Las calles no olvidan, el nuevo libro de Lástima a Nadie Maestro, homenajea –en perfiles y crónicas– a ídolos y cracks del ascenso y Primera “alejados de las grandes luminarias”. Vivaldo, Carrario, Garrafa Sánchez, entre los protagonistas.
El escritor mexicano Juan Villoro sostiene que sin palabras, el fútbol “pierde trascendencia”. Lo que “en el limitado mundo de los hechos duró un instante”, escribe en su reciente libro Los héroes numerados, “en la especulación compite con la eternidad”. En esa lucha se embarcan las páginas de Las calles no olvidan, lo nuevo de Lástima a nadie maestro.
El libro, que está en preventa y se publicará en mayo, contiene 12 perfiles de futbolistas que oscilaron entre el ascenso y la Primera en tiempos de redes sociales cara a cara, no virtuales. Es una vuelta a los 90 y a los 2000, pero desde una mirada actual. El codificado TyC Max y los programas El Aguante, TN Deportivo y Fútbol de Primera conviven con banderas que aún se cuelgan en los alambrados de las canchas.

“Volvamos al fútbol del barrio”, fue la consigna de los autores Juan Stanisci, Lucas Jiménez y Santiago Núñez. Estas crónicas y perfiles –se lee en el prólogo– arrancaron en la web. Devoluciones mediante (con sus elogios y críticas, aportes y correcciones) y a pedido del público lector, se transformaron en libro. “En un mundo –remarcan– en el que escribir y publicar parece antisistema, porque es el sistema el que es antiescritura, lo nuestro, desde ese lugar, da una disputa”, le dice a este medio Santiago Núñez. “Es una reivindicación del deporte que amamos, del fútbol desde el alambrado”. Las historias, sigue, alcanzan a jugadores “alejados de las grandes luminarias”. Y los autores las cuentan desde “un ángulo distinto” al habitual. “Buscamos contar lo que creemos que esos personajes hacen sentir”.
Ellos son El Flaco Vivaldo, La Vieja Moreno, el Tweety Carrario, Garrafa Sánchez, Jorge Galleguillo, El Máquina Giampietri, el Gomito Gómez, el Gatito Leeb, el Beto Yaqué, los hermanos Soriano, Josemir Lujambio y el Lobo Cordone.
Emboquen el tiro libre, que los buenos volvieron.
La banda de mi calle
En las casi cien páginas de esta producción autogestiva no sólo conviven buenas historias. Hay también una apuesta a lo bien escrito. Goles y jugadas que se cuentan en cámara lenta. Los autores se detienen en los detalles como quien pone pausa a un video en reiteradas oportunidades para no perderse nada.
De Jorge Vivaldo no sólo se relata su televisado pase trunco a Boca, sino también su pasado como cartero del Correo Central y vendedor de juguitos Pindapoy en las tribunas de Racing e Independiente. O como discípulo de Hugo Gatti. “Lo deslumbró más el artista que el arquero”, escribe Juan Stanisci.

Si de artistas se trata, la mayoría de los goles de Jorge Galleguillo, referente en Defensa y Justicia, “fueron golazos”. Le decían Charro por su gusto musical del grupo Los Charros. “Cumbia, guitarra y ascenso”.
Sobre apodos, Carlos Leeb fue el Gatito por su padre Luis Félix, el Gato, que jugó en Primera en la década del 60. Muy querido en Chacarita, el libro lo caracteriza como “el mejor amigo del hincha”. Con sus goles, argumentan, “generaba abrazos entre desconocidos”. Su carrera también estuvo marcada por las lesiones. Las 15 operaciones que sufrió dan cuenta de ello. Una vez, incluso, casi le amputan una pierna.
A Carlos Moreno le pusieron La Vieja cuando era pibe y fue a probarse a Cañuelas. Sus goles, nos dice Lucas Jiménez, se contaron de boca en boca antes de ser televisados. Experto en penales, sean pateados en prácticas, en campeonatos en el barrio o en un partido.
Calidad también era la de Christian Gómez, “fútbol de tablón y cantina”. Ídolo de Nueva Chicago, en su debut contra Central Córdoba de Rosario se atrevió a pedir un tiro libre cuando el partido moría. La pelota quedó en la barrera. “Los compañeros lo habrán mirado como para acomodarle las ideas”.

Ídolo de Almagro, Alberto Yaqué fue un “goleador de área, pistolero de un sólo tiro”. Stanisci no coincide con el Beto cuando éste se define como un futbolista del montón.
También delantero fue Josemir Lujambio, que homenajeó con su nombre a sus abuelos José y Emir. Pero le gustaba el campo más que el fútbol. “Si hoy lo invitan a jugar dice que lleva el cordero, la bebida, hace el asado y los espera después del partido”.
Gran personaje Carlos Cordone, alias el Lobo. “Demasiado pecador para ser una estrella”. Jugó con Alan Shearer en el Newcastle y le hizo un caño a Beckham. Pero “la gloria del común tiene tropiezos”, lamenta Santiago Núñez: “Primer doping de marihuana y con reincidencia”.
Como la vida y obra de José Luis Sánchez está muy narrada, Jiménez eligió hacerlo con una crónica desde la plaza que lleva su nombre. El consuelo de una madre (“Dios necesitaba un Diez”) en ese “templo público y gratuito del dios del potrero” ubicado frente al estadio de Banfield. “No hay manera de explicar en números por qué queremos tanto a Garrafa”.
El palmarés de Adrián Giampietri, avisa Núñez, está vacío. No logró títulos ni ascensos. Y es más: perdió cinco finales. “La idolatría no es sinónimo de campeonatos”. Salvo excepciones, estuvo una temporada o menos en los clubes por los que pasó. En 22 años de carrera, entre Primera, Ascenso y fútbol chacarero, vistió más de 20 camisetas. En Quilmes, su casa, tuvo varias etapas.

Mucho más acá en el tiempo están los mellizos Abel y Andrés Soriano, a los que diferenciaba una vincha, la que usaba Andrés. Eran el doble 9 de Atlanta cuando le ganaron, en la B, al River de Cavenaghi, el Chori Domínguez y Trezeguet.
Silvio Carrario, en tanto, fue un “goleador poliamor” que vistió gran cantidad de camisetas. “Jugador trabajador, obrero con narrativa de FIFA 98”, se lee en su perfil. Dueño de una gran autoestima, cuando lo quisieron comparar con Batistuta, tiró: “No diría que soy mejor ni peor. Somos distintos”. Y cuando le preguntaron por qué no iba al Mundial: “Porque Argentina da ventajas”.
Aunque ganes o pierdas
“La meritocracia muchas veces nos lleva a contar el fútbol con estadísticas de palmarés. Y la felicidad y el amor por el fútbol van mucho más allá de eso”, le dice a El Eslabón Santiago Núñez, docente en la UBA y pluma de Lástima a Nadie.
Este espacio periodístico-literario gambetea a esa lógica neoliberal del exitismo. “El fútbol genera sensaciones objetivas que no entran en los márgenes de lo que se gana y lo que se pierde”, sostiene el cronista, y aclara que la búsqueda va más allá de la cantidad de likes que pueda tener una publicación, un recorte para redes. “Y eso contrasta con el fútbol de hoy, atravesado por los negocios, por la privatización, por lo comercial”.
Volvamos a Villoro, que dice que el fútbol necesita ser dicho, aunque eso no implique que deba ser leído. Aunque aquí, en esta sexta obra de la banda lastimera, existe una linda excusa para la lectura. Porque si “la calle es un espejo en el que nos podemos ver”, como se cita por ahí a Los Gardelitos, este libro demuestra que las calles no olvidan a sus ídolos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 25/4/26
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