Yo no sé, no. Graciela apareció con dos bolsitas salvadoras llenas de piedritas para los encendedores. Hacía un par de semanas que no se conseguían. Había escasez de chispitas y era una semana húmeda y fría de julio. Con lo que trajo Graciela teníamos para un par de semanas y los carusitas iban a chispear de lo lindo.

Laura estaba contenta porque en el club Las Palmeras venían unos pibes y unas pibas que, entre otras cosas, bailaban y hacían zapateo americano. A ella le gustaba y decía que cuando bajaba la luz, había una parejita que “sacaban chispas cuando bailaban”. 

José se había comprado un balde y una cuchara nuevos. Le estaba dando lindo al trabajo de albañil y cuando los lavaba raspaba la cuchara y hacía salir chispas del balde. 

A Tegui todos le llevaban las motonetas porque tenía una vista que ya en la segunda chispa sabía el estado de la bujía y te decía si había que cambiarla o simplemente limpiarla.

Isabel y María, los jueves y a veces también los viernes, se iban hasta el monte Bertolotto que estaba por Uriburu y Avellaneda. Decían que a pasitos de ahí había un pozo donde una vez hicieron fuego y todavía seguían saliendo chispas. María andaba con uno de barrio Acindar y decían que Isabel tenía un novio por ahí, así que usaban esa excusa del chispaje para ir a ver sus amoríos. 

Juan Carlito y el Huguito vinieron preocupados porque por Crespo dos cables se estaban tocando. “Hay un derroche de chispas –decía Huquito, el más chico del grupo–. Cuando se corte eso se van a terminar las chispas”. “Cuando se corte nos quedamos sin luz –le dijo Tamba– así que mejor preparémonos”.

Al rato un viento terminó con las chispas y estuvimos a oscuras dos horas y pico.

Mónica y Marta, mirando al cielo, decían que se veía mejor porque estaba más oscuro, estaba limpio. “Seguro que hay vida en el cielo porque está lleno de chispas, y donde hay chispas seguro hay vida”.

Carlos fanfarroneaba con que cada vez era mejor soldador. A veces soldaba sin careta y decía: “Si le encuentro la vuelta voy a soldar escuchando por dónde sale la chispa, sin necesidad de mirar”.

Raúl había traído un flaco que jugaba lindo pero que se caracterizaba porque apenas hacía una jugada se sonreía. “Cuando se entusiasma en los partidos nocturnos, el flaco saca chispa cuando festeja un gol”, decía Raúl. Alguien preguntó si era por los tapones de los botines y Raúl contestó: “No, por esos dientes de lata que tiene”. El flaco tenía doble corona arriba y abajo.

La abuela de Pií había partido hacía poco y le había regalado una olla de hierro. “Cuando esté mejor económicamente les voy a hacer un gran guiso y van a ver las chispas que va a sacar esta olla”.

Pedro iba por Biedma, ya entrada la noche. Cuando prendió el cigarrillo con un par de chispazos del carusita vio pasar un carro y un caballo. “Mirá el chisperío que hace ese caballo, debe tener herradura nueva”, le dijo a la pequeña Susi. “Capaz que sean chispas de buena suerte. Yo voy a pedir tres deseos”, respondió Susi.

Después de un silencio, el caballo y el carro se alejaron y las chispas ya no se vieron más.

“¿Pediste tres deseos? No me los digas, pero ojalá hayas pedido que afloje esta humedad. Y que, aparte de las chispas, tengamos algo para poner en la olla. Porque con las chispas solas no alcanza”, le rogó Pedro.

Llegaron a la plaza y la humedad había aflojado. Pero lo más importante en ese momento era que Vaquita estaba contando un chiste con esa chispa que siempre tenía para el humor. Y, aparte, tenía una bolsa con una docena y media de bizcochos.

A lo mejor los deseos de la pequeña Susi se estaban cumpliendo.

A lo mejor para llenar la olla faltaba, pero para los bizcochos teníamos.

A lo mejor las chispas de la buena suerte estaban de nuestro lado.

Publicado en el semanario El Eslabón del 1/8/26

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