A 50 años del golpe, el ex DT de Argentina recordó con autocrítica la Copa del Mundo 1978, en plena oscuridad, y cuestionó la que viene en EEUU. El encuentro con las Abuelas, los medios en su contra y el rock.
Con 16 años recién cumplidos, Jorge Sampaoli ya tenía conciencia política en su Casilda natal cuando el 24 de marzo de 1976 se produjo el golpe cívico-militar. Entre otras cosas, porque seguía de cerca las conversaciones de su padrino y su amigo militante Eduardo Bracaccini. Aunque “en la esquina del barrio hablábamos del tema –cuenta– nunca pensamos que iban a ser tan crueles los militares”.
En 1977, Bracaccini apareció sin vida. Los balazos que le acribillaron el cuerpo desmintieron la «muerte por enfermedad» del certificado de defunción. “En esa época se te metían a tu casa y la gente era como los avestruces: miraba para otro lado. El miedo generó que no te importe el otro”.
En una entrevista con El Eslabón, el Zurdo Sampaoli repasa los años de oscuridad y las contradicciones que le genera hoy el Mundial 78: “Vivimos cosas muy siniestras, y en ese mes nos detuvimos. O al menos yo me detuve. Me olvidé del sufrimiento de algunos pibes, del sufrimiento de las familias. Me metí en el Mundial, fui parte de ese circo y me lo reprocho”.
“Me volví de plástico, manipulable en relación a lo que estábamos viviendo. Me preocupé más por mí que por el resto. Estaba tan feliz que Argentina sea campeón del mundo que me terminé olvidando de mi pensamiento, mis ideales, mi lucha”, sigue en modo autocrítica, y cuestiona el Mundial que se viene, con Estados Unidos en guerra y como sede principal: “No tendría que haber visto aquel Mundial, como tampoco este que viene, por el genocidio y por la guerra”.
Esas tardes que viví jugando a la pelota
Su padre fue policía de pueblo, su madre ama de casa. “Familia de clase media, se decía. Pero la verdad es que éramos de clase baja. Creo que esa siempre ha sido una estadística mentirosa”. Antes de amar el fútbol, aclara, amó a la pelota como “un instrumento único”. “Pasé por todas las pelotas: la de goma, la de plástico. Juntaba figuritas para ganar pelotas”. Y “a través de la pelota llegué al fútbol”.
De chico fue hincha de River, pero la cercanía con Rosario le generó un cariño especial por Newell’s, donde hizo inferiores. “La capacidad económica me daba más para ir a Rosario que a Buenos Aires. Y con mi viejo entrábamos recién en el segundo tiempo, cuando abrían las puertas, porque tampoco nos daba para pagar la entrada”.
En el estadio del Parque Independencia “sí veía fútbol de verdad”, subraya. “Jugadores sin miedo a la derrota, con ganas de jugar a la pelota. (Gerardo) Martino, (Mario) Zanabria. En las inferiores siempre aparecía uno que jugaba muy bien”.
Su contacto más cercano con la represión, sin embargo, lo vivió en Rosario, pero no en la cancha sino en recitales de rock. “Teníamos que salir corriendo siempre”. De esa época también recuerda consejos de su padre: “Él tenía mucho miedo porque yo era un personaje medio irreverente”.
Se define en la adolescencia como “un pibe de mucha esquina, de mucho club y muy futbolizado”. Y acepta: “A veces me reprocho haber unificado mi vida en relación solamente a este destino”.
Caminito al costado del mundo
Jorge Sampaoli ríe cuando cuenta que pasó de casar parejas en el juzgado de paz en el que trabajaba –en la pequeña localidad de Los Molinos, cerca de Casilda– a ser entrenador del Juan Aurich, en el fútbol peruano. Antes había renunciado como cajero del Banco Santa Fe porque se privatizó. “Cuando salió una oportunidad para dirigir en Perú, dejé todo sin saber qué iba a pasar conmigo”.
Entonces, remarca, “era un desconocido, del interior del país, que no había jugado en Primera”. “Tenía un 1 por ciento de posibilidades de que me fuera bien. Y tuve la suerte de que ese 1 por ciento se dio, y me mantuvo a lo largo de mi carrera”. Su currículum lo avala: campeón de la Copa América con la Selección de Chile, de la Sudamericana con la Universidad de Chile. Dos mundiales disputados, y uno con la Selección de su país. Champions League, Europa League, Copa Libertadores.

En esos primeros pasos como entrenador –en la Liga Casildense, en el ascenso con Argentino de Rosario y después en el exterior– “siempre trasladaba mis sentimientos, mi amateurismo, mis sensaciones. Buscaba transmitir aquellas cosas que me fueron generando emoción”.
“Al principio –continúa– tenía un cierto grado de querer sembrar algún tipo de emoción sobre la realidad, de participar de alguna forma. Pero eso fue al principio, con planteles un poco más humildes. Después ya es muy difícil. Es «vamos a trabajar, a entrenar, terminó y nos vamos». Siempre intenté que nos quedáramos a jugar al tenis-fútbol. Porque de eso se trata: de jugar”.
Campeones de fútbol, boxeo y hockey
“Soy fanático de la Selección Argentina, del tenis argentino, del básquet argentino”, resalta Sampaoli. Rememora las carreras de Carlos Reutemann en la Fórmula 1, las hazañas de Guillermo Vilas con la raqueta, los históricos combates de Víctor Galíndez.
“Por eso, el hecho de que no me haya ido bien en la Selección Argentina”, en esos pocos meses como DT, Mundial de Rusia incluido, “me golpeó mucho, porque soy fanático. Y cuando uno se fanatiza por su país, por su club, el efecto de que no te vaya bien es mucho más grande. Cuando no tenés identidad, o la vas construyendo en el camino, es más fácil, o menos doloroso”, admite.

De cara al Mundial que se viene, opina que “esta camada de futbolistas, y el momento que atraviesa la Selección, es para aprovechar. Está a la altura de competir contra cualquiera”. Y agrega: “Quizá con esta camada, en 2017, no hubieran ido a buscarme. Quizá sí a Simeone o algún otro DT con el que se pudieran identificar más. Yo aparecí por decantación, porque me fue bien en algunos lugares y generé cierta expectativa. Pero tenía que cambiar la historia en 6 meses, y eso no iba a pasar”.
Juguetes perdidos
Aunque ama su profesión, Sampaoli admite sentir un “cierto rechazo a ser hincha de fútbol”. Y argumenta: “Trabajo en el fútbol, pero no participo del fútbol como una distracción. Prefiero escuchar música, ir al cine o al teatro. No me vinculo mucho porque creo que es el circo con el que nos distrajeron, con engaño y manipulación”.
“Creo que el fútbol generó con el paso del tiempo una atracción desmedida. Ni se entiende el juego, o se entiende sólo en términos de ganar o perder. Eso me parece ridículo. Hoy, en esta sociedad del rendimiento, la condena de perder está más masificada”. En ese sentido, cuestiona: “Estoy totalmente enfrentado a esa realidad”. Además, agrega que “el hincha que va a la cancha hoy no va a disfrutar del juego, va a disfrutar de sí mismo”, y pone ejemplos: “Se sacan fotos, miran más el celular que el partido”.
En Brasil, donde espera ofertas para dirigir tras su reciente paso por el Atlético Mineiro, piensa que si hubiera tenido éxito el boicot al Mundial 78 “a lo mejor no hubieran pasado cosas que terminaron pasando”. Y remata: “Hoy, en plena guerra, las selecciones no deben ir a jugar ese Mundial. Pero si decís eso te matan”.
No escucho y sigo
Jorge Sampaoli sostiene que las críticas –muchas con saña– que recibió de parte de los medios de comunicación, sobre todo porteños y hegemónicos, tenían que ver con que “era un desconocido, ya que no fui jugador de fútbol”, y además “por no ser de Buenos Aires”.
“A la Selección Argentina fui porque venía de ganar una Copa América, porque había jugado un gran Mundial con Chile. Y además, porque muchos de los personajes reconocidos futbolísticamente de este país no querían agarrar en ese momento”. Existió, es verdad, cierta unanimidad con su llegada, en uno de los momentos más críticos de la Selección en los últimos tiempos. “Lo querían todos. Lo querían los medios”, les refrescó la memoria Chiqui Tapia, titular de AFA, en una entrevista en Gelatina.

De aquellos días, el Zurdo recuerda que pensó “Mi sueño es esto, me vaya bien o me vaya mal. Yo quería estar ahí. Después, las formas, quién soy, generaron eso”. Y rememora: “Cuando dirigía afuera y en algún medio decían «argentinos en el mundo», yo no estaba”.
De eso que sintió un ninguneo, señala: “Esto adelantaba lo que iba a ser la exigencia de dirigir una Selección que en ese momento estaba fuera del Mundial y no la quería agarrar nadie”. Y vuelve al porcentaje de probabilidades de su primera experiencia como DT: “En la Selección también era el 1 por ciento, pero no me tocó”.
Que nadie se atreva
Entre atrocidades de la última dictadura –entre muertes, desapariciones, robo de bebés, plan económico y demás– Jorge Sampaoli elige, sin embargo, otra imagen que lo marcó de esa época: la de esas “mamás y abuelas” que enseguida fueron Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Le gusta conversar sobre esa historia que las hacían circular –lo que luego se convirtió en la Ronda de los Jueves–, y de cuando las trataban de locas. “Con ellas empezamos a conocer la realidad, nosotros y el mundo”.
Guarda gratos recuerdos de su encuentro con Estela de Carlotto y demás Abuelas en la sede del organismo, en abril de 2018, cuando fue técnico de la Selección y se sumó a la campaña en busca de los nietos. “Me acuerdo que les regalé un televisor para que miren el Mundial de Rusia ahí”, se ríe.
Y se pone serio para decir: “En esas caras, en esos rostros, se veía que seguían batallando, luchando. Sean escuchadas o no, acompañadas o no, esas mujeres tienen un valor impresionante. Si hay algo que admiro en la vida, es su lucha. Cambiaron el rumbo de este país”.

“Me dijeron que nunca deje de pensar como pienso. Que ellas van a seguir luchando hasta encontrar al último nieto, a los desaparecidos. Que no van a parar. Y que siempre piense en cómo ayudar a los otros, más allá de que se solucione el problema de uno. Con esa gente simple, hermosa, pasé un momento inolvidable”, remarca.
Desde Brasil, le cuenta a este medio que siguió en redes la multitudinaria marcha del 24 de marzo en todo el país. “Creo que fue una de las mayores en convocatoria, ¿no?”, pregunta. Sobre la lucha a favor de los derechos humanos, cree que “es uno de los espacios en los que hay mayor unanimidad. No pasa en otros aspectos de la política”.
Y cierra con un mensaje contra la derecha: “Ahora mismo hay que incomodar, que es lo que no le gusta a la derecha, que ha hecho un gran trabajo. Hay que sensibilizar un poco la humanidad”.
Un rocanrol del país
En sus años afuera –Perú, Chile, Brasil, Ecuador, España, Francia– “perdí mucho”, confiesa. “Lo que no perdí nunca fue el cine y la música. Eso me hizo recordar a aquella época que fue la mejor época de mi vida, porque fue cuando me preocupé mucho por el otro. La otredad era parte de mi”.
“Cuando empecé a crecer, a alejarme de mis amigos, por mi profesión, a alejarme de mi país, me fui aislando un poco, encerrando, tratando de hacer mi revolución solitaria” en el fútbol. Pero nunca dejó el rock nacional. “Me marcó la vida. Siempre me acompañó”.

Los Redondos es su banda principal. También están Charly, Pedro y Pablo, Fito, Callejeros, La Renga, Spinetta, Pappo. A varios de ellos los lleva en la piel, tatuados.
“No me acuerdo de las formaciones de los equipos de ahora, pero sí me acuerdo del último tema de un recital de Callejeros, o del Indio. Esas letras me marcaron, yo era y soy eso”, concluye.
Publicado en el semanario El Eslabón del 28/3/26
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