Las tribunas son territorios donde el racismo no tiene censura y se camufla entre el folclore. Una nueva regla de la Fifa que castiga estas prácticas lleva el nombre de un argentino.
Ninguna persona que mire y consuma fútbol (partidos en la cancha o por TV, programas periodísticos) puede desentenderse de que en Argentina hay racismo. Desconozco los motivos por los cuales alguien lo puso al tope de un ranking de países más racistas del planeta. Pero que hay episodios racistas, los hay.
En los partidos de Copa Libertadores o Sudamericana entre argentinos y brasileños hay siempre al menos un caso. Los cantitos de las hinchadas. “Es chocante lo del «bolita»”, me dice Martín Mamani, boliviano residente en Rosario, organizador en la ciudad durante 10 años de un torneo de fútbol entre sus compatriotas. “Nosotros, que tenemos varios años acá, estamos más acostumbrados, pero los chicos lo sufren”, agrega este hincha del Bolívar y de Rosario Central.
Si hasta nuestro entrenador más culto, César Luis Menotti, mandó a exhibir a Chilavert ante estudiantes “para que los chicos sepan cómo era el hombre hace millones de años”. O mucho más acá en el tiempo, cuando parte de la Scaloneta le dedicó un repudiable cantito a Francia. Está tan habilitado en el idioma del fútbol, que los jugadores ni se percataron de la falta, o al menos no le dieron la dimensión que merecía.
Existe una palabra para habilitar o suavizar esos actos, para camuflarlos: folclore. “El fútbol es uno de los lugares donde se visibilizan cuestiones del racismo que no aparecen en otros espacios, básicamente porque el fútbol es un espacio en el que no hay censura”, dice Javier Bundio, autor del libro La identidad se forja en el tablón.

Desde el Mundial 2026 la Fifa implementó la llamada Ley Prestianni, que castiga con tarjeta roja a los jugadores que se tapan la boca al discutir con un rival. Su nombre surge de la denuncia del brasileño Vinicius al argentino Gianluca Prestianni, ex Vélez y actual Benfica, acusado de dichos racistas. Si para los hinchas existe el folclore, para los futbolistas están los «códigos», del tipo «lo que se dice en la cancha o en el vestuario queda en la cancha o en el vestuario».
Del dicho al hecho
En enero de 2020, un grupo de rugbiers mató a golpes a Fernando Báez Sosa al grito de “negro de mierda”. La frase, en nuestro país, le cabe al pobre, al laburante, al que no tiene laburo, al negro de piel y «de alma», al inmigrante. “Nunca hay que subestimar el efecto de las palabras. No hay muerte física sin muerte simbólica previa”, escribió el antropólogo cordobés Nicolás Cabrera en Deporte en agenda. Y advirtió: “Del decir al hacer a veces sólo hay oportunidades”.
¿Entonar cantitos racistas en la cancha nos convierte en racistas? “No necesariamente, pero sí contribuye a tener una sociedad peor”, remarca Bundio en diálogo con El Eslabón. “Cuando se deshumaniza al sujeto, y se le dice «negro de mierda, vago, delincuente», a la larga termina siendo un objeto que puede desaparecer”. Y el fútbol y las letras de las hinchadas, advierte, “si bien no contribuyen linealmente, de alguna manera ayudan a esa deshumanización”.

“Cantar es pertenecer a algo colectivo, al club, a los hinchas. Y en ese acto, a veces cantamos cosas con las que no estamos de acuerdo. Nos distanciamos del mensaje literal”, añade el investigador, y alerta: “Lo que decimos no siempre queda en la cancha. Muchas veces termina sirviendo para justificar otros tipos de violencia”.
Las sanciones a jugadores o hinchas por mensajes racistas no evita, quizás, que dejen de pensar eso –dice Cabrera– “pero sí que no lo puedan enunciar públicamente. Y eso importa”. En la “creación de un aliento más inclusivo”, libre de discriminación, Bundio resalta experiencias como las coordinadoras de Hinchas y de Derechos Humanos, colectivos de mujeres, y demás espacios de militancia en los clubes.
¿Yo, racista?
Qué pena que para defendernos o victimizarnos de una supuesta cruzada mundial contra el país usemos “campaña anti-argentina”, con las mismas palabras que usó la dictadura durante el Mundial 78. Javier Bundio sostiene que “existe un contexto internacional en el que el alineamiento de Milei con Trump muchas veces incide en este tipo de cuestiones”.
Es decir –continúa el Doctor en Ciencias Sociales– que “es muy fácil pensar que Argentina está llena de racistas”. Y aclara: “No creo en una campaña, sí en que se ha construido un estereotipo del argentino”.
Nacido en La Paz, Martín Mamani vino a la Argentina en 2005 a trabajar en el rubro textil. En Buenos Aires primero, en Rosario después. “Quiero aclarar –me dice– que el racismo mayor lo sufrimos en Capital Federal. Es muy distinto a lo que nos ocurre acá, en las provincias”.
Ese estereotipo, suele pasar, no es otro que –escribe la ensayista Bárbara Pistoia en La Vanguardia– “una argentina que en verdad es un puñado de avenidas porteñas que suelen darle forma a una argentinidad conceptual más que territorial y poblacional, que entonces puede mirar al norte argentino y sin ruborizarse decir cosas como «parece Bolivia y, si te ofende, el racista sos vos»”.
En toda esta discusión, ¿no será que nos creemos demasiado aquello con lo que insisten las publicidades (que afloran en los mundiales, algunas con cierto ingenio y gracia) y demás pavadas de redes sociales de que somos el mejor país del mundo? “El racismo –subraya Pistoia– tiene un primo hermano que es el supremacismo”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 1/8/26
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