Día de la lealtad

 

“¡Gracias Evita! por todo lo que me brindaste con tu reconocimiento a la dignidad del trabajo de la mujer y con la ley del voto femenino”. Eso escribió Agustina -mi mamá- en el libro de visitas de la casa de Los Toldos donde Evita pasó su infancia. Era abril de 2016, hacía poco que había asumido Macri la presidencia y ya había hecho más daño al país que el que se presagiaba antes de asumir. Con ese viaje se trataba de cumplir con un paseo postergado a un sitio donde se atesoran recuerdos del peronismo, pero más que nada “hacer algo de resistencia, algo de militancia” decía mi mamá con sus 85 años–  “para frenar a este tipo que viene a destruir todo”.

La historia de mi mamá con el peronismo arranca con el peronismo mismo. Primero cuando escuchaba a su papá que era changarín en el campo contar que “algo pasaba con un tal Perón”, luego del “romance” con Evita y al que terminó por abrazar el 17 de octubre de 1945 cuando estuvo en Plaza de Mayo. Eso fue cuando tenía 14 años, por razones médicas estaba cerca de Buenos Aires y un primo la invitó a ir con él a la plaza, “a ver qué pasaba con Péron”. Ese día fue revelador para el resto de su vida.

Agustina supo lo que era festejar una navidad en familia gracias al peronismo. Por la sidra y el pan dulce que les regalaban, pero más porque su papá pasó de ser changarín a tener un trabajo fijo; de vivir en una pieza de inquilinato a poder alquilar una casa, y más adelante a tener la propia. A tener ese arbolito de navidad que tanto deseaba y a recibir los regalos que les mandaba la Fundación Evita.

Apenas pudo se afilió al partido Justicialista. Claro que en su casa hubo gran escándalo cuando se enteraron. Y aunque les hizo creer que sí, ella nunca renunció. Después de aquel 17 de octubre, cada vez que intentaba preguntar o hablar de política, su mamá le pedía que “por favor no pregunte, que no hable, que no diga nada”, para que no se enoje su padre. Pero ella quería saber por qué tenía que lavar los pantalones de sus hermanos o no podía seguir estudiando.  Traducido era: por qué esa era una tarea de las mujeres, por qué la resignación y el silencio.

Evita le ganó el corazón con su belleza, por plantarse ante los opresores, pero más por reconocerles a las mujeres -como escribió en Los Toldos- sus derechos de trabajadoras y sus derechos políticos. Agustina estuvo entre las primeras mujeres que votaron en este país y nunca, nunca dejó de votar al peronismo.

Mi mamá solo terminó la primaria. Quería seguir estudiando. Y lo hizo en una escuela nocturna de oficios que abrió el peronismo, donde aprendió dactilografía, un certificado que le abrió las puertas a un trabajo estable. Ya para ese entonces era también una militante feminista. Claro que eso era de hecho, recién empezó a nombrarse como tal en las charlas con su nieta Laura. No era raro encontrar estampitas de la virgen de San Nicolás, junto a fotos de Evita o de Cristina y un pañuelo verde, guardadas o exhibidas con el mismo amor.

Uno de los modos de contar el peronismo es por las anécdotas que lo reviven todo el tiempo. No de algo que pasa por las redes sociales. Son relatos de emoción, de dolores pero más de alegrías. Como cuando mi mamá contaba que se pasó un día entero parada sobre la misma baldosa haciendo la cola para despedir a Perón. O cuando lo fue a recibir a Ezeiza, con su prima Evita, y no solo se le gastaron los tacos de los zapatos, sino que terminaron tiradas en el piso resguardándose de las balas. O la vez que fue a verla a Cristina, antes de ser elegida presidenta, se sentó en primera fila, vino alguien y le dijo que “ese lugar estaba reservado”, y ella enojada le respondió: “Desde cuándo en un acto peronista se reservan lugares”. Y allí quedó firme, sin que nadie lograra moverla de la silla.

A los 80 se anotó para aprender computación en los cursos de la Ansés. “Gracias a Cristina”, decía aunque a pesar de haberlo aprobado no quería comprarse una computadora porque “el teléfono era mejor”. Y era así. Todas las tardes nos hablábamos por teléfono, por lo general cuando yo regresaba de mi trabajo. Eso sí las charlas tenían un límite que manejaba ella. Recuerdo una vez que la llamé apenas me bajé del colectivo y me dijo: “Nena, ¿es algo urgente? porque está por hablar Cristina en cadena nacional y no me la quiero perder”. Y sin esperar respuesta me cortó.

Este 17 de octubre, además de ser un hermoso día de lealtad peronista, es el Día de la Madre. Para mí, el Día de la Madre Peronista.

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