El capitalismo en su afán concentrador está cambiando el mapa agropecuario santafesino de manera dramática e ineluctable.

El Censo Nacional Económico 20/21, determinó que la provincia de Santa Fe es la tercera jurisdicción con mayor cantidad de unidades productivas de la Argentina. Cuenta con 29.870 organizaciones de las cuales 24.553 son empresas. El 78.77 por ciento son microempresas, el 16.3 son pequeñas unidades, el 1.2 medianas y el 0.8 grandes emprendimientos. De este universo, la agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca, representan el 9.9 por ciento de las empresas y el 4.3 del empleo provincial. La Bolsa de Cereales hizo, hace poco, una proyección de un producto bruto agroindustrial situándolo en 49.094 millones de dólares, que puede caer si la sequía sigue arreciando.

Según el informe final del Censo Agropecuario 2018, la cantidad de Explotaciones Agropecuarias alcanza en la provincia a 19.802 unidades, contra las 36.884 unidades que existían en 1988, datos elocuentes que nos dan una clara radiografía de la concentración y centralización de la propiedad en cada vez menos manos. 

Además, la superficie promedio de las explotaciones era, para toda la provincia, en el año 2002, de 401 hectáreas contra 475 hectáreas en 2018. Aclaremos que la productividad de la tierra no es la misma en el Departamento 9 de Julio, en el norte provincial, con 888 explotaciones y 1.155.000  hectáreas, que en el Departamento General López, que tiene 2118 explotaciones, en 993.000 hectáreas. Menos de 2000 explotaciones trabajan, en la provincia, casi el 60 por ciento de la tierra, lo que es otro indicador preciso del grado de centralización de los recursos.

En uno de sus informes, la “Guía Estratégica para el Agro” (GEA), nos describe que en la zona núcleo (la más productiva), el 70 por ciento de la superficie se trabaja bajo alquiler, y en el 92 por ciento de los casos la modalidad de contrato dominante es a “quintales fijos a precio de soja lleno”. Otro dato relevante, es que los propietarios de superficies pequeñas, de 10 a 50 hectáreas, alquilan sus campos, y además los que lo hacen directamente contratan todos los servicios.En la zona de Carlos Pellegrini, Departamento San Martín, una de las más acérrimas opositoras de las políticas agropecuarias planificadas, el 90 por ciento de los dueños de campo que tienen hasta 100 hectáreas, alquilan sus predios a contratistas. 

Estos números nos dan la pauta de la paulatina desaparición de la vieja estructura social y productiva chacarera, para transformarse en un universo de pequeños rentistas que necesitan de empresarios capitalistas para llevar a cabo la producción. Carlos Marx, en El capital, libro III, capítulo 38, sobre “La Renta Diferencial”, plantea: “Por lo tanto, lo que caracteriza a la Renta de la Tierra no es el hecho de que los productos agrícolas se desarrollen hasta convertirse en valores y como valores, es decir, el que se enfrenten como mercancías a otras mercancías, mientras los productos no agrícolas se enfrenten también a ellos como tales mercancías, o el que se desarrollen como expresiones especiales del trabajo social. Lo característico de la Renta del Suelo es que bajo las condiciones en que los productos agrícolas se desarrollen como valores (como mercancías) y bajo las condiciones de la realización de sus valores, se desarrolla también la capacidad de la propiedad territorial para apropiarse de una parte cada vez mayor de los valores creados sin intervención suya, convirtiéndose así en Renta de la Tierra de una parte mayor de plusvalía”. En nuestro libro Socialismo nacional y renta de la tierra en la Argentina (Germinal Ediciones), hemos desarrollado este tópico en profundidad.

En el suplemento rural del diario Clarín, Jorge Scoppa, presidente de la Federación Argentina de Contratistas de Máquinas Agrícolas, da unas cifras elocuentes: “En el país hay unos 11.000 contratistas que realizan tareas de siembra, cosecha y pulverización para terceros con sus propias máquinas en más del 60 por ciento de la tierra cultivada”, y agrega para darnos cuenta de las dimensiones de las inversiones necesarias y la imposibilidad del pequeño productor de acceder a la tecnología: “Hoy una cosechadora cuesta entre 500.000 y 800.000 dólares (a valor oficial), mientras un tractor de 230 HP o una sembrador con el ancho de labor y la tecnología necesarios para ser competitivos, se cotizan en 250.000 dólares”. Lenin, gran estudiosos del tema agrario, en su inmarcesible trabajo El llamado problema de los mercados, había explicado este fenómeno de concentración con claridad: “…en la sociedad capitalista la producción de medios de producción aumenta más rápidamente que la producción de medios de consumo”.

Todavía, por las características de nuestra tierra pampeana, puede sostenerse este esquema de desarrollo desigual y combinado, pero es indudable que la concentración de capital funciona de la misma manera en el agro que en la industria, contrariando las ideas de Juan B. Justo y sus discípulos contemporáneos como Osvaldo Barsky y José Aricó. El efecto improductivo e inflacionario de la renta de la tierra, no ha sido evaluado en profundidad. Es necesario poner la lupa en este fenómeno para comprender los cambios en muchos sectores del mundo agropecuario, para tener una clara noción de lo que está pasando con las clases sociales de la Pampa Húmeda y sus opciones políticas.

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