El periodista y escritor Eliseo Trillini, de extensa trayectoria en la cobertura de lo que se conoce como el “fútbol del interior”, acaba de publicar el libro Héroes y villanos. Ídolos que no llegaron a Primera, árbitros en venta, mucho dinero en juego y otras yerbas.

Hay una leyenda que cuenta que un árbitro de la capital llega a un pueblo para dirigir la final de una liga regional. Lo recibe el presidente comunal en la terminal de ómnibus y cuando recorren las calles el hombre de negro observa que todo el mundo va armado. Mujeres, ancianos, niños, todos armados. Preocupado le pregunta al funcionario adónde va esa gente y éste le responde con mucha parsimonia que van al estadio y le aclara: “Acá la gente tiene la costumbre de celebrar los goles de nuestro equipo a los tiros, pero no pasa nada, quédese tranquilo que disparan al cielo”. “Ah”, contesta el juez, y repregunta azorado: “Y cuando meten goles los visitantes qué pasa”. A lo que el jefe del pueblo responde con mirada pícara: “Acá no meten goles los visitantes”.

Esta situación tranquilamente podría ser verdad y haber transcurrido en cualquiera de las ligas de fútbol que se disputan a lo largo y ancho de la Argentina. “Me voy a jugar al campo que me pagan por goles convertidos”, “Me retiro y me voy a jugar a mi pueblo para despuntar el vicio y juntar una buena moneda”, son frases por demás de cotidianas en el ambiente del más lindo de los deportes, ya sea de jugadores jóvenes que ven que no van a llegar a Primera o de aquellos que ya están tirando las últimas gambetas y quieren guardarse las fichas finales para gastarlas en sus localidades natales. Eliseo Trillini, periodista y escritor nacido en Fighiera –a unos 37 kilómetros al sur de Rosario–, es uno de los que más sabe del “fútbol del interior”. Este hombre que se enfrentó a varios poderosos como el ex presidente de Newell’s Eduardo López y a dueños de medios de comunicación como Vila y Manzano y el mismísimo diario La Capital, del que supo ser referente de la sección Deportes, acaba de lanzar Héroes y villanos, libro con el que vuelve a recorrer los pueblos en los que disfrutó y sufrió de eso que a él le gusta denominar como “el verdadero fútbol, el que llevamos en nuestra sangre”.

El Muro de Berlín

“Después de la experiencia del libro sobre la corrupción y el poder de los medios (se refiere a La mafia detrás de la pelota, libro que lanzó en julio de este año), me largué con esto, con lo que trabajé durante más de 10 años de furia con el fútbol del interior, difundiéndolo en lugares privilegiados, como El país del interior, por Canal 3; El interior del fútbol, por Canal 5 y también pusimos en marcha Las páginas del fútbol del interior, en el diario La Capital. Son lugares importantes para difundir el fútbol nuestro, el verdadero fútbol, el que llevamos en nuestra sangre”, dice Eliseo Trillini respecto del surgimiento de su flamante publicación. Y detalla: “Fui eligiendo a los que yo considero los mejores jugadores. Ángel Bracesco, que es el máximo goleador histórico del fútbol del interior y fue campeón en 10 clubes distintos; Cristian Calabrese, que es ídolo total en Alianza de Arteaga; el Tigre Cabral, otro goleador extraordinario que jugó en la Totorense y en la Casildense, y el caso del Beto (Leandro) Armani y lo mal que le fue cuando intentó en el fútbol profesional, cómo lo destruyeron. Tras jugar en Central Córdoba, Newell’s y Tiro Federal, decía que el jugador de fútbol es como una caja registradora, como un cajero automático. Después está el caso de Ruben Miño, que en el 96 pega el salto y siendo ídolo total de 9 de Julio, el equipo de la Sole (Pastorutti), se va a Belgrano de Arequito. Eso provocó un hecho inédito en un pueblo, la bronca de la gente de 9 de Julio, no lo saludaba nadie, le hicieron el vacío, porque seguía viviendo en Arequito. Se fue a Belgrano porque lo fue a buscar el Zurdo Sampaoli. Y hay una historia muy linda de un personaje llamado Pucho. Resulta que a Belgrano era muy difícil ganarle en la cancha de ellos. Se juega la final con Atlético Pujato (que no es el club de Scaloni) y empatan el primer partido. El sábado previo al partido de vuelta, estaba todo el mundo preocupado, analizando y pensando de qué manera se le podía ganar a Belgrano, que tenía un equipazo. Y aparece un borrachín dando vueltas por la sede y dice: «Muchachos, si cayó el Muro de Berlín, cómo no va a caer Belgrano en su cancha». El borracho se caía a pedazos. «Andá para allá, Pucho. Dejá de joder», le decían. Al otro día gana Pujato, con un gol agónico de Bracesco, y Pucho pasó a ser Gardel, ídolo total. En la fiesta de los jugadores, también se incluyó a Pucho. Cambió la historia”.

Foto: Manuel Costa

Trillini es una máquina de sacar recuerdos de la galera. “En otra final, Alianza de Arteaga recibía a Centenario de San José de la Esquina, en 1996. Un calor infernal. Alianza nunca había salido campeón, imaginate el clima que había. Dirigió Horacio Elizondo. Se armó un escándalo previo al partido, porque después me enteré que el arquero de Centenario tenía una virgencita que ponía dentro del arco y fueron los de Alianza a robársela, así que se agarraron a trompadas adentro del arco. Elizondo echó a uno de cada equipo. El partido también estuvo picante y dio 10 minutos de alargue. Cuando sale campeón Alianza por primera vez en su historia, entra un hincha de los de Alianza y le pega una patada a Elizondo. «Hijo de puta, lo que nos hiciste sufrir», le dijo. Elizondo corriendo, la gente festejando, la policía tiraba balas de goma, gases lacrimógenos. Era una película de Fellini”.

Somos héroes anónimos

Hay un jugador, de los cientos que Eliseo recuerda con lujo de detalles, que es su debilidad y cada vez que puede lo nombra y lo homenajea, como hizo en la presentación de su libro anterior: José Luis Pichino Salvatori, de Los Andes de Alcorta. “Era un crack, completo. Había hecho inferiores en Central. Hoy el estadio de Los Andes lleva su nombre, murió de un ataque al corazón, muy joven, en un partido de veteranos. Era un genio, de hablar con el público. Hacía un show, se peleaba con la gente de afuera en pleno partido. Una vez uno le gritó algo, y Pichino le dijo: «Pero callate, si vos tenes que andar en un camión jaula por los cuernos». Todo mientras jugaba. Otra vez se le acercó a un árbitro y le preguntó: «¿Usted puede correr con un dedo en el culo?». Y ante la atónita mirada del referí, le sacudió: «Fíjese bien, porque en cada córner el defensor de ellos me mete el dedo en el culo». Al primer córner después de la advertencia, el árbitro lo vio y lo echó”.

A la hora de rescatar futbolistas que pasaron del campo al profesionalismo, Trillini menciona al Patito Santiago Raymonda, que jugó en México y en Bolivia además de varios clubes argentinos. “El papá, en el 95-96, me preguntaba qué podía hacer para que su hijo llegara a Primera. Le dije que se la tenía que aguantar. Llegó a Central Córdoba, ahí maduró y empezó su carrera”, sentencia, y agrega a Martín Morel: “Cuando jugaba en Atlético Chabás, la hinchada ponía una bandera que decía: «Bielsa, Morel es argentino». Se lo llevan a Caruso Lombardi, lo prueba, y cuando lo ve jugar le dice que es el nuevo Riquelme. Ahí queda en Tigre y empieza su carrera”. 

Y a la hora de desempolvar a futbolistas que decidieron culminar sus carreras en el fútbol del interior después de haber llegado a Primera, se acuerda de Claudio Baravane, que jugó en Newell’s, en el Tampico Madero de México y varios clubes más antes de regresar a su Alianza de Arteaga; Ricardo Lunari con su vuelta a Centenario de San José de la Esquina, Fabián Garfagnoli que vino de grande a Fighiera, Jorge Gabrich que volvió a Chovet y el Colorado Lussenhoff, que a los 38 años consiguió darle el ascenso al Argentino B a su querido Sportivo Rivadavia de Venado Tuerto.

Pero Eliseo también fue testigo privilegiado del crecimiento institucional de varios clubes. “Vi el nacimiento y crecimiento de los dos clubes que más me sorprendieron, que fueron Totoras Juniors, que no tenía nada, y Sportivo Las Parejas, cuya historia es digna de contar porque arrancaron con cero pesos en los 90 y a partir de ahí, cada campeonato que ganaban, su presidente les decía a los jugadores: «Ustedes ganen campeonatos, que yo consigo ladrillos». Y mirá lo que logró, hoy es una de las potencias del interior de la Provincia”.

Antes de despedirse, Eliseo, fiel a su estilo, se viste de héroe y de villano: “Este libro es como rendirle un homenaje a ese fútbol del interior que mamé de chico. Si lo de Rosario Central y Newell’s es muy particular, el campo no tiene nada que envidiarles. Acá hay muchos héroes anónimos. Y villanos. Hay un presidente de un club que patentó una frase que dice: «Del gobernador para abajo todo se compra. Y entonces, cómo no se va a poder comprar un árbitro». Así que hay varias historias con respecto a eso”.

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