias resistencias y el debate sobre lo que viene.

El congreso nacional de la CTA de los Trabajadores abrió el debate acerca de la unidad del movimiento obrero, mediante la unificación de esa central con la confederación más antigua, la CGT.

“Por unanimidad, la CTA se encamina hacia la unidad de la clase trabajadora con la CGT”, dijo el secretario general de la primera, el docente Hugo Yasky. Si hubo unidad en el peronismo para ganarle al neoliberalismo (Cambiemos) en las elecciones, vale el intento de unificar las centrales de trabajadores y trabajadoras para enfrentar con más fuerza esas políticas antiobreras. El camino, claro, no es un sendero alfombrado con pétalos, pues implica discutir poder.

Uno de los cotitulares de la CGT, Héctor Daer (Sanidad), sostuvo que “es bueno que aquellos que pensaron que el camino era otro, distinto al nuestro, vuelvan y se incorporen bajo el paraguas de la unidad sindical”, aunque aclaró que “la incorporación de la CTA será un camino largo”.

El anuncio de Yasky en el cierre del congreso ceteaísta tuvo como invitados al camionero Hugo Moyano, el bancario Sergio Palazzo, el taxista Omar Plaini y el portero Víctor Santa María, entre otros dirigentes sindicales con los que la CTA demostró “unidad en la lucha” durante los cuatro años de macrismo.

Los Gordos de la CGT –el sector más ortodoxo y acuerdista– pusieron esperables reparos al planteo de Yasky. Durante un encuentro de esta semana en la sede de UPCN, valorar el gesto pero antepusieron al objetivo político la minucia burocrático-institucional.

Algunos dirigentes de ese grupo plantearon que sus pares de la CTA “deberían pedir perdón” por tratarlos de “corruptos” y retirar las denuncias a favor de la libertad sindical que cada año presentaron en la Organización Internacional del Trabajo.

La CGT nació en septiembre de 1930, justamente, como resultado de la unificación de la Unión Sindical Argentina (USA) y la Confederación Obrera Argentina (COA).

Socialista en sus comienzos, peronista desde la irrupción del peronismo en la escena política del país, con rupturas y reencuentros en los 60 y 70, su decidido apoyo al neoliberalismo menemista en los años 90 del siglo pasado provocó un quiebre: un grupo de sindicatos –con mayoría de estatales– se fue de la confederación y creó la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), enfrentada a aquellas políticas opuestas a los intereses y conquistas de las y los asalariados.

Las razones

Ahora, y tras la experiencia de la tercera oleada neoliberal –la primera fue durante la última dictadura cívico-militar–, Yasky plantea que la división organizacional sólo ayuda a debilitar la posición del mundo laboral frente a la de la fase financiera del capitalismo.

En una entrevista con Página/12, explicó que desde aquella salida de la CGT en 1992 para crear la CTA “cambió el mundo”, y detalló: “En los 90 el Consenso de Washington recién comenzaba a aparecer con el tatcherismo y reaganismo, que si bien habían logrado horadar las defensas del movimiento sindical, en América Latina todavía las centrales sindicales eran fuertes. Hoy hay una regresión enorme, un retroceso en las tasas de sindicalización en todo el continente que también se da en otros países. Pero en la región hay un retroceso enorme, muchas centrales sindicales que supieron tener fuerza, hoy están convertidas en escombros y el neoliberalismo en esta fase financiera arrasó con los derechos de los trabajadores”.

Para el docente, “frente a esta realidad no podemos seguir imaginando que puedan prevalecer aquellas disputas que terminan siendo en el fondo secundarias. Creo que el elemento detonante fue la aparición de un gobierno como el de Macri, que tuvo el apoyo de todos los grupos dominantes de este país: las corporaciones financieras, la vinculada a la obra pública, la energía, las mediáticas, que intentaron que este Gobierno se prolongara en un proceso largo que llevara a la Argentina a una suerte de pre peronismo”.

Todos unidos

Yasky también señaló que la unidad del peronismo alcanzada por el binomio de les Fernández marca un rumbo, además, para el movimiento obrero organizado.

En términos abstractos, conceptuales, no existen dudas que es más conveniente para los y las trabajadoras una sola central sindical, potente y unificada. En la realidad, las defecciones de algunos dirigentes en la defensa de los intereses de clase ponen a prueba aquella verdad teórica.

La división, de todos modos, es siempre conveniente a las patronales, que operan en las hendijas abiertas al interior del movimiento obrero para ahondar las diferencias.

¿Es posible la unificación de la CGT y las CTA –hay dos– bajo un mismo paraguas?

El sector de la CGT más reacio al encuentro –que coincide con los sindicatos más acuerdistas, burocratizados y menos entrenados en el fragor de las movilizaciones reivindicativas– antepone cuestiones institucionales a un hecho de inocultable sentido político.

Así, plantean que la CTA debería primero disolverse y luego sus sindicatos, en forma individual, solicitar la reincorporación a la CGT. Los más orgullosos reclaman, incluso, pedidos de disculpas públicas por antiguas deshonras producto de viejas reyertas.

Pero el planteo unificador de la CTA de los Trabajadores no es consecuencia de una debilidad de esa central. No se trata de “tirar la escupidera”. De hecho, junto a un grupo de gremios de la CGT y los diversos movimientos sociales, fue quien encabezó la lucha callejera y sindical contra el avance del macrismo sobre las conquistas laborales, mientras otros sectores de la vida gremial debatían sobre la cuadratura del círculo para determinar si era necesario convocar a un paro de actividades contra las políticas del Gobierno.

La complejidad del mundo actual, la vertiginosidad con la que operan los cambios en la mayoría de las esferas –incluida la del mundo del trabajo– requiere sin dudas un debate sobre las posibilidades actuales y las formas de la representación sindical de los que laboran. Añorar los viejos tiempos, cercar la quinta propia sin otear lo que sucede allende el tejido, es un intento tan vano como el de conservar el agua sólo juntando las manos.

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