Facundo Rivero

 

Hace más de doscientos años Simón Rodríguez, quien fuera maestro de Simón Bolívar y gran pedagogo latinoamericano, planteó una máxima que sigue tan vigente como en aquellos años donde la emancipación de la colonia española nos proponía pensarnos en “americano”: Inventamos o erramos.

Hoy, a raíz de esta nueva realidad inédita e inesperada, nos vemos convocados a repensar nuestra práctica o a fracasar en el intento de aplicar métodos y formas de una escuela que ya no existe para alumnos que ya no existen. Pero esto, lejos de desesperarnos, nos motivó a pensar una nueva escuela, una nueva forma de intervenir en el vínculo pedagógico que les permitió a los alumnos pensar y pensarse, en vez de solo ser consumidores de noticias falsas y estereotipos frívolos.

Nada fácil la tarea que se nos propone y más en un contexto en el que se cocinan editoriales de los medios para demonizarnos como trabajadores de la educación, para separarnos de la comunidad educativa. Si bien es cierto, que algunos padres se cruzan de vereda son más los que han visto el esfuerzo y compromiso con el que hemos sostenido a la educación pública en este contexto, y es con ellos con quienes debemos contar para continuar con esta hermosa tarea de educar al soberano.

La escuela, que a veces nos parece un monstruo enorme y atávico, que arrastra con su gran inercia las individualidades, instaurando ritos, modos, formas, rutinas y sentidos (con lo bueno y malo que conllevan); de pronto, se detuvo. Entonces, los acólitos de las circulares no tuvieron consignas que seguir, los verticalistas que apuestan a recetas y manuales se encontraron sin instrucciones, los tecnócratas y eruditos, (aunque ahora nos vendan sus novedades como pan caliente) no supieron, a priori, cómo explicar que debía ser de “la escuela” en semejante lío. Y fue allí, donde los maestros de escuela, los profes, como en tantas otras ocasiones, se pusieron la patria al hombro y salieron a dar una disputa de sentido a la catástrofe, pero esta vez, sin salir. Como en cada inundación o pedrada, como en cada golpe de mercado a los bolsillos del pobrerío ensayamos ese “enseñar en Pantuflas” que nos acercó a las familias y nos permitió, más bien nos obligó, a inventar o errar.

¿Cómo hacer para que entiendan en un decir freireano que las cosas “No son así, de una vez y para siempre, sino que están así” y que siempre se puede mejorar? ¿Cómo hacer para que el universo simbólico que traen sea tierra fértil para pensar? ¿Para vencer el miedo? ¿Para animarse a soñar?

Hoy y ahora estas preguntas nos marcan el camino para que la materia prima de nuestra práctica sea el amor, y la poesía sea nuestra aliada para ponerle palabras al dolor, para dejar afuera la desesperanza, para que la queja constante y el odio inoculado no le gane a la hermosa tarea de enseñar y aprender. El derecho a decir, la poesía, robada para sí por los poderosos es tan nuestra como el sol y el aire.

La escuela no es el edificio y en este oficio de enseñar de corazón, será en casa o en el salón, pero que haya poesía… y que haya un montón. Que desborden sueños, murales y huertas, rondas de palabras, rayuelas y más. Que esté la memoria, como nuestra abuela, cuidando el acervo de lo que vendrá.

Comparto estas rimas que escribí para pensar juntos este tiempo y no olvidar que la salida siempre es colectiva.

 

Desacralización y oficio

 

Un gigante enorme

Con los pies de barro

Parece esta escuela

Mendiga salarios

 

Cualquiera le pega

Y la piensa mal

La ofende la radio

La miente el canal

 

La hace pedacitos

Borrando memorias

Un estado ausente

Que niega la historia.

 

Pero tanto agravio

no llega a mellar

La práctica honesta

Que ha de prosperar

 

Porque ser docente

siempre fue luchar

Aunque ahora nos toque

Inventar o errar

 

Inventar posibles

Modos de encontrarnos

Inventar un mundo

Que invite a soñar

 

Porque si hay escuela

Seguro habrá patria.

Que sea para todos

Un mejor lugar

 

Donde ningún pibe

gurisito o chango

Se quede sin chance

Y pueda estudiar

 

*****

Pandemia

 

Adultos niños…

Heridos de soledad…

De mal abrigo…

De sociedad…

Mirados sobre el hombro…

Olvidados adrede…

Apilados en barrios…

Viviendo sin papeles…

Caminando a la escuela…

Barbijos de manteles…

Y medias con ojotas…

Que no han pisado hoteles…

Para estos… mis alumnos…

Yo no existo en las redes…

Yo soy de carne y hueso…

Por eso que me duele…

Sentirme tan inútil…

De la ayuda que quieren…

Y la que necesitan…

Porque a ellos les deben…

El futuro robado…

Y el pasado que duele…

Sigo siendo un maestro…

Y el esfuerzo no cede…

Pero no lo mismo estar…

Que un mensaje en las redes…

Nos falta la mirada…

El abrazo que enrede…

El hombro que sostenga…

La sonrisa que puede…

Cambiar en un segundo…

Los trágicos destinos…

Trazando en las carpetas…

Otros buenos caminos.

 

*****

Sindicato

 

Que el que sepa se calle,

el que dude pregunte,

el que tema se anime,

el quiera se arrime,

el que pueda se exponga,

el que sueñe proponga,

y el que crea no imponga

su verdad rebelada.

En horizonte nuevo,

con la tierra labrada,

ya no importará nada

quien levante la voz.

Solo estarán afuera,

los que sigan creyendo,

que la culpa la tienen

esos pibes mugrientos

con la niñez atroz.

 

*Docente de 5° grado de la Escuela N°798 Vicente A. de Echevarría y de la Escuela de Adultos N°64 de Barrio Tío Rolo.

 

 

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