Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Apenas se corrió la voz de que se aproximaba la salida de un libro nuevo de Virginia Ducler (Rosario, 1967), sacamos número y nos pusimos en la fila a esperar. No es una exageración, desde la publicación del libro de cuentos Los zapatos del ahorcado (Ediciones Revólver, 2014), y las nouvelles El Sol (Casagrande, 2016), Ducler dejó de ser una promesa para convertirse en una de las mejores narradoras del presente literario. El libro de la espera es Solo soy uno que llora, que integra la colección Confingere, del sello editorial de la UNR, y ahora llegó nuestro turno. La novela transcurre en un solo día, un domingo interminable de verano, en una casa quinta en las afueras de Rosario. Después de muchos años, los integrantes de una familia se reencuentran, tras un conflicto de intereses del pasado, para despedir el año en una especie de tregua. Parafraseando el texto de contratapa, hay reuniones familiares que son como dos frentes de densas nubes que chocan y forman una tormenta eléctrica. Y en efecto, gran parte de la novela transcurre en un clima de calma chicha en el que Ducler compone una auténtica escena teatral farsesca. 

El agobio veraniego, sumado a la fastidiosa presencia de los mosquitos, dan lugar a conversaciones banales que se repiten en loop, detrás de las cuales se va desarrollando la verdadera historia: el diario íntimo de Noelia, la protagonista. Diario que fue robado y, luego, 

pasado de mano en mano entre todos los presentes en la casa de fin de semana. Además de ventilar secretos propios y ajenos, o simplemente narrar lo no dicho pero recontra sabido de la familia, el diario incluye las transcripciones de las charlas grabadas que Noelia mantuvo con su abuelo, que en la cumbre de la senilidad empieza a recordar su pasado como soldado de la primera guerra mundial, en el frente italiano. “Nono, ¿qué pasó en la batalla de Montelo?”, es el disparador de la novela histórica, como refirió Roberto García en el prólogo, contenida en esta novela madre, polifónica, en la que los distintos géneros literarios y los nudos argumentales se enlazan en una narración que se sostiene y avanza a toda velocidad entre la intriga y el humor, abriéndose paso en un infierno encantador. 

Volviendo al prólogo de García, lo que más conmueve en esta novela es “la multiplicidad de los géneros trabajando mutuamente sus formas, imbrincándose en una búsqueda de la forma por venir. Un estilo que la autora viene componiendo, con la paciencia propia de quien sabe que su destino es literario”. Solo soy uno que llora es la segunda novela de Virginia Ducler, luego de la publicación de Cuadernos de V (Mansalva 2019), la autoficción en la que narra los abusos que ella y uno de sus hermanos sufrieron durante su primera infancia. Y si bien esta novela es una suerte de precuela de Cuadernos de V, es una obra totalmente distinta, en su densidad temática, en los elementos narrativos que la componen, y en su forma. Si se quiere, en Solo soy uno que llora se vuelve a recrear la premisa de romper el pacto de silencio familiar, pero claramente ya no a modo de denuncia o descargo, sino de parodia. En ambos casos, la narración busca transmutar el drama, lo siniestro y lo patético en una historia diferente, o sea, en una obra artística. 

Para eso hay que correr algunos riesgos, tal como hace la protagonista al asumir desde las primeras líneas del texto el rol de chivo expiatorio, a través de la escritura. Aquellas anotaciones personales de Noelia son un proyecto de novela porque, después de todo, la novela siempre es la novela familiar. Y ya se sabe que para zafarse o salvarse (incluso, a veces, para salvarlas a ellas), a las familias hay que traicionarlas un poco, o cuanto sea necesario.

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