Crudo inauguró dos muestras: Pulso helado, una exposición colectiva que reúne el trabajo de Taller Compartido, y La víspera del Cambio, una muestra individual de Francesco Spadoni curada por Flor Meyer.

Para Taller Compartido los artistas diagramaron proyectos individuales y compartieron el espacio de galería durante todo el año pasado. Pulso Helado, en tanto, es el resultado de un proceso que fue acompañado, a través de diversas instancias de formación, por reconocidos artistas, curadores y gestores culturales de la ciudad: Yuyo Gardiol, Carlos Herrera, Ana Gallardo o Clarisa Appendino, entre otros.

Al ingresar a la galería, si levantamos la vista, podemos ver un objeto que se clava en la pared como una punta de flecha. Es la obra La sombra es lo que revela la forma exacta, de Atroky, una escultura de gran formato hecha con bolsas de plástico plegadas y modeladas por termofusión. Una obra que se debate entre la liviandad y la pesadez y en la que lo bidimensional y lo tridimensional se ponen en tensión con la aparición de un plano pintado que se proyecta en la pared a modo de sombra pero que no se ajusta del todo al modelo que debería copiar.

Papeles plegados que generan un juego sutil de luces y sombras casi imperceptibles conforman las obras Aproximaciones al tao y Lo que es arriba, es debajo, de Gustavo Escalante. Sus títulos parecen dar una pista sobre la estética oriental que guía un proceso en el que el vacío y la interacción de los opuestos (lo cóncavo y lo convexo, por ejemplo) permiten a la obra emerger.

En la sala principal una gran tela amarilla dispuesta sobre el piso es la protagonista de la acción colectiva que Santiago Canción realizó en el Museo de Arte Contemporáneo. Una tela que se desplegó desde gran altura y que despierta una serie de asociaciones dispares: los ritmos de la respiración, la organización comunitaria y el vínculo con el pasado.

Reproducido en el descanso de la escalera que lleva al primer piso, un video muestra una escena donde un rollo de papel se mueve al compás del viento sobre un paisaje desolado. Es la obra Shhh de Lucía Baratero. Un encuentro  fortuito, un señalamiento, que inunda la sala con su ruido de fondo. 

Más adelante nos encontramos con formas que simulan contornos fluviales confeccionados con materiales naturales: es la obra Un jardín que se aniquila es un jardín que transmuta, de Maga González. Es difícil no pensar en el grave problema ambiental de los humedales. En sintonía, Luisa Lerman presenta una enorme pintura hecha sobre una silo bolsa desarmada. Una postal inmensa del horizonte de la ciudad vista desde las islas donde el agua domina un primer plano sobrecogedor.

Para Emi Díaz, el agua también es un elemento central. En sus pinturas de personas sumergidas las imágenes fugaces son la regla. En esta ocasión, su tela enfatiza el movimiento ondulante a través del montaje y una luz rasante de color cyan.

En Acueducto, Florencia Silva construye un sistema de tuberías diseñado para llevar agua al primer piso de la galería. Un site-specific que señala una carencia y vuelve a la obra una forma de protesta poética.

Las obras de Julian Sileiko están llenas de estímulos visuales y sonoros. Su Paisaje Micro Residual, por ejemplo, es una animación con elementos de la cultura popular de principios de este siglo acompañada del sonido de los sintetizados. Reconocemos objetos que se volvieron una marca generacional: los monitores de tubo, los íconos del Ares y el MSN y hasta las Esferas del Dragón del popular animé. Sus obras generan entornos festivos y a su vez enigmáticos. Suichu, en cambio, nos presenta una serie de  manchas oscuras que se suceden sobre tres lienzos simultáneos. Son formas densas, cargadas de peso, que por momentos traen a la memoria piedras enterradas o dispersas sobre el suelo.

En el dibujo-instalación de Mauricio Cerbellera, la carbonilla se despliega sobre pequeños papeles y se desborda hacia la pared llenando el muro de marcas grises. Aquí, los motivos aluden a un ciclo natural no esquematizado y descriptivo sino en clave poética y sugestiva.

El Monstruo dulce dark, de Emilia Naistat, es un enorme ser emergiendo de la pared, casi un decorado teatral, su baba, hecha en cartapesta, gotea más abajo reforzando su ferocidad artificiosa.

Nicolás Stancich participa con dos obras que interactúan. Por un lado, una pintura de una madreselva y, por otro, un papel impreso de gran formato en el que se repite el mismo motivo floral por medio de un patrón ortogonal (el resultado puede recordar al de mantel vertical). Estas dos madreselvas motivan un interesante diálogo que retoma el siempre vigente tópico del original y la reproducción.

La Víspera del Cambio se llama la muestra individual de Francesco Spadoni en la sala 2. Y como reza el título, frente a sus pinturas esperamos que algo ocurra de un momento a otro. Ingresamos a una realidad cambiante e ilusoria. Una realidad que no deja de insinuar un movimiento frenético. En estos mundos-paisajes la figuración está apenas sugerida. Hay situaciones simultáneas y disímiles que recuerdan El Jardín de las delicias de El Bosco. Ciertas piezas incluso parecen universos subacuáticos inexplorados plagados de pequeñas marcas en las que creemos cifrar una simbología secreta. Acompañan a estas obras pequeños carteles manuscritos con frases o títulos que abren aún más la interpretación: “No es por ahí”, “manifestaciones del karma”, “Paisaje del Hades”. Como espectadores quedamos gratamente varados, a la orilla de la conceptualización, pero sin poder atravesar la corriente.

“Pulso helado” puede visitarse hasta el 26 de marzo y Vísperas del cambio estuvo hasta el 23 de abril, de miércoles a viernes de 16 a 20 en Crudo Arte Contemporáneo (Italia 1044).

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