Que las diferencias entre el hombre y la mujer le parezcan insalvables no impide, de todos modos, que las mujeres sean su objeto de deseo privilegiado. Pero su concepción de las relaciones con el otro sexo siempre estuvo signada por la asignación de lugares y roles opuestos, e inamovibles. Y antagónicos, podría agregarse, porque lo que de un lado representaba fortaleza del otro representaba debilidad, de la misma forma que, en ese marco, la constancia o la consecuencia se oponía a la volatilidad cuando no al capricho.

Quizás por eso andaba solo por el mundo, un poco por necesidad y otro poco por elección. No le disgustaba andar solo, como ahora, cuando ya situado en ese espacio que ha despejado entre los árboles, o los arbustos, se pone a preparar el asado: primero junta ramas secas para hacer el fuego, después las enciende, y cuando el fuego ha cobrado fuerza, corre las ramas encendidas hacia un costado para que se hagan las brasas con que asar la carne.

Una vez que las brasas arden, las desparrama debajo de la parrilla, y extiende cuidadosamente la tira de costilla que ha traído en el bote, atendiendo que las lumbres no queden debajo de ella sino alrededor de su posición, formando una especie de óvalo que rodea el sitio sobre el que yace la carne.

Después de haber ejecutado ese trabajo, se aleja unos metros y se recuesta debajo de un árbol, descorchando la botella del vino. Bebe un sorbo, despaciosamente, y escucha el final de la milonga que canta Rivero, subrayado por los acordes potentes de las guitarras que lo acompañan. Al hacerlo, gira la cabeza, sin razón aparente, sino más bien de forma distraída, acaso pensando no sólo en lo que ha cantado Rivero sino en el modo –nítido, intenso, contundente– con que las guitarras cierran el tema, cuando advierte que alguien se acerca.

Entonces ve una mujer que parece surgir de la nada.

 

Fuente: El Eslabón
Ilustración y animación: Facundo Vitiello

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