Cuando los yanquis deben referirse a su patria la nombran Homeland. Lo mismo hace la mayoría de los amantes de las series de espionaje político cuando deben recomendar un título. Y Homeland, la serie, estrenó hace unas semanas la octava temporada, que sus realizadores prometen será la última.

La séptima temporada culmina con el intercambio de la agente de la CIA Carrie Mathison –interpretada en forma brillante por Claire Danes– por espías de Rusia, país que la tenía prisionera. La operación, como siempre, es dirigida por el director de Seguridad Nacional Saul Berenson, quien es encarnado por el impasible pero eficiente Mandy Patinkin.

El regreso de Mathison no puede ser más terrible. Ha sido torturada y se le privó de la medicación que mantiene a raya su bipolaridad. Y en el inicio de la octava temporada un equipo de especialistas de la CIA se encarga de fisgonear si en esas sesiones de tormentos no reveló de los muchos secretos estratégicos que atesora en su inconsciente.

Así funciona el sistema de inteligencia, así funciona la mayoría de los gobiernos. Funcionarios medios que desconfían de quien le pone el pecho a las balas en el devenir cotidiano la someten al polígrafo, que para desgracia de Carrie registra que en algunas de las preguntas no dice la verdad.

Los hechos centrales de este ciclo final de Homeland se desarrollan en Afganistán. Cuando en mayo de 1988 los soviéticos decidieron retirarse de allí, los yanquis quisieron mostrarle al mundo que esa retirada era el equivalente de su humillante derrota en Vietnam. No sólo era falso, sino que formaba parte del intento de recomposición del mito del líder global, en medio del avance de los reaganomics y el neoliberalismo, que ya llevaba, también, ocho temporadas.

La inteligencia estadounidense desconfía de Carrie. Demasiados meses detenida en Rusia. ¿Habrá revelado secretos estratégicos, listas de agentes operativos, puntos de enlace? Y es sometida a todo tipo de interrogatorios.

En medio de todo ese proceso se produce una crisis en Afganistán, donde un vicepresidente belicista quiere que los EEUU no retiren sus tropas y los talibanes

estarían dispuestos a negociar con los yanquis si se les garantiza que no haya represalias de parte del régimen que los persigue.

Ante el éxito de las negociaciones de Berenson en Kabul, y por sugerencia de Carrie, el propio presidente norteamericano viaja a Afganistán para sellar el acuerdo entre los talibanes, el gobierno y Washington. Luego de saludar a las tropas que se preparan para retornar, se produce un hecho imprevisto que cambia todo el tablero y pone al país asiático al borde de una guerra nuclear.

El lector debe quedarse tranquilo, nada de lo relatado revela la verdadera trama de una temporada en la que las sorpresas se detonan desde el primer episodio y no paran a lo largo de los que le siguen.

Carrie ha perdido la inocencia patriótica de las primeras temporadas. Berenson debe lidiar con los conspiradores que ingresan y salen del Salón Oval. El mundo de los espías se debate en un escenario cuyo trasfondo es la decadencia de la hegemonía yanqui, situación que no puede mejorar ni Alex Gansa, productor y co guionista de la serie, ni su séquito de colaboradores.

No es China, esta vez, el cuco que enarbola la Casa Blanca para atemorizar y hacer montar en cólera a los red necks del centro oeste norteamericano. Moscú parece ser, nuevamente, el centro neurálgico de todos los males que pueden aquejar al pueblo elegido por la historia para conducir a la Humanidad.

Pero los hechos más resonantes de esta temporada son los que le ocurren a un país en retirada del poder hegemónico, no de una potencia que se precia de liderar al mundo civilizado, ya sea por sus principios, por la fuerza, o por su potencial económico.

A la nación donde ondean las barras y las estrellas en forma de bandera se le anima hasta el más débil del barrio. Y en medio de esa debilidad, Homeland muestra, una vez más, la peligrosa sombra del oso ruso asomándose detrás de todos y cada uno de los peligros que acechan al viejo y deshilachado sueño americano.

Ver Homeland 8 permite, por un momento al menos, considerar la posibilidad de ver derrumbarse al monstruo responsable de que el planeta navegue en permanente rumbo de colisión. No es poca oferta tratándose de una ficción.

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