Yo no sé, no. Pedro me cuenta que tendría 5 o 6 años cuando escuchó un ¡uhh! que salía de varias ventanas que daban a aquel patio en el que estaba aquella radio, y que desde esa radio se escuchó “¡Pasó rozando el palo!”. Él pensaba cómo la pelota rozaría el poste. Quizás sería como las caricias de las buenas vecinas, que al verlo en la vereda apenas le rozaban el flequillo a modo saludo, como las sombras de las ramas contra el empedrado de esos gigantes plátanos de la calle Zeballos o como el último chancletazo de la vieja, cuando lo encontró entretenido acariciando las figus que pondría en juego en una arrimadita que se realizaba camino a la panadería.

Por entonces también escuchó, aunque mucho no entendía, esa voz del noticiero de Radio Colonia, que llegaba con lo justito rozando y entraba por la ventanas esquivando toda censura, que en el país, el acuerdo Perón – Frondizi pasaba rozando y salía afuera. Y que el golpe a Frondizi rozó y entró, pero pateado por los que querían y quieren una colonia con una economía exportadora sólo de materias primas.

De sexto a séptimo, con Pedro pasamos rozando. Quizás porque nos distraía tanto la redonda como las sonrisas y las miradas de esas pibas de barrio Acindar que rozando nos pegaban pero no entraban.

Pasaron un par de años y en Argentina, y en varios barrios de la patria grande (Chile, Uruguay) la pelota rozando entraba para el nuestro.

Comenzando las largas y sangrientas dictaduras, la radio y aquella voz de Ariel Delgado, a las 21 maso, esquivando censura nos informaba si rozando salía afuera o nos entraba con la crueldad de la pérdida de tantas vidas.

Por estos días, en que la radio cumple 100 y uno está atrincherado y que tiene algunos años, por ahí cerca de las 21 quisiera escuchar, después de andar esquivando y esquivando las operaciones de los medios que son afines al miserable coloniaje, una voz que salga de una radio de un patio y se vaya metiendo por todas las ventanas de la patria. Que nos empecemos a salvar, a pesar de tanto presagio de tormentas (y no la de Santa Rosa), y que de a poco la pelo, pateada por lo nuestros, rozando entre.

Eso sería, más que un roce, como si nos estaríamos acariciando con la vida.

 

Fuente: El Eslabón

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