Tati Dumé está parada en el marco de una puerta. Tiene en la mano una bandeja con una pizza. Se la ve crujiente, casera y sabrosa, a la pizza, aunque a Tati casi que también: tiene las manos ocupadas en una porción, la boca, en masticar y saborear, y los ojos llenos de picardía y placer, atraviesan la foto. “¿Cómo lo llevan ustedes? ¿Cómo están?”, pregunta en su cuenta de Instagram, y se responde: “Acá les cuento q si comer me hace feliz no me lo voy a prohibir en el fin del mundo jaja”.

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😨Me comí todo lo del mes😨 Oh my fat! Acá comiendo porque ansiedad, limpiando y tratando de organizarnme. Hola gordofobia internalizada, nos volvemos a ver. ¿¿Que pasa si engordo en cuerentena?? Me subo y me bajo de la balanza y si, pasan cosas. Pero en mi mente tmb. ¿Que pesa más? ¿Uno o dos kilos? ¿O mi sonrisa después de ese chocolate? Lo Instagramer no me quita lo persona, ni lo activista el miedo a engordar. ¿Cómo lo llevan ustedes? ¿Cómo estan? Acá les cuento q si comer me hace feliz no me lo voy a prohibir en el fin del mundo jaja ⬇️⬇️⬇️⬇️⬇️ Les leo! Y chusmeo los perfiles de quienes me firmen♡ pos ia toy aburrida de ver las caras de mi familia jaja Gracias x estar ahi♡ Produ: @romagraff Ph: @angelelfiti

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Todo emergió con la cuarentena: desde las paupérrimas condiciones de vida en los barrios más pobres del país hasta los lazos de solidaridad que las organizaciones sociales vienen construyendo para pasar esta y cualquier crisis. Todo lo otro emergió también: videollamadas, fiestas por zoom, aplicaciones que roban información y el famoso miedo a salir rodando de la pandemia. Por suerte no hay que explicarlo. Las pseudo noticias no tardaron en llegar: que cuánto engordó ese jugador de fútbol, la modelo y el pueblo argentino (¡salud!). Tampoco se demoraron los memes. Y por suerte ahora, tampoco el activismo gordo.

“Una está en espacios seguros y la cuarentena nos puso en una misma situación: encerrades en nuestras casas”, dice Tati Dumé, que es gorda, activista, bailarina, actriz, cantante, técnica en teatro musical, docente y fatfluencer, que sería algo así como una influencer contrahegemónica. “Y entonces surgió de adentro de todas las personas el propio gordo-odio que estaba negado o no externalizado. Una cantidad de memes gordofóbicos, de chistes. Y porque a la gente le da miedo engordar de verdad. Por eso ahora es cuando más tenemos que salir les activistes. Yo, por ejemplo, salí a decir: «No tengo miedo porque ya estoy gorda, entonces puedo preocuparme por otras cosas». Además, si tu miedo en una pandemia mundial que está cambiando el sistema, es salir gorde de la cuarentena…. bueno, la verdad, ¡es un lujo!”

Rota y politizada

“Yo lo politizo todo”, resume por teléfono. La voz delata espontaneidad y habla hasta por los codos: toda respuesta se va por las ramas, incluye chistes, anécdotas, reflexiones, citas a otras activistas gordas, tips para entrar en las medias de red si no conseguiste un talle para tus piernas (hay que hervir las medias, pero prometió hacer un posteo) y demás. Y todo eso está politizado. Porque Tati no sólo milita el amor propio, sino que sabe que la salida es colectiva y que lo que no se nombra, no existe. Entonces no busca eufemismos a la hora de hablar: ella es diosa, divina y gorda; está atravesando un tratamiento psiquiátrico por depresión; dice a los cuatro vientos, como un mantra liberador para tantas, que una foto de su panza se parece a un bollo de masa; se sabe referencia en las redes pero a veces no aguanta o a veces, simplemente, no tiene ganas de twerkear, sino de tomarse una birra con amigas.

Por eso existen tres: Tati D, la cantante; Tati Dumé, la bailarina; y Tatiana, la que orquestó todo y necesita respirar, sacarse el corpiño de luces y ponerse una camisa, darle lugar a los miedos y vergüenzas, y después, sí, avanzar. “Creo que al ser una persona gorda, para esta sociedad yo ya estoy rota. Entonces prefiero saberlo y saber que puedo romperme más, y que dentro de eso, me muestro. Saberme frágil no me hace débil. Yo me di cuenta de que hay cosas que no puedo, que la exposición me estaban generando muchos conflictos, o que había mucha gente referenciándose conmigo y apostando en mí sus propios temores, o agradeciéndome, y poniendo mucho en mí. Entonces pude decir que esto va por un lado, y Tati va por el otro: tiene un sobrino de un año al que ama, quiere alimentarse mejor, y no sé. Separar esos tantos está bueno y está bueno para el cerebro mismo”.

Pasito a pasito

Tati hizo su primera dieta a los 9 años. Desde ese acto fundante, sabe que es gorda. “Hará apenas unos dos años que yo lo empecé a transformar, a militar o deformar. Fue cuando empecé a bailar. Es un proceso larguísimo y todavía hay partes de mi cuerpo que no me gustan, y todavía hay cosas que no me animo a mostrar, que están en proceso”, confiesa.

En junio del año pasado, Tati sacó el tema La Gorda, una parodia a La Cobra, de Jimena Barón. Del proceso de grabado de ese tema, destaca dos momentos. “Tenía que ir a un ensayo con una amiga, gorda también, y cuando me saludó me dijo «hola gorda». Yo me quedé pálida. Pero bueno, venía de ella, otra gorda. Esa primera vez me hizo ruido. Y cuando decidí grabar el tema y tuve que decir «soy la gorda que se cobra todo lo que le hiciste, bebé», bueno, soy la gorda. A partir de ahí me permití escuchar el gorda sin tanto dolor”.

Tatiana dice que dar ese paso generó una sensación de alivio. Y que esa liviandad hace que subas un escalón. “Es como decir: ahí abajo hay agua que quema y acá hay agua tibia, porque todavía no está fría. Es como que ya sé, ya sé que soy gorda, que si me pongo ese coso se me sale la panza y sé que es panza, así que basta. Este es el proceso en el que estoy ahora”.

Influencia gorda

“Es mi relación más estable en los últimos años”, dice Tati Dumé respecto a su cuenta de Instagram, que, no hace muchos días, consiguió superar los 10 mil seguidores. @tatidume es todo lo contrario a lo que proponen las fitfluencer, es decir, las personas que a través de las redes sociales se muestran divinas, brillantes, felices, rubias y blancas (aunque no lo sean), pregonan supuestos hábitos alimenticios y de entrenamiento saludables e indispensables para vaya una a saber qué. Y lo contrario, pese a lo que digan, no es el sedentarismo y la comida chatarra. Se parece un poco más a la libertad y a la sinceridad. Tati Dumé se define como fatfluencer y también muestra fotos de entrenamiento, de comida, de baile, de cuerpos felices, pero con celulitis, rollos y grasas incluidas.

“Yo hace 3 años que tengo Instagram. Al principio era una cuenta muy normal. Cuando empecé a ser bailarina y a querer que me nombren por eso, empecé a subir más material copado”, cuenta. La red social actuó para ella como un espejo. Fue a partir de una foto en la que se dio cuenta que estaba “gorda gorda gorda”. Entonces empezó a poner el foco en los ángulos que usan las personas cuando no quieren mostrar algo de su cuerpo. Su primer posteo activista fue cuando decidió subir una foto en la que se veía uno de sus brazos. Debajo de la imagen puede leerse: “Tengo la misma foto sin que se me vean los rollitos ni los gorditos del brazo. Que no los vea ni muestre en la selfie no hace que desaparezcan, hace que me desconozca luego cuando me mire al espejo”.

“De a poco, de a poquito, fuí mostrándome. Había fotos que a mí no me gustaban, pero probaba a ver qué pasaba si la subía. Hubo un punto fuerte en el video de La Gorda en el que hice mi primer desnudo artístico. Es una foto de cuerpo entero donde se ve mi panza. Mi mamá la vio y me dijo «acá estás más gorda». Y la verdad, no, es todo lo que la ropa tapa”, relata.

De un capullo, una flor

Todo lo que hace Tati Dumé demanda un cuerpo pleno, en expresión. “Es como, de un capullo sacar una flor”, dice, y hace silencio. Después, se ríe. “¡Mirá la analogía! Sería sacar una mariposa. Pero no, de un capullo saquemos una flor: porque de lo que se esperaba de mí, fue otra cosa”. Desde los 18 (ahora tiene 28), Tati hace cosas: teatro musical, danza, canto, actuación, performance, interpretación, “y todo eso”.

“Siempre tuve mis mambos con mi cuerpo, entonces me autolimité, por esto, por aquello, por la sociedad y porque el resto te respondía así: que entonces vos vas al fondo, vos haces de madre, no hay vestuario para vos”, repasa. “Y entonces es muy difícil expresar un cuerpo que no se reconoce a sí mismo”.

El proceso, explica, fue “largo, larguísimo” pero llegó a un punto: “Decir ya está, soy así, este es mi cuerpo y también puede ser emocional o emocionable. Y todas esas dolencias, todas esas veces que me dijeron cosas horribles, yo las puedo expulsar haciendo arte. Ahí encontré mi pequeña particularidad de empoderamiento: decir, igual me voy a subir a un escenario a bailar twerk con medias de red. Cuando empecé a hacer música fue igual. Dije, quiero cantar pero no sé qué quiero cantar. ¿Qué puedo cantar sobre lo que sé? ¿Qué sé? Sobre mi dolor gordo. Y de ahí nacen mis letras”, continúa. Además de la canción La Gorda, Tati D salió con Verano, un tema anti exigencias que bien podría llamarse Cuarentena.

Tati Dumé recorrió escenarios a lo largo de su vida. La primera vez, sin embargo, que se subió tan empoderada, tan activista, tan capacitada en mover el culo, fue en octubre de 2018, en un show de Chocolate Remix. “Fue mi debut y la vez que pude decir acá está”, recuerda. Y enumera todo lo que salió bien, empezando por el cuidado de la modista a la hora de cortarle el short y preguntarle cuánto quería mostrar y cuánto no. “La coreografía empezaba de espaldas. Entonces, lo primero que me vio la gente fue el culo. No me acuerdo mucho de la coreo en sí, sino del momento del final que era más freestyle. Y ahí pude ver a la mayoría del público: lesbianas en tetas tiradas en el escenario, gritando, disfrutando la fiesta. Y me di cuenta. ¿En qué lugares de odio estuve antes? ¿Por qué no llegué acá? Yo tenía miedo: que la vergüenza, que el shortcito, que no se qué, y la gente que fue a ver el show estaba en tetas. Dije, esto es hermoso. Quiero más. Y no paré”.

Mantra para sobrevivir

Tatiana empezó a subirse a los escenarios. Sigue intentando armar grupos de bailarinas o presentarse como solista, tratando de conseguir fechas. Pero no es fácil. Para las gordas todavía no existe el vestuario. Menos el lugar en el escenario. Ella igual baila. Y cuando baila, dice que suena cliché, pero libera endorfinas, es feliz. Cada vez que tiene un show, se monta mentalmente. Cierra lo ojos, se mira para adentro y repite un mantra: diva, diosa, única. Se mira al espejo y vuelve a repetir: diva, diosa, única. Y sale al escenario a darlo todo. Y sea como sea, pero diosa siempre. “En el fondo creo también que se hizo un poco de morbo en la satisfacción de poder mostrar mi cuerpo y mostrar el disfrute de mi cuerpo. Eso creo que es lo que más me empodera y gusta de subirme a un escenario. Mirá cómo me amo, pese a lo que me pasó, lo que me dijeron, pese a todas las veces que me pusieron en el fondo, atrás, que vos no, que tu cuerpo no, que no tenés ropa. ¡Mirá cómo sí! Es como una situación de enfrentamiento que puede leerse también como una superioridad, como que yo lo tengo re superado. Y lo estoy superando en ese momento, y lo estoy disfrutando, me estoy permitiendo disfrutar y sentir. Mientras que a les gordes nos enseñan que el cuerpo es lo que hay que cambiar, que está mal, que en algún momento vas a ser flaca, vas a tener tu revancha y vas a poder decirle a las personas que te dijeron que no gustan de vos, que se jodan, porque ahora estoy re buena. Y no, no es esa mi revancha. Mi revancha es habitar este cuerpo, amarlo y disfrutar. Si después decido o no cambiarlo, es algo que corresponde a Tati a lo largo de su vida”.

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