Comenzaba 1820 y nuestra región se movía, “se agrieta el piso”, diría Catupecu en “Eso vive”. Lo que vivía era la detonación de un levantamiento del Ejército del Norte, agite que provocaría la caída del Directorio.

Los relatos más difundidos hablan de un “motín” en una posada del departamento de Caseros (a unos 92 kilómetros de Rosario) fue el causante de guerras civiles, y no un sacudón al unitarismo centralista. “La historia oficial condenó este acontecimiento, pero fue el disparador para la recuperación de las autonomías provinciales y un certero golpe a las pretensiones hegemónicas del unitarismo, que pretendía colonizar al resto de las provincias bajo su autoridad”, indica el historiador Alberto Lettieri.

El fin de la revolución

Recordemos que el 1° de agosto de 1816, el congreso de Tucumán aprobó el “Manifiesto del Congreso de las Provincias Unidas de Sudamérica excitando los pueblos a la unión y al orden”, para empezar a fijar el rumbo que se buscaba para la Patria.

“El estado revolucionario no puede ser el estado permanente de la sociedad: un estado semejante declinaría luego en división y anarquía, y terminaría en disolución”. Remarca que llegaba el “fin a la revolución, principio al orden, reconocimiento, obediencia y respeto a la autoridad soberana de las Provincias y pueblos representados en el Congreso y a sus determinaciones”.

Los porteños querían garantizar sus privilegios económicos: aceptaban pactar con Fernando VII, ofrecerse como un protectorado británico, coronar un príncipe europeo y hasta destruir la unidad del antiguo Virreinato. Ya habían perdido al Paraguay y la Banda Oriental, y el Alto Perú sería entregado a los españoles, además de no querer el control del puerto.

Pero, “las provincias aceptaban –explica Lettieri–, el liderazgo de José Gervasio de Artigas, el «protector de los Pueblos Libres». Ante la paz provisoria, el director Pueyrredón intentó en 1818 invadir a Santa Fe a través del ataque de un ejército porteño desde el sur y de una división del ejército del Norte que avanzaría desde Córdoba, a las órdenes de Juan Bautista Bustos”, remarca el doctor en historia y miembro del Espacio de Pensamiento Nacional.

El brigadier López rechazó a Bustos y a los porteños. A Pueyrredón lo reemplazó José Rondeau, quien acordó con los portugueses invadir Santa Fe. El director pidió a San Martín que se traslade al ejército de los Andes, establecido en la zona de Cuyo, y al ejército del Norte que fuera a reprimir a litoraleños. Pero el correntino le replicó: “Jamás derramaré la sangre de mis compatriotas y sólo desenvainaré mi espada contra los enemigos de la independencia”.

Al mando del ejército del norte, Belgrano tampoco acordaba con la represión, pero aceptó en principio la orden. Claro que como estaba enfermo y debilitado resignó el mando en su segundo, Francisco Fernández de la Cruz, quien designó a Bustos como jefe del Estado Mayor.

“Artigas reaccionó inmediatamente, y le ordenó al caudillo y gobernador de Entre Ríos, Francisco Ramírez, que cruzara el Paraná e invadiera el norte de la provincia de Buenos Aires. El entrerriano así lo hizo, para luego retornar a su provincia”, señala Lettieri .

“Rondeau no aceptó la intromisión, y decidió lanzar una ofensiva general contra el Litoral, poniéndose a la cabeza de un ejército porteño. Paz marchó con sus tropas hacia la provincia de Buenos Aires para participar del ataque contra Ramírez, arribando a las proximidades de Arequito el 7 de enero de 1820”, explica el historiador.

Ya durante la marcha, las tropas de Paz experimentaron la deserción de once soldados.  Comenzaron las charlas entre tropas nacionales y sus jefes, quienes “se propusieron separarse de la cuestión civil y regresar a las fronteras amenazadas por los enemigos de la independencia; al menos este fue el sentimiento general más o menos modificado, de los revolucionarios de Arequito”, dice Lettieri. ​

El 8 de enero, Bustos, como jefe interino del Estado mayor general, con el respaldo de los coroneles Paz y Alejandro Heredia, se puso a la cabeza de la sublevación general. En las horas siguientes, numerosos efectivos de los regimientos 2, 3 y 9, el batallón 10, y varios artilleros, se sumaron a la sublevación.

Mientras que el ejército de Fernández de la Cruz se desintegraba, una fuerza de entre 300 y 400 montoneros santafesinos atacó su campamento, pero fueron disuadidos por Heredia de mantenerse al margen del conflicto. Y envió a López y a Rondeau dos cartas, fechadas el 12 de enero de 1820, en las que explicaba lo sucedido, y su deseo de regresar al frente realista: “Las armas de la patria, distraídas del todo de su objeto principal, ya no se empleaban sino en derramar sangre de sus conciudadanos, de los mismos cuyo sudor y trabajo les aseguraba la subsistencia”.

Mientras la sublevación de Arequito fue casi tapada. El inicio de la “anarquía del año XX”, fue una genuina señal de la resistencia a la hegemonía porteña en procura de autonomía y una política de inclusión y equitativa.

“Arequito supone la rebeldía de los patriotas que combatieron al enemigo exterior y que en la Posta santafesina se negaron a entrar en las luchas internas de la República, concretamente se negaban a luchar contra las fuerzas del santafesino Estanislao López o todo otro ejército argentino que siguiera el ideario de José Gervasio Artigas”, señala Serrano, Mario,en su libro Arequito, ¿por qué se sublevó el Ejército del Norte?, publicado por la editorial Círculo Militar en 1996.

 

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