Del Día de la Raza al Día del Respeto a la Diversidad Cultural, un salto cualitativo que aún no se refleja en nuestra sociedad. Este 12 de octubre, pensemos en los orígenes, en los valores de los distintos pueblos originarios que no sólo fueron robados, sino que fueron arrancados de sus características culturales.

El 12 de octubre, que en la Argentina ha sido llamado el Día de la Raza, lo tradicional ha sido –insólitamente– como la historia y la política en nuestro país han festejado la fecha como celebrando la conquista, es decir, el genocidio de los pueblos americanos por las grandes potencias europeas. Esto fue así hasta que en 2010 se decidió cambiar, y por ley se estableció que el 12 de octubre sería el Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

Esto es muy importante, especialmente en un país como el nuestro, con una presencia de pueblos originarios que hoy son motivo de discusión en los medios. Además, también por la influencia de la inmigración: buena parte de la sociedad argentina es hija de la inmigración. Sin embargo, un estudio hecho hace dos años revela que más del 52 por ciento de los argentinos tienen sangre indígena. Es decir que integramos una sociedad mestiza: dos sociedades, o dos países, como ya lo advertían Juan Bautista Alberdi y Carlos Pellegrini.

Argentina es un país hacia el océano, con la Ciudad de Buenos Aires y su fuerte clase media –donde a los movimientos populares les cuesta mucho ganar electoralmente– y un país del interior, el que mira hacia Latinoamérica, el país más profundo donde se conservan viejas tradiciones de los pueblos originarios y, en algunos casos, aún se discute respecto de las tierras que les han sido quitadas.

Lo interesante de esto es que es un progreso notable, desde el punto de vista de la ley, el hecho de que se respeten las diversidades culturales. En la realidad es bastante complicado de llevar a cabo, y realmente por injusticia social, la clase media del litoral y especialmente de Buenos Aires, no ha hecho mucho caso a esto. De hecho, hay sectores de la sociedad argentina que son profundamente racistas.

Esto se revela en lo que vamos a hablar otro día con respecto al 17 de octubre del ‘45. Pero recuerdo que María Rosa Oliver, compañera de Victoria Ocampo en su visión oligárquica de muchas cosas, aunque era admiradora del Che, decía que cuando ella asistió al 17 de octubre encontró en las calles gente que no había visto nunca, que no sabía de dónde había salido. Se sorprendió al ver esas personas de tez morena, de ojos aindiados, de lacio cabello negro, de manos grandotas. Esos mismos hombres que Ricardo Carpani llevará a la plástica en toda su obra. Esto le decía Oliver a un compañero, del Partido Comunista, con el que ella simpatizaba. Y, por supuesto, revelaba al hacerlo un desconocimiento total del suceso que se estaba produciendo: “¿Qué es esta gente, de dónde salió, cómo han salido así a la calle, posiblemente, seguramente, sin bañarse, y algunos con ropas con grasa propia de trabajo?”

Aquella mirada todavía existe en Buenos Aires. No se habla ya del cabecita negra, pero sí de “los negros”. Más de una señora de la clase media se molesta cuando tiene algún conflicto con un hombre que tiene rasgos del interior, rasgos que a mí me han resultado una enseñanza. Cuando uno camina por el Gran Buenos Aires dice “estos son los hombres de Carpani que se han largado a andar”. Esta referencia, está discriminación, persiste.

Lógicamente, el propósito de la ley del respeto a la diversidad cultural es que no se pierdan los aportes fundamentales que provienen de aquellas personas ligadas a la vieja Patria Grande, es decir, a las tradiciones. Los aportes de Atahualpa Yupanqui, por ejemplo, o de Luna, el poeta del Interior, no tanto de Felix, que era radical.

Esa actitud del rechazo se ve cuando hay algún choque, por ejemplo, en el que un señor bien vestido baja diciendo “negro de Tal, Tal por Cual” a un colectivero. Está ligado a un fenómeno que persiste en el mundo. En Estados Unidos hoy es más claro que nunca con todo lo que ocurrió en los últimos años; las actitudes racistas, la supremacía blanca. Aquí mismo, la gente tradicional piensa como se pensaba en años ya pasados. Ser blanco, de ojos azules y rubio, era ser británico y ser británico era ser gentleman, es decir, ser hombre correcto y civilizado, como diría Sarmiento.

Este fenómeno persiste por la influencia de los medios, la influencia de la escuela, donde la revisión histórica ha sido muy pobre. Se logra en algunos docentes jóvenes que tratan de imprimir una interpretación distinta, pero los programas siguen siendo los viejos programas de la concepción mitrista y sarmientina de “civilización o barbarie”.

Foto: Télam

Yo creo que Argentina no tiene destino si no es dentro de Latinoamérica, esto es evidente. Ningún país de Latinoamérica puede salir solo de todos sus problemas. Entonces, la cuestión fundamental es reconocer nuestros orígenes: con las características propias y singulares; no una sola identidad original sino una cantidad de variedades, de etnias distintas. No se habla de razas porque no tiene sentido, incluso tuvieron peleas entre ellos, como los mapuches y los araucanos.

Es un tema bastante complejo y hay que estudiarlo desde una perspectiva clara: América Latina es una sola patria, despedazada, colonizada por los grandes imperios. Desde Tierra del Fuego hasta México debemos ir conformando lo que se ha avanzado. Ya advirtió Perón que el año 2000 nos iba a encontrar unidos o dominados. Nos ha encontrado dominados. En la senda de la unidad regional también se destacó Nestor Kirchner, con su apoyo al Unasur, a la Celac y lo que luego fue destruido por la política de Macri.

Cuando celebremos este 12 de octubre, hagámoslo pensando también en el futuro, en los orígenes, en los valores de los distintos pueblos originarios que no sólo fueron robados, sino que fueron arrancados de sus características culturales.

Para terminar, yo tengo una pequeña anécdota de mi ejercicio profesional como contador, de casi 40 años. En determinado momento en el que necesitaba tener una colaboradora en el estudio contable, tomé a una chica de tez morena que venía del interior y era muy capaz, muy capacitada. Mis clientes eran clientes chicos, pero uno de ellos –que era el único que más o menos tenía cierto poder económico– me dijo: “Pero contador, no queda bien que acá en el estudio haya una persona de rasgos así indios”. Le digo: “Mire, es la mejor empleada que he tenido”.

Esto termina dos años después cuando, enfrentando una verificación impositiva, esta muchacha se manifestó ante este señor con una capacidad tal que me dijo: “Yo le pediría que me la pase a mí y la paso a mi empresa”. Le digo: “Pero, ¿no le molesta que tiene tez morena y ojos aindiados?”. “No, no”, me dice, “a pesar de eso, que crea que hay cierto resquemor, reconozco que es muy capaz”. Esos capaces son los que hicieron el 17 de octubre, y los que hicieron las grandes gestas de la clase trabajadora.

Fuente: Télam

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