13 de julio de 2014. Es de mañana, en Brasil, y Di María, tendido en una camilla, recibe una carta.

—Ángel, mirá, este papel viene del Real Madrid —le dice el médico de la Selección Argentina, Daniel Martínez, mientras se apronta para practicarle la infiltración en la pierna que le permita estar a disposición del entrenador Alejandro Sabella de cara al partido de la tarde, ante Alemania, por la final del Mundial. El contenido de la carta del club español dueño de su pase, según le anticipó el médico, no era para nada alentador.

—Dicen que no estás en condiciones de jugar. Nos están forzando a que no te dejemos jugar hoy.

Como llegó a oídos de la dirigencia madridista la lesión de Ángel Di María, a éste también le llegó la noticia de una posible venta. Y para realizar la millonaria transferencia –y así contratar al colombiano James Rodríguez–, lo querían sano y salvo.

—Tirala. El único que decide acá, soy yo —responde el futbolista sin siquiera pegarle una ojeada. La carta terminó rota y en la basura, como la ilusión de Di María por jugar ese partido, que luego se perdió.

Ocho años y pico después, nuevas lesiones y nuevos achaques buscaron jugarle otra mala pasada en su cita mundialista. Pero esta vez, la ilusión no terminó rota ni fue a la basura. La ilusión jugó, metió un gol y se expresó en lágrimas.

27 de junio de 2016. “Cómo te vamos a convencer nosotros que somos unos muertos…”, comienza la carta que el joven de 15 años publica en sus redes sociales, consternado por la renuncia de su ídolo Lionel Messi a la Selección Argentina, tras perder la tercera final al hilo. “No es para mí”, explicaba el rosarino, no al chico sino al mundo, sobre su decisión tomada en caliente. “Mirémonos al espejo y preguntémonos si nos exigimos a nosotros mismos el 1 por ciento de lo que le exigimos a este muchacho que en verdad ni conocemos”, le responde el pibe en su carta publicada en Facebook a un Lionel Messi que no tiene ni noticias de ella.

Y le dice más. Le dice que haga lo que quiera, pero que piense en quedarse. Habrá un experimentado periodista que, luego, también le pedirá que piense. Pero que piense en rever su decisión cuando Messi ya había vuelto.

El chico, de las inferiores de River, le pone condiciones: le dice que se quede, pero no a cualquier precio, sino “para divertirte, que es lo que esta gente te ha quitado”. Porque “cuando vos te divertís –le sigue diciendo, sin que Messi sepa de esto– no te das una idea lo que nos divertimos nosotros”.

Lo que no le dice, por el simple hecho de que aún no lo sabía ni lo sospechaba, es que a él, al dueño de esas líneas, aún le faltaban cuatro años para debutar en la Primera de River, y que le faltaba un poquito más para ser cedido a préstamo a Defensa y Justicia por falta de lugar en el Millonario. Menos iba a saber, y por lo tanto tampoco se lo dice, que le faltaban cinco años para regresar, ahora con lugar, al club de sus amores, y que al año siguiente, o sea en 2022, tendría su chance en la Selección Argentina, la misma a la que su ídolo había renunciado. 

Lo que Enzo Fernández menos imaginó fue que jugaría el Mundial de ese año, y que compartiría (plantel primero, y luego equipo titular) con el destinatario de su carta. Pero lo que nunca se le cruzó por la cabeza aquella vez, ni en sueños, ni dormido, ni despierto, fue que en ese mismo Mundial que ganaría, iba a ser elegido mejor jugador joven. Y que a su lado en el escenario iba a estar Lio Messi, elegido mejor jugador a secas.

20 de diciembre de 2022. El tipo ya consiguió lo que se propuso y lo que tantas veces se le negó. Escribe una carta que pronto le será entregada a millones vía redes sociales. Con la inspiración de la Copa del Mundo, arranca por Grandoli. Es su barrio natal, donde tiró las primeras gambetas. “Hasta el Mundial de Qatar pasaron casi 30 años”, escribe después. Recuerda a sus ex compañeros que murieron en el intento por levantar el preciado trofeo. Recuerda también al Diego, que lo alentó tanto en vida como después de ella. Incluso, cuando las críticas superaban a los elogios.

Cerró la carta con agradecimientos. Aún le faltaba sentir el calor, no sólo climático, sino el calor popular de la calle. De los kilómetros y kilómetros de calle. Cerró con una especie de posdata: “no traten de entenderlo. Argentina, con lo bueno y con lo malo, te amo”. Lionel Messi.

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